lunes, 20 de enero de 2014

Memorias de una vaca



Después de finalizar con el libro, sentí una carga menos sobre mi cuerpo.

 - Ya lo acabé, ¿contento?
 - Si, hija mía. ¿No te sientes mejor contigo misma?

La verdad es que sí, me sentía feliz pensando en toda la gente que leería mi libro y diría: “¡Que vaca tan lista!”. O eso es lo que pensé que dirían. Tardé varios días en escribirlo, durante los cuales estuve desconectada del mundo. Incluso Pauline estaba un poco preocupada por mí, aunque yo le decía que no me ocurría nada. Tras acabar el libro, me quedé dormida de agotamiento. No se cuantas horas, pero cuando desperté, ya era un nuevo día. Después de tomarme el desayuno, di un paseo por las tierras.

En ese momento, avisté a la única persona que no querría haber visto en lo que me queda de vida. Tres hombres, dos de ellos soldados, y un tercero. Gafas Verdes, o como descubrí en su momento, “don Otto”. Todo el tiempo que estuve con Pauline me sirvió para aprender mucho el lenguaje humano, y al fin podía diferenciar los “karral” que salían de su boca. Les seguí con una distancia cauta, en parte siguiendo el consejo del pesado y en parte por miedo a que me reconociera, aunque yo ya soy vieja, y al parecer, mi presencia no le importaba en absoluto. Llegaron a la puerta y, aunque no entendí el lenguaje de los soldados, sí pude captar algunas palabras de Gafas Verdes. Prefiero referirme a él de esa forma. Con aquellas palabras, pude entender que el convento tenía algunas deudas, y ellos venían a cobrarlas.

 - ¿No te parece raro que un convento tenga deudas? - me preguntó el Pesado
 - A lo mejor no es una deuda... - pensé

En aquel momento no lo entendía del todo, pero ahora que lo vuelvo a pensar, todo era una mentira. Sólo querían robar. Los soldados, una vez acabaron de hablar con Pauline, vinieron directamente hacia mí. Ella se desplomó, sin más fuerzas que las necesarias para llorar. Gafas Verdes parecía estar dándole ánimos, pero se le escapó una pequeña sonrisa de satisfacción a costa de pobre la monja. En aquel momento no entendía lo que pasaba, mientras me obligaban a entrar en un camión que acababa de llegar, pero ahora sé porqué me llevaron. Sé que no se atrevieron a hacer nada más, porque a día de hoy, sigo en la granja a la que me llevaron.

- ¿Oyes eso? - le pregunté al pesado
 - Son gallinas y gallos. Nunca te has topado con ninguno, pero no debes preocuparte.

Al llegar a la granja, recordé momentos en Balanzategui, algunos buenos y otros malos. Aquella granja, en cambio, tenía un aspecto diferente. Parecía una granja de verdad, como me las había imaginado, no como Balanzategui. Me descargaron del camión e, instintivamente, corrí hacia el lugar donde estaban las pocas vacas que vi. Todas eran más jóvenes que yo, pero seguían siendo como la mayoría de vacas que conocía. Les faltaba esa chispa de inteligencia que se podía ver en la Vache qui Rit. Nada más llegar, me saludaron cordialmente y se presentaron, aunque no hice mucho caso de ellas.

- Deberías tratarlas mejor – intentó disuadirme el Pesado
- No pienso estar aquí demasiado tiempo, así que mejor no crear falsas amistades.

Debí haber convencido al Pesado, porque no volvió a sacar el tema. Aun así, él y yo sabíamos que me estaba engañando a mí misma. Aquella granja iba a ser mi hogar durante bastante tiempo.

Como la última vez, decidí explorar los alrededores. Además del típico cobertizo, no había nada interesante, aunque en la lejanía podía ver el monte en el que me quedé atrapada la primera vez que vi la nieve. Ahora que lo pienso, puedo confirmar que tal granja estaba al sur de Balanzategui, gracias a la información del Pesado sobre la localización del Sol al amanecer. Si pude observar, aun así, los que suponía que eran los propietarios de la granja. Uno era un viejo canoso de poca altura que trabajaba con pasión pese a su edad. Desde el momento que le vi, pensé en un nombre. El mejor que se me ocurrió fué “Plata”. A su lado siempre estaba el que supongo que era su hijo: un joven alto y muy delgado que nunca parecía esforzarse con nada. Pensé que se merecía el título de “el Vago”. Ni su propio padre, que parecía tener el espíritu de su hijo, lo motivaba a realizar sus tareas. Plata, aunque era muy activo y trabajador, los años le estaban pasando factura y necesitaba ayuda para las mayoría de las tareas.



Además de los dos familiares, el Pesado me alarmó sobre otras dos personas en las que yo no me fijé, también empleados de Plata. Deduzco que eran amigos del Vago, pero no lo parecían. Nunca ideé un nombre para ellos, y aunque luego descubriría sus identidades, de momento serán “los amigos”.

 - Deberías acostarte. Ha sido un día agotador.

Acepté el consejo y me acosté sobre mi barriga. Tan pronto como cerré los ojos, me quedé dormida. Me despertó un sonido al que no estaba acostumbrada. El pesado me contó que era el canto de un gallo, pero aunque fuese animal, aquel sonido no me agradaba.

En la granja si parecían usarnos para algo. A las vacas nos enchufaban a unas máquinas, unas ordeñadoras automáticas, según el Pesado, aunque yo no tuve que pasar por tal traumático proceso. Entre ellos comentaban lo vieja que era y se preguntaban por qué Gafas Verdes les obligaba a mantenerme. Tanto el Pesado como yo no teníamos ni idea de por qué debía estar allí.

Rara vez aparecía alguien externo de la granja, sin contar los soldados de Gafas Verdes. Cada vez que aparecía por aquí, traía a otros dos soldados diferentes. Hubo un día, el último de hecho, en el que no sólo trajo a sus dos soldados. También trajo una camioneta, en la que me metieron sin preguntar a los propietarios, aunque éstos parecían agradados por su decisión. Después de un movido viaje, sentí un fuerte pinchazo en una de mis patas traseras. Intenté dar varias coces, pero todas en vano. Cuando desperté, podía oír un leve sonidito que me recordaba al reloj que Pauline siempre llevaba encima. El Pesado, sin tacto alguno, me informó de la situación, mayoritariamente porque seguía un poco drogada.

 - Sabes que eso que escuchas puede ser una bomba, ¿no?
 - ¿Una bomba? - conocía la palabra, pero no su significado
 -  Una bomba es un artefacto que, a llegar el contador a cero... - sus palabras nunca llegaron a mis oídos, si eso es posible.

Sentí un escalofrío recorriéndome todo el cuerpo, al tan sólo pensar en la palabra que ambos conocíamos.

 - ¿Por qué a mí? ¿Por qué le ponen una bomba a una simple vaca? - le pregunté al Pesado, aún sin esperar respuesta
 - Hija mía, deberías de fijarte en el lugar donde estamos - hacía tiempo que no me llamaba así, por lo que rápidamente le hice caso -.

Ambos nos encontrábamos en el lugar donde empezó todo: el convento. La razón por la que atentar contra un convento sigue siendo un misterio. ¿Una mentira? Puede. Lo que sé es que usaron a una inocente vaca como yo para esconder la bomba.


Lo único que quería era salir de allí, porque la muerte la teníamos ambos asumida. Por suerte, conocía el lugar y pude huir, aunque no sin antes llamar la atención de algunos guardias de alrededor. Ellos también sabían del atentado, por que me reconocieron al instante. Corrían detrás mía, pero tras pensarlo un poco, decidí frenar un poco. Suponía que Gafas Verdes no tendría la sangre fría de detonar la bomba con tantos guardias alrededor.


Supuse mal.


Lo último que recuerdo es la voz del Pesado tranquilizándome, aunque siquiera recuerdo qué dijo. No quiero intentar recordar nada más, por miedo a que sea capaz.


Así acabó mi vida. ¿Que cómo puedo contarlo? Aunque una sea una vaca inteligente, hay cosas que siquiera una servidora sabe. Espero que Pauline haya tenido una vida feliz y que la Vache haya disfrutado de la suya. Es lo último que puedo pedir.

Continuación de "Marianela".


Al morir Nela, Pablo y Florentina se casaron tal y como lo habían planeado. Se mudaron al pueblo vecino.

Pablo iba un día paseando por el campo cuando vio a una niña ciega acompañada de su lazarillo, el que estaba recogiendo flores para su ama. Pablo se sentó con la niña y empezaron a hablar, la muchacha ciega le contó que no lo era de nacimiento, pero antes de serlo, todos la trataban como a un animal, decía que solo la querían para que hiciese las tareas de los demás y si no hacía lo que le decían, le pegaban. Quedó ciega por un accidente  y después de un año conoció a su lazarillo, decía que él era diferente, que no se parecía en nada a los demás.

Pablo le aconsejó que si algún día recuperase la vista, aunque no le gustase cómo era físicamente su lazarillo, que siguiera con él, porque después de todo era el único que había estado con ella en los peores momentos y el que iba a estar también los mejores.
La niña le dijo que nunca se iba a separar de él, que no le importara como fuese, y que solo por quererla cuando nadie más la quería era y sería la persona más importante para ella.
Continuación de "Una flor amarilla".

Tras pasar unas amargas semanas en casa, recibí una llamada de mi hermano, si, mi hermano, ese hombre del que no sabía nada desde hacía 10 años aunque viviese en la misma ciudad que yo, cosas de herencia, ustedes ya comprenden.

Al colgar el teléfono casi no podía creer lo que acaba de oír. Trasladaban a mi hermano al servicio militar a Rusia, y como su esposa había fallecido recientemente, su hijo quedaría huérfano. 

En definitiva, era mi deber quedarme a su cargo, pues era su única familia.
La verdad es que ni sabía del nacimiento de este niño ni de la muerte de la madre, cuando estás alejado de los tuyos, es como si no tuvieses familia alguna. No te enteras de los problemas de los otros ni ellos de los tuyos.

Una fría mañana de enero, a eso de las 7:00 de la mañana, el timbre de mi casa en la Rue de Rivoli sonó tres veces seguidas, sin duda ése era mi hermano. Allí estaba, tal y como lo recordaba, esbelto y muy delgado, algo dejado y con el rostro abatido, tenía el semblante destrozado, y a su lado, agarrándole la mano, un pequeño flaco de apenas ocho años de edad con ojos tristes que me miraban y calaban hasta lo más profundo de mi alma.
No pude evitar sentir lástima por ese niño que perdió a su madre y estaba a punto de perder a su padre. Mi hermano sólo me dijo que lo disculpase por estos diez años y que me dejaba lo más importante que tenía en su vida, su hijo, que lo criase como si fuese mío.

Ciertamente, la llegada de Jean Michel me cambió la vida por completo, al principio me venía grande la tarea, no sabía Cómo ser padre, si apenas podía conmigo mismo, ¿cómo se supone que me encargaría de un niño? Fueron unos meses difíciles al principio, adaptarme al cambio, a vivir con otra persona que estaba bajo mi responsabilidad.


 Pero con el paso del tiempo cambió mi forma de ver las cosas, quería ser bueno para ese niño porque él me necesitaba y yo era su única familia. Al poco tiempo conseguí un empleo a media jornada en una cafetería cerca de casa, y con ese sueldo íbamos subsistiendo y pagando una educación para mi sobrino. El chico era bastante inteligente, muy parecido a mi hermano con su misma edad, era como volver a mi infancia, como algo que ya había vivido antes. 

Fue en ese justo momento cuando Luc volvió a mi mente, cuando volví a recordar todo lo ocurrido un tiempo atrás. Me di cuenta de que gracias a la llegada de Jean Michel, había superado la pérdida de Luc, que era mi vivo reflejo.

Me convertí en un hombre nuevo, en un ejemplo a seguir, un padre para Jean Michel y él, el mejor regalo, un hijo para mí. El mejor de todos.

Continuación de "Otra vuelta de tuerca."

Tras enterarse de la muerte del pequeño Miles, Grose y Flora regresan a la mansión y así sentir su muerte. Ninguna de las personas que se encuentran en la mansión asumen lo ocurrido.

Ya que la institutriz había espantado para siempre a Quint, la señorita Jessel decide vengarse. Para ello, intenta poseer a Flora, que era lo que siempre había intentado. Como había vuelto a Bly, eso le facilitaría las cosas.

Pasaron los días, y Flora actuaba igual que su hermano días antes de morir. Esto le preocupaba a la institutriz, ya que no quería que la estrepitosa escena se volviera a repetir.

- Esta volviendo a pasar lo mismo Grose, otra pérdida más no queremos en esta mansión.- dijo la institutriz.
-Ya lo sé, ya lo sé.. esperemos que no vaya a peor, y que Jessel al fin la deje en paz.

Un día que el ama de llaves no estaba en casa y la institutriz estaba liada con unos asuntos, Jessel aprovechó y poseyó a la pequeña Flora

Pasaron los días y el ama de llaves y la institutriz se dieron cuenta que la pequeña estaba poseída. No querían volver a repetir lo mismo que con Miles, por lo que no espantaron al fantasma.

Un día, Flora intentó asesinar a la ama de llaves ya que la institutriz no se encontraba en casa aunque no lo consiguió.

-Pequeña, pequeña, no hagas eso, vuelve en sí.- dijo Grose.
-¿Pequeña? ¿ A quién llamas tú pequeña?- contestó el fantasma de Jessel, que se apoderó del cuerpo de Flora.
-Oh Jessel, sal del cuerpo de la señorita, ya os llevasteis al  pequeño Miles, ¿por qué ahora a Flora? Dejarla en paz.
-¿Qué por qué? Ustedes espantasteis a Quint y ahora estoy sola.. bueno, sola no, ahora con Flora.- respondió perversamente.

De repente, se escucho un portazo de la puerta principal, y se dieron cuenta que la institutriz ya había llegado, así que Jessel decidió dejar a Flora de momento. Grose rápidamente fue a contarle lo sucedido. Tras eso, la institutriz y Grose recapacitaron, y decidieron espantar a la señora Jessel.

Como era de esperar, Jessel se fue y, con ella, la pequeña Flora.

Metamorfosis.

          Al morir Gregor, toda la familia sintió un gran sentimiento de libertad. Para olvidar todo lo ocurrido decidieron mudarse dejando a su hijo enterrado en su sucia habitación hasta que se descomponiéndose. A los tres días encontraron una casa ideal a la que se trasladaron inmediatamente. En el preciso momento en el que la familia cerró la puerta principal, alguno sucedió en el dormitorio de Gregor, su cuerpo adquiría una brillantez impresionante y su volumen fue aumentándose y alargándose. Ya se podía distinguir algo, ¡era su antiguo cuerpo! El pelo le empezó a crecer, la cara se fue definiendo, las múltiples patas ya eran extremidades humanas...

          Pasó la noche y a la mañana siguiente algo sorprendente ocurrió... ¡Gregor estaba respirando! Con bastante esfuerzo intento levantarse. Se puso en pie pero cayó, no recordaba como andar. Fue arrastrándose por toda la casa para vengarse de su familia. El salón estaba vacío, los cuartos también, la cocina deshabitada. Otra vez se encontraba solo. Lleno de rabia. Emprendió una búsqueda exhaustiva de pistas que le pudiesen llevar hacia sus parientes. No encontró nada.

          Hambriento se deslizó a la cocina, abrió el frigorífico con esfuerzo, lo miró y nada llamaba su atención y sin saber el porqué, reptó a la papelera encontró comida y se la empezó a comer en el suelo, sin ningún tipo de escrúpulos. Se dio también cuenta de que en la papelera había un libro de anuncios de casas, una de las páginas estaba señalada. Esa era el nuevo hogar de su asquerosa familia. Empezó a analizar la hoja pero no se acordaba bien de cómo leer.  No obstante, gracias a unas palabras sueltas supo averiguar dónde estaban ellos. Había un problema, ese lugar estaba muy lejos y no recordaba cómo andar.

          Pasaron tres meses, durante estos Gregor aprendió a andar, pero sus hábitos alimenticios eran algo peculiares. También intentó hablar en varias ocasiones, aunque rara vez logró formular una palabra entera. Gregor estaba ya preparado para por fin poder vengarse de su familia.

          La brisa, el sol... le hacían sentir una cosa que ya había olvidado, pero que ahora recordaba y eso le encantaba. Respiró profundo y gritó:

-¡Soy libre!- Exclamó Gregor con su extraña pronunciación. Se acercaba un coche, este le hizo una señal. Al mismo tiempo que decía. -Taxi.

          Llegó a la casa, estaba muy nervioso, sudaba, aun no sabía exactamente cómo se iba a vengar. Justo en el momento que el coche se paró en frente de la puerta principal. Vio a su hermana en el jardín y había un hombre arrodillado ante ella. Le estaba proponiendo matrimonio y la hermana aceptó. Gregor al ver esto supo cómo sería la venganza perfecta a su hermana. Grete no se percató de que la estaban observando. Ella corrió dentro de la casa con él a darle la buena noticia a sus padres. Gregor salió del taxi y se escondió en una caseta que había afuera. Allí fue planificando todos sus planes.

          Cuando la familia salió fuera de la casa para celebrar lo recién sucedido, Gregor entró y a la comida que la madre tenía preparada para esta noche, la envenenó con un producto muy tóxico que había encontrado en la caseta volcó todo el contenido de la botella en la olla y se metió de nuevo en su escondite.

          En el momento llegaron los cuatro, Gregor fue a espiarlos desde la ventana. Como se reían, se divertían en tan solo tres meses se habían olvidado ya totalmente de él. Empezaron a comer. Gregor entró en la casa y todos al verlos no sabían ni qué decir ni qué hacer.

-¿Os alegráis de verme?- Preguntó con dificultad.
-Gregor... cariño...- Dijo la madre, la que al mismo tiempo se levantó y fue a abrazarlo, pero una fuerte tos lo impidió. 
-¿Quién es este?- Le consultó el prometido a su hermana.
-¿Qué quién soy yo? Yo soy aquel que esta familia marginó, pegó y olvidó. Incluso fui aquel cuyo padre le tiró una manzana putrefacta causando una muerte por envenenamiento e infección. Pero sobreviví y ahora estoy aquí.- Manifestó con rabia y con impedimentos Gregor.
 -Hijo... perdón por todo lo que...
-Ya no me valen esas falsas y convenidas disculpas.- Interrumpió Gregor a su padre.- Ahora todos ustedes sufriréis lo que a mi me padeció. Es de vuestra incumbencia saber que os he intoxicado la comida.

          Justo en ese momento el prometido de Grete cayó al suelo.
-¡NOOOO!- Exclamó ella al mismo tiempo que iba hacia él.- No te vayas... por favor...- Empezó a llorar y dirigiéndose a su hermano- ¡¿Por qué?!... Eres un cabrón.

          Fue a atacarle, pero dos segundos antes de que lo alcanzase esta cayó al suelo. La madre sin casi ya respiración fue hacia él y le cogió por la pierna y murió. Él se giró hacia ella dándole la espalda a su padre, este aprovechó y con las pocas fuerzas que le quedaban le clavó un cuchillo en la espalda. Gregor se cayó estaba inmóvil pero aún no había perdido el conocimiento. Solo quedaba una última víctima, el padre, ya se encontraba en el suelo murmurando unos últimos jadeos. Cuando Gregor los vio ya a todos muertos, sonrió y un gran silencio inundó la habitación.

domingo, 19 de enero de 2014

Una muerte predestinada.

—¡Alto en nombre de la República! —gritaron unos ciudadanos antes de que la guillotina atravesara la cabeza del hombre allí postrado—. ¡Ese no es Charles Darnay!

El acusado tragó saliva. Pensaba que el plan no se frustraría.

—¡Levántate y danos una explicación! —ordenaron los representantes de la República. Al ver que el hombre no se inmutaba, uno de ellos se acercó a él. Le levantó la cara sin delicadeza alguna y cuando vio el rostro del impostor supo quién era.

—¡Carton Sydney! No te creía capaz de hacer eso —escupió el hombre. Era el tabernero Ernest Defarge. Sus ojos eran negros como el azabache. Lo conocía desde hacía tiempo y en esos años hubiera dicho que sus ojos estaban cargados de energía, de alegría inclusive, pero ya no. Ahora sus ojos estaban apagados y con sed de venganza. Su boca formaba una fina línea recta afirmando que estaba decepcionado.

—Ni te atrevas a juzgarme. Sé que cualquier hombre haría lo que fuese por la mujer a la que ama, incluso si ya está casado con otro varón. Es triste, ¿no crees? —susurró Sydney con voz socarrona y con una media sonrisa que podría haber hechizado a cualquier mujer.

 —¿A qué te refieres?

—Querer a una persona que quiere a alguien más. Lo veo descabellado y masoquista.

Por unos instantes, Ernest Defarge sintió pena. Había sido el criado del doctor Manette durante mucho tiempo. Ahora, los estaba traicionando, vendiéndolos como a unos perros. Todo aquello parecía una pesadilla. No sabía en que hora se había implicado en aquella horrenda idea. Fingía para no decepcionar a los demás, pero en la obra de teatro de su vida, le había tocado interpretar el peor papel. Intentó que aquellos horribles pensamientos se esfumaran. Miró hacia un lado y hacia otro, tratando de cavilar sobre lo que deberían de hacer ahora. Se fijó en sus guardias formando fila. En ese momento, pareció reaccionar:
—¡Rápido! ¡El carruaje con Charles Darnay ha salido hace poco! ¡Atrápenlo! Y tú, ¡levántate! Te irás con el doctor Manette y su hija. No te denunciaré por lo que has hecho, pero no pienses en volver a pisar Francia en lo que resta de tu miserable vida.

No pasó mucho tiempo cuando llegaron los representantes de la República, dos de ellos llevaban preso al acusado, Charles Darnay. Unos metros más atrás estaba Lucie Manette, otros dos la agarraban. Ella sin embargo, luchaba por salir junto a su esposo. Charles iba con la cabeza gacha. Los guardias no dejaban de mofarse de él. Lo arrojaron al suelo y le ataron manos y pies. Los hombres, mujeres y algunos niños, que estaban a favor de la República, empezaron a darle patadas e incluso algunos a tirarle pequeñas piedras. Unas mozas que pasaban por allí, tenían la cara descompuesta, se miraron asustadas y anduvieron con más rapidez. Charles no se quejaba, si fuera así, el castigo sería incluso mayor. Giró la cabeza y pudo ver a su mujer tratando de llegar hacia él. Pensó que si lo dejaban allí, lo humillarían más y él mismo pasaría mucho mas bochorno que si lo mataban en ese mismo instante. Justo en ese momento, escuchó a su mujer con una triste voz:

—¡Charles, Charles! —gritó desesperadamente. Y volviéndose a los hombres les dijo: —Dejadme ir junto a mi marido. Si le condenan... yo no puedo vivir sin él. ¡Por favor, entendedme! —terminó susurrando y llorando sin poder cesar—. Quiero ir a darle sus últimos besos.

 Carton no podía creerse lo que estaba pasando y corrió junto a ella.

—Te van a quitar la vida si sigues así. ¡Para! —gritó —. Si quieres, intento que puedas ir a darle un beso y puedes llevar contigo a tu niña. Después, tendremos que marcharnos.

—¡Oh, Carton, mi querido Carton!, lo que me estás pidiendo es algo imposible. ¿Dejarías a algún ser querido tuyo solo ante el peligro? No lo creo, por lo que no me pidas que yo lo haga.

Mientras hablaban, se habían ido acercando al acusado. Se abrieron paso entre las personas y terminó por rogarles que pararan. Un hombre la cogió de los pelos y otros muchos la insultaban. Ella lloraba, intentado acercarse a su marido. Carton al oir el llanto, se acercó al que estaba maltratando a Lucie y le pegó tal puñetazo, que quedó aturdido. Aquellos que la estaban insultando dejaron de hacerlo. Lucie se encontraba ahora acuclillada frente a él, besándole el rostro.

—Te quiero, Lucie, mi amor. "No puedo cambiar el pasado, pero puedo aprender de él". ¿Sabes?, tiene ironía, lo decía un personaje de mi libro. Este hacía muchas reflexiones y la que acabo de recitar la pensó antes de que le mataran por alta traición. Ahora, yo te la digo a ti, mi lucero. Esto no quiere decir que yo haya hecho una traición, ¡nada por el estilo! Solo estoy pagando las deudas que ya salvé en su momento, dando la herencia de mi padre a los desgraciados. Pero... estos obcecados de la vida no escucharon mis declaraciones. Por eso, te ruego que no llores por mí, porque soy inocente. Te quiero.

Tras esta emotiva despedida miró a su hija. Ambos habían tenido siempre una conexión muy especial. Evocó el recuerdo de cuando la cogió por primera vez; su pelo era tan rubio como el de su madre, sus ojos eran de un celeste muy claro y el bebé no lloraba. Dormía plácidamente en los brazos de su padre y algunas veces, lanzaba pequeñas sonrisas tan veloces que parecían estrellas fugaces. Añoró esos tiempos cuando sus vidas eran pacíficas y felices. Pensó en unas palabras que la chiquilla pudiese entender, pues esta lo miraba confusa. A los pocos segundos le dijo:

—Y tu pequeña mía no te preocupes. Cuando papá no esté, mamá estará ahí para todo lo que necesites. Ven y dame un abrazo y un beso. Te quiero. Siempre os querré. ¡Adiós!.

 —¡Papá! —gritó la hija abrazando fuertemente a su padre y  por unos instantes, no hubo fuerza alguna que pudiera separarlos.

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Cuando terminaron de despedirse, lo llevaron a la guillotina. Mientras lo conducían hasta la máquina, Charles pensó en Carton, en cómo no había dudado un instante en cambiarse por él, en lo mucho que quería a Lucie y a su hija. Esperaba que las cuidase bien. Le hicieron poner la cabeza en un semicírculo. La máquina empezó a hacer ruidos muy molestos. El corazón le latía desvocadamente. Miró hacia un lado y hacia el otro. Estaba muy nervioso. Temblaba...  
Lucie no paraba de llorar. Y volviéndose de espaldas oyó el afilado corte de la cuchilla rasgando el aire y después, el público aplaudiendo desenfrenadamente. En ese momento, se desmayó. Carton, que estaba a su lado, la cogió suavemente y llamó al cochero. La hija de Lucie lloraba a más y no poder. Había visto cómo ese artilugio le quitaba la vida a su padre. "No lo olvidará jamás." Pensó Sydney.  Tenía la cara descompuesta. Un amigo suyo reciente, pero amigo, muerto de la forma más cruel que existía: humillado.

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Hicieron un largo viaje hasta Londres. Lucie no despertó durante toda la travesía, salvo una noche. Carton se encontraba en el camarote de la señorita. No la dejaba sola ni siquiera un instante y no soltaba su mano. Lucie no comía, no hablaba y, por ello, sus familiares y allegados empezaban a preocuparse. Carton estaba pensando, como muchas veces antes, cómo hubiera sido la vida de su amada si el plan no se hubiera frustrado. En ese momento, Lucie le habló:

—¿Charles? ¿Charles, eres tú? —preguntó. Tenía sus ojos azules abiertos de par en par, buscando a alguien. "Alguien cuyo rostro no verá más, mi preciosa dama."  pensó Carton—. Charles, he tenido una pesadilla. Te mataban y el buen hombre de Carton me consolaba. Pero una noche, me dijo que me quería. Yo realmente le quiero, pero también a tí. Por favor, no te enfades conmigo.

Al oír aquellas palabras, Carton abrazó a Lucie de tal manera que la muchacha se puso colorada y pudo reaccionar por unos breves instantes.

—¿Qué ha pasado? ¿Carton? ¿Y mi marido? —preguntó extrañada.

—Amor mío, no pasa nada...

—¿Cómo? ¿Por qué me llamas así? No me acuerdo de nada— y dicho esto se volvió a desmayar.

Aquello alegró en parte a Carton, siempre había imaginado esas mismas palabras saliendo de su boca, pero temía que si se lo recordaba, se enfadase. "Nadie sabe cómo puede actuar una mujer, son tan impredecibles.", pensó el hombre.
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*Opcional*: Si lo deseas, puede poner esta banda sonora que ambienta un poco la historia. Gracias:  *Banda sonora opcional.*



Días después de llegar a Londres, Lucie despertó finalmente. Carton había conversado con su padre, el doctor Manette, sobre lo que ocurrió la noche en la que le habló, pero sin contarle lo que le había dicho, y por supuesto sin mostrar ningún tipo de sentimientos. Le había llevado años poder crear una barrera para no mostrar sensaciones. Temía que al amar le partiesen el corazón, porque al fin y al cabo amar es destrozar.

Manette le había dicho que lo que le había pasado a su hija no era nada del otro mundo y que era el subconsciente hablando por ella. Por lo que decidió darse una ducha e ir ha hablar con Lucie.

—¿Se puede?

—Claro, adelante.

—Hola, ¿cómo estás?

—¿Cómo crees que se puede estar después de que tu marido, inocente, haya muerto por la aclamación de otras personas?— y mirándole fijamente dijo: —Me gustaría preguntarte algo...

—¿Qué?

—A todas las personas les importa algo, aman algo. ¿Cierto?

Lucie se había levantado de la cama. Llevaba un camisón rosa claro y no tenía demasiados abalorios. Carton tenía su pelo oscuro, mojado aún y sus ojos azules brillaban más que nunca. Estaba sentado en la ventana. La habitación era grande y se encontraban separados por algo menos de unos siete pies.

—¿Lo hacen?— dijo Carton suavemente. Lucie se quedó callada, no sabía lo que responder. Carton se apoyó sobre sus manos—. Lucie. Ven y siéntate a mi lado.

Se dirijió hacia la ventana. El corazón de ambos latía rápidamente bajos sus torsos.

—Parece que tú eres una excepción.— dijo ella, notando como le subía un calor repentino y ya se conocía lo bastante bien, como para saber que se estaba poniendo colorada—. Pasas indiferente por la vida, como si nada te importase. Pero deberías, porque si no, no serías un ser humano. Serías un "humanoide" sin sentimientos.

Hubo un repentino silencio al ver que Carton la miraba, pero habló:

—Tú. — dijo con un tono de voz muy suave. Parecía que él no quería decir las palabras pero lo tenía que hacer.- ¡Eres tú la que me importas! ¿Y sabes por qué? Porque desde el primer día que te conocí, en el juicio de tu marido, eres tú la que me has provocado cualquier insignificante sensación. Aunque no me creas, antes de que todo esto ocurriese, yo visitaba tu casa todos los días. Y de regreso a Londres, no me he separado de tí ni un momento.

Lucie se quedó callada. Nunca antes un hombre le había hablado de ese modo, ni siquiera su marido fallecido.

—Lucie, te quiero. Por favor ¿Te casarías conmigo?— dijo él mirándola a los ojos.

—No se... siento tan dentro de mí a mi marido...

—No digas eso. Dime: ¿no estaría tu marido deseando de que no te quedes sola? ¿Sabes? En realidad, una persona desde que nace no tiene predeterminado cual será su meta en la vida. Ella tiene que tomar unas decisiones, y dependiendo de estas, irás marcando hacia a lo que llegará a ser en la vida. Pero algunas veces son erróneas, por lo que cuando miras al pasado ves la senda que nunca has de pisar.

—Me has dejado anonadada...— empezó diciendo con una sonrisa—. Pero, por favor, explícamelo mejor-terminó por decir riéndose.

—Eso quiere decir...—dijo Carton con una cálida sonrisa y sus ojos color azul crepuscular.— que no vuelvas la vista atrás, estás viviendo el presente. ¡Disfrútalo! Nunca más lo volverás a vivir... Por lo tanto, te repito la pregunta ¿Te casarías...

—Sí. Y no hables más por favor...— dijo Lucie a su prometido y dándole cariñosamente un beso en los labios.


Zalacaín el vengador.

          *[ OPCIONAL: Música para ambientación > http://www.youtube.com/watch?v=DSg4jUCyjME ]*

          No podía ver nada hasta que sus pupilas se acostumbraron a la oscuridad de aquel lugar. Movió un pie hacia delante. Luego el otro. No parecía ocurrir nada malo, por lo que siguió caminando con total seguridad. De repente, tropezó con algo, cayó de bruces al suelo y, molesto, miró hacia el obstáculo. Lo reconoció al instante. Aquello era el cuerpo inerte de su padre. El cadáver abrió los ojos, blancos por completo.
          —¡Véngame...! ¡Véngame...! —repetía con voz ronca y débil— ¡Véngame...!
          Inesperadamente, una voz llamó al muchacho desde atrás.
          —Miguel... —el aludido giró la cabeza— Pronto llegará tu hora... Pronto te reunirás con tu padre de nuevo... ¡Pronto tu sangre correrá por mis manos!
          Al gritar esto último, la silueta negra del desconocido se hizo más grande, se acercaba a él velozmente con las manos por delante, los ojos se le salían de las órbitas y su piel se tornaba roja. Sufrió una momentánea transformación a una especie de demonio. Aquella bestia logró alcanzarle, derribándole.

          Despertó de un sobresalto. El corazón le latía a mil por hora. Sus manos y espalda estaban llenas de sudor frío.
          «Otra vez esa misma pesadilla» pensó y se dejó caer de nuevo en la cama, mientras revolvía su despeinado flequillo castaño.
          No comprendía el significado del sueño. Lo extraño era que, cada vez que su mente reproducía esas imágenes, el monstruo se acercaba más a él. Esta vez lo había atrapado por fin. Entonces... ¿se terminarían todas esas torturas nocturnas? Sentía que la cabeza le explotaría de un momento a otro; no podía pensar. La noche anterior bebió demasiado y ahora no sabía dónde se encontraba. Tenía resaca, eso estaba claro. Lo que no cuadraba era por qué no conocía aquel sitio. Una ligera preocupación comenzó a apoderarse de él. Tragó saliva e intentó buscar alguna fuente de luz fiándose de su tacto. Tan solo pudo hallar una vela y, al no tener nada para encenderla, la desechó. Se levantó del colchón y procuró avanzar sin caerse o hacer ruido. Pudo andar varios pasos hasta que chocó contra algo. Supuso que sería la puerta, así que la abrió.
          Esta conducía a un largo pasillo en cuyo fondo había una luz cálida que se aproximaba a él. Rozó con el brazo una tabla de madera. Adivinó que era un armario y se escondió allí para esperar a que el dueño de la lámpara pasase por delante. Cuando notó que este estaba muy cerca de su refugio escuchó dos voces masculinas.
          —Y... ¿qué deberíamos hacer con Miguel? —preguntó una de ellas, la más tímida.
          —Matarlo —respondió la otra, simplemente.
          —Como usted mande, señor —obedeció el primero.
          Luego oyó unos pasos, el chirriar de una puerta y el ruido cesó. Dedujo que lo comenzarían a buscar. Podía huir, matar a los que sabían de su escapada o quedarse allí. Tres alternativas... Unos míseros segundos para decantarse... ¿Por qué la indecisión atacaba en el momento más inoportuno?
          —¡No está! —gritó el que se manifestaba jefe— ¿Lo atrapaste, David? ¿Estás seguro?
          —¡Por favor Jorge, guarda el arma! —suplicaba el otro— ¡Lo dejé ahí mismo! ¡Calculé que no se despertaría hasta por la mañana!
          —Entonces... ¿Cómo que lo ha hecho...? —un disparo interrumpió sus palabras— ¡Maldito seas...! ¡No vales ni para cumplir una simple misión! ¡¿Acaso era tan difícil secuestrar al hijo de Zalacaín?!
          Unos segundos después, alguien se acercaba a su escondite. En ese mismo instante, se arrepintió de haberse ido de su casa para "poner a prueba su espíritu aventurero". ¿Qué se creía tres años atrás? ¿Que era como Martín, su padre, el gran aventurero? No. Definitivamente no lo era. Deseó que estuviese allí, él sabría cómo salir del aprieto. Se le iluminó la mente de un momento a otro. Sonrió.
          —Si he de morir, lo haré como mi padre quería que yo muriese —se animó—. Como un valiente y confiado héroe.
          Agarró una escoba y esperó a que la puerta se abriese. Su enemigo estaba tan próximo que podía incluso oír su respiración. Este tiró del pomo, dejando vía libre a Miguel. Aprovechando el momento de vacilación de su oponente, se abalanzó sobre él. Le golpeó en el ojo con la madera, haciéndole caer al suelo, padeciendo un horrible dolor. La pistola de la que Jorge disponía estaba abandonada, en medio de un pequeño charco de sangre que se había empezado a formar. Miró a ambos lados y la cogió.
          —Espero que lo haya matado... —susurró Miguel y, con su nueva arma y el farol, abandonó la estancia.
          El alarido había alertado a los demás. Rodearon al agresor y se llevó una gran sorpresa cuando notó que esa gente eran los de la familia Ohando. No... No podían ser ellos... Al levantar la vista, sus ojos verdes divisaron un retrato de Carlos Ohando colgado en la pared. Aquello hizo desaparecer todas sus dudas. Todos los allí presentes ardían de odio mientras lo miraban estudiándolo para saber cómo atacar, si hubiera que hacerlo. Miguel alzó el arma hacia un anciano, que era idéntico al del cuadro.

           *[ OPCIONAL: Música para ambientación > http://www.youtube.com/watch?v=vQOr9h7v6Ag ]*

          —Si me disparas morirás a tiros, igual que tu asqueroso padre —dijo con cierto tono de aversión.
          —¡Ten más respeto por alguien que es superior a ti en todos los aspectos!
          —¿Respeto? ¿Respeto por alguien que no lo merece? Tu padre era una sucia rata de cloaca. Y ahora haré contigo lo que no pude hacer con él: matarle a sangre fría. Supongo que tú también serás un héroe, por eso... ¿Qué mejor forma de morir que asesinado por Carlos Ohando?
          Cuando acabó se acercó a Miguel con una espada de colección. Este temblaba de rabia al verse tan impotente. Cerró los ojos. Después sintió una hoja de acero que se le posaba en el cuello.
          —He ganado... —murmuró Carlos en su oído.
          —No... Lo he hecho yo... —contradijo con una sonrisa fría en el rostro.
          —¿Cómo que...? —no siguió hablando; una bala le había acertado de lleno en el estómago.
          Miguel vio cómo el malherido caía agonizando a sus pies. Lo agarró por el cuello.
          —Por favor... —mustió el moribundo mientras escupía sangre, ensuciando su barba canosa— Por favor ayúdame... Ten piedad de mí...
          —¿Piedad? ¿Piedad de alguien que no la merece?
          Ohando y él intercambiaron una significativa mirada. El joven tomó la espada entre sus manos, la alzó en el aire y tan solo advirtió:
          —Por mi padre... Y por todos a los que has engañado y dañado a lo largo de tu miserable vida.        La bajó rápidamente, clavándosela a Carlos en el corazón. Como muestra de respeto y solemnidad, se agachó a su lado y le cerró los ojos. Luego se inclinó en su oído y sencillamente proclamó:
          —He ganado.
          Se levantó, dejó las armas en el suelo y dio una ojeada circular.
          —Adelante, ya podéis matarme. Si lo hacéis, mi vida acabará como la de un héroe y me podré reunir con mi padre de nuevo... ¡Vamos! —apremió al ver que no disparaban.
          Sonaron varios tiros y las balas lo atravesaron de parte a parte.

          Todo era blanco, la luz lo cegaba. No podía moverse en absoluto. Entre la claridad divisó a un hombre con los brazos abiertos.
          —¡Hijo! —lo llamaba.
          —¿Papá? —preguntó Miguel.
          —El mismo, soy Martín Zalacaín el aventurero, padre de Miguel Zalacaín el vengador.
          Los dos se fundieron en un fuerte y etéreo abrazo.