Era sábado por la mañana e iba en dirección a la casa de los Peraplana. Cuando llegué allí para hacer el intento de volver a sacarle algo , vi a una multitud delante de la verja dorada del casón. Le pregunté a un tuerto que andaba por allí que qué había pasado y me dijo que no había visto casi nada -nunca tuve una mente muy lúcida-, y fui a preguntarle a una joven riquísima que estaba apoyada en la columna de al lado de la entrada.
La joven, que se llamaba Magdalena por cómo escuché que su madre la llamaba en tono de alerta por mi presencia, retrocedió dos pasos cuando me acerqué a ella, no sé si fue por el hedor que desprendían mis axilas o porque casi me caigo con el puto escalón de antes de la verja que los ricos se empeñan en tener. Cuando conseguí hablar con ella, me dijo sin querer echarme mucha cuenta:
-No hemos estado aquí desde el principio de todo, pero desde mi casa se ha escuchado el sonido como de un tiro de escopeta de caza desviada.
-Gracias guapa -le dije intentado no abrir demasiado la boca para no terminar de asustarla completamente.
Me colé por el agujero que había en los setos que hice en el anterior intento de hablar con Isabelita. Una vez que conseguí entrar, me estampé contra el mismo árbol que nunca me acuerdo que hay al doblar la esquina del jardín y me dispuse a observar el movimiento de dentro del hogar de los Peraplana por la ventana de la cocina. Vi que sacaban de allí en una camilla con las patas metálicas que llevaba encima una forma humana tapada con una manta que parecía papel Albar y papel celofán superpuestos en este mismo orden. Volví a colarme, por la ventana de la cocina, a la casa de Isabelita y me coloqué un traje de jardinero manchado de café que había en la esquina del lavadero.
Ya con el traje de gala puesto y después de haberme refregado dos naranjas ácidas por todo el cuerpo, me metí en el salón a preguntarle algo a la mujer que limpiaba la casa todos los sábados, y que este, tendría trabajo extra.
-Hola muñeca -dije no demasiado seguro de mí mismo-, ¿qué ha pasado aquí? Estaba fuera jardineando, haciendo jardines y regando las podadoras cuando escuché los gritos de la señorita Isabelita.
-Pues nada, que ha terminado por matarlo.
-Oh, lo sabía, era de esperar. Yo tampoco perdonaría unos cuernos de tales magnitudes.
-No, por eso no, zote. Ha sido por los... ya sabes, por los dolores de la señorita.
-¿Padecía de gases y estaba irritada? ¿Estrechez vaginal crónica? ¿Juanetes quizás?
-¡Capullo! Por maltratos.
-Ah sí, por eso. Bueno, me largo, que tengo que irme a...
-Adiós.
Qué bien -pensé para mis adentros- éstas mujeres son las que verdaderamente valen: hablan lo necesario y no se entretienen despidiéndose con un beso y medio.
Pero claro, con la muerte de Effer, Isabelita iría a la cárcel y se acabaría aquí la historia y mi exilio condicional del manicomio. Así que hice lo que primero se me ocurrió: me fui a la biblioteca de la casa y cogí dos o tres libros de los que más dorados tenían y me leí ocho páginas para poder inventarme alguna respuesta que concordara con la información que Merceditas Negrer me proporcionó la noche anterior. Tampoco me sirvió para mucho porque por una vez, reflexioné y dije:
¿Qué es la libertad sino lo que tú quieres hacer? Me niego a obedecer a mis autoridades y llevar todo lo que sé a sus oídos para que me vuelvan a meter en el manicomio... me niego a votar para obtener la misma mierda que siempre. Me largo de aquí, me largo a dónde no lleguen los panfletos que me obligan a vivir como un trozo de papel quiere que viva. Me voy a ir donde lo principal sea comer, si es necesario carne humana. Me niego rotundamente a diversificar mi naturaleza para ser lo que hoy en día, es natural.
Y así, termina esta historia. Conmigo en una bicicleta roja robada camino a Vallecas o a donde sea.
Aunque ahora que lo pienso, no. Mi historia no ha terminado, acaba de empezar.
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