domingo, 1 de junio de 2014

La maldición cumplida. (Continuación de "La Catedral")

          «Demonios... Ojos rojos que me observan... Fauces abiertas que desean devorarme... Se acercan lentamente hacia mí; los siento, percibo su presencia. Uno de estos acaricia toda mi piel como buscando... Oh no... Otra vez no...»

          Eso fue lo último que pude pensar antes de que un espíritu maligno tomase el control de mi cuerpo. Quitó a mi alma de su lugar y se colocó él. Así, tan simple, pero también tan injusto. Yo no era consciente de lo que hacía, hasta que desperté después de este extraño trance.
          Me encontré tirado en una habitación de la casa en la que me alojaba. Repentinamente, un olor llegó a mi nariz... Olor a sangre... ¿Qué había hecho? Me miré los brazos y descubrí en ellos una figura grabada: una T inscrita sobre una Y... Mi marca de francmasón... Enfocando la vista un poco más allá vi un cadáver. ¿Que qué hacía allí? Fácil de responder. Me habían poseído, de nuevo. Me aproximé a él y le levanté la camisa.
          Mi marca rasgada en sus músculos pectorales... como siempre.
          Puede parecer mentira, pero me acabé acostumbrando a este tipo de incidentes. Tenía claro los pasos que debía seguir: limpiar la sangre, descuartizar al muerto, deshacerme de él, vendarme las heridas e irme inmediatamente del lugar en el que me hallase. Pero aquella vez nada fue según lo planeado.
          Escuché un sonido detrás de mí y, seguidamente, una voz familiar.
          —Telmo... –las palabras se helaron en su boca.
          —Jakob... ¿Qué haces aquí?
          Mi desdichado casero se agachó al lado del cuerpo inerte.
          —Erik de Viborg... Fue un gran templario y un gran padre para ti... –dije mientras mantenía una mirada indiferente–. Pena que le haya llegado la hora.
          —¡Fíjate en tus manos! ¡Lo has matado tú! –estalló Jakob– ¿Y ni te inmutas?
          —He hecho cosas peores... Además, estaba infectado de una fiebre mortal, deberías darme las gracias por acortarle el sufrimiento.
          —¿A quién se le ocurre meter a un asesino en su propia casa...? –hablaba consigo mismo, ignorándome– ¿Lo matas o no lo matas? ¿Lo matas o no lo matas? ¿Lo matas o no lo matas...?
          A partir de ahí se dedicó a insultarme en su idioma, así que no lo pude entender. Aproveché ese momento de desatención para pensar en cómo había llegado hasta aquí.
          Nada más abandonar Kerloc´h me dirigí a Normandía, donde trabajé en tres construcciones. Pasaron unos cuatro años hasta que me dispuse a esculpir en mi cuarto edificio. Esta vez ayudaba en Copenhague. Al frente de las obras estaba Jakob de Viborg, un joven un poco mayor que yo, muy parecido a su progenitor, que me había acogido en su hogar. Él no tenía idea de lo que a veces me ocurría por las noches... La maldición de Coberán de Carcassone. Consistía en que, cuando estaba durmiendo, y solo en ocasiones, me levantaba sonámbulo y mataba a quien sea. Llevaba aguantando eso desde que murió el condenado aquilano.
          —Lo mejor será que te vayas –el anfitrión interrumpió mis pensamientos.
          —¿Por qué?
          —Has acabado con todos mis vecinos, incluso con un gran amigo tuyo, y no me extraña que yo sea tu siguiente víctima.
          —No soy yo quien elige a quién matar.
          —¿Cómo?
          —Deja que te cuente algo... Mi verdadera historia...
          Tras relatarle toda mi vida, di unos pasos hacia el cadáver y extraje de él la daga. Con esta en mano, me encaminé hacia Jakob. Lo que acababa de confesar no podía salir de esa habitación de ninguna manera.
          —Estoy maldito por el mismo diablo... –susurraba con voz tenebrosa; quería infundirle miedo, pues ese podría ser un juego divertido... para mí.
          —Aléjate.
          Seguí avanzando sin importarme lo que él me ordenaba.
          —¡Aléjate de mí!
          Lo acorralé contra la pared. Parecía indefenso, como una oveja enfrente de más de cien lobos. Dibujé una pequeña sonrisa gélida en mis labios. Posé la hoja de mi arma en su cuello, provocando que el joven cerrara los ojos y empezara a temblar.
          —Por favor... –suplicaba, casi llorando– Por favor no me mates haré lo que sea...
          —¿Lo que sea?
          —Lo que sea –repitió entredientes afirmando mis palabras.
          —Está bien –me separé un poco de él, pero sin darle una opción de escape–. Entonces quiero que cuando la catedral esté terminada, se disponga un altar de sacrificio donde realizaré unos cultos para librarme del conjuro.
          —Dios no quiere sacrificios... –replicó el danés.
          —Pero Satán sí.
          —¡No pienso contribuir en esto!
          Sin articular palabra le hice un corte no muy profundo en el cuello. Como era de esperar, la sangre manaba de la herida de forma exagerada, tiñendo el suelo de rojo... y mi brazo también. Sonreí. De algún modo, la maldición me había hecho más fuerte, ya no tenía que reprimir arcadas cada vez que presenciaba escenas así. No solo sonreía por eso, sino porque me era gracioso ver cómo Jakob se ponía las manos en la garganta, como intentando detener la hemorragia. Me había convertido en un monstruo, y eso me gustaba.
          «De nada te servirá, ¡estúpido!», pensaba mientras lo observaba retorcerse de dolor en el suelo. Me quité la camisa e hice vendas con ella, como Erik me enseñó. Me acerqué un poco a Jakob con el jirón de tela entre mis dedos.
          —Te estás muriendo... ¿Por qué no me pides ayuda? –quería jugar con él. Era un juego macabro, pero yo disfrutaba siendo el que movía las piezas, que en este caso solo había una.
          —Telmo..., no me hagas esto... –arqueé una ceja.
          —¿Y las palabras mágicas?
          —Te odio...
          —Hummmm... Esas no son...
          El danés gritó con las pocas fuerzas que le quedaban, y se revolvió furioso.
          —¡Cúrame, maldita sea! –me exigía.
          Aproximé mi boca a su oído y le susurré.
          —Tendrás que suplicar...
          —Deja de hacerme esto..., maldito hijo de...
          —Shhhhh... –posé mi dedo índice sobre sus labios manchados. Lo miré de arriba a abajo– Hay que ver cómo estás –comenté cogiendo la tela de su ropa–, cubierto de sangre completamente. ¿Y sin embargo no haces nada?
          Ladeó la cabeza, seguramente para que yo no advirtiese dos lágrimas que corrían por sus mejillas.
          —Por favor... –balbuceó.
          —¿Qué? –inquirí, a pesar de que me había enterado perfectamente.
          —Por... favor...
          —Más fuerte...
          —¡Por favor, sálvame de una vez, joder! –bramó a todo pulmón.
          —Shhhhh... –volví a hacer, tapándole la boca con una fría carcajada– Vas a llamar la atención.
          Lo solté con desprecio. Intercambiamos una larga mirada, sus ojos claros con los míos oscuros. En el espacio que nos separaba se entablaba una batalla de sentimientos contradictorios, pero uno de ellos era mutuo, el odio. Esbocé otra de mis sonrisas. Era la primera vez que torturaba a alguien de esa forma... y era un buen espectáculo. Además, guardaba cierto rencor hacia él, así que eso me hacía disfrutar más. Me encantaba verle sufrir... Suena cruel, pero era la verdad. Debía acabar aquello en contra de mi voluntad; se estaba prolongando demasiado. Por fin, agarré la venda que estaba a mi lado. La puse sobre el arañazo, y esta se empapó enseguida. Repetí la acción varias veces. Cuando se me agotaron sin conseguir ningún beneficio, justo lo que pretendía, me levanté.
          —No he podido hacer nada –mentía mientras me encogía de hombros–, lo siento.
          Eché a andar hacia la puerta, dispuesto a dar la noticia de que el jefe de la construcción, el hijo del señor de Viborg, se había suicidado tras descubrir el cadáver de su padre. Y, luego, claramente, diría que antes de morir, me dejó al mando de la construcción. La vía estaba libre.
          Una vez en el umbral, volteé la vista, por última vez. Contemplé al muerto, y a su lado a Jakob, cuya vida acabaría pronto. Deduje esto debido a que estaba jadeando, temblando de frío y a la vez sudando de calor, con los ojos desorbitados, pero fijos en mí. Sus rasgos trazaron una mueca triunfal.
          —Arde en el infierno, maldito.
          No comprendía por qué lo decía hasta que sentí algo dentro de mí. Con una gesto de sorpresa en el rostro, miré mi torso y advertí un espada, roja por mi sangre, que me atravesaba el estómago de parte a parte. La persona que se hallaba detrás de mí, se deshizo de mi cuerpo moribundo lanzándolo al suelo cerca de los dos daneses. Me coloqué boca arriba para averiguar la identidad de mi asesino... o asesina, en este caso. Valentina, la hija del maese Hugo...
          —¿Qué te crees que haces? –le espeté.
          Ella, rápida como un rayo, casi me parte por la mitad de un certero corte en el abdomen. Pude observar, incrédulo, cómo mis vísceras se escapaban de mí. Me dejé caer rendido a sus pies. Sabía que mi hora había llegado. Valentina alzó su arma y la clavó velozmente en el centro de mi cara.
       
          Y así fue cómo morí. ¿Que cómo estoy contando esto? Fácil de responder. Ahora soy yo una de esas almas que vaga por el mundo buscando a quién poseer... y a quién destrozarle la vida, como me pasó a mí. Y tengo muy clara mi primera víctima... Muy clara...
       
       
—FIN—
       

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