lunes, 20 de enero de 2014

Memorias de una vaca



Después de finalizar con el libro, sentí una carga menos sobre mi cuerpo.

 - Ya lo acabé, ¿contento?
 - Si, hija mía. ¿No te sientes mejor contigo misma?

La verdad es que sí, me sentía feliz pensando en toda la gente que leería mi libro y diría: “¡Que vaca tan lista!”. O eso es lo que pensé que dirían. Tardé varios días en escribirlo, durante los cuales estuve desconectada del mundo. Incluso Pauline estaba un poco preocupada por mí, aunque yo le decía que no me ocurría nada. Tras acabar el libro, me quedé dormida de agotamiento. No se cuantas horas, pero cuando desperté, ya era un nuevo día. Después de tomarme el desayuno, di un paseo por las tierras.

En ese momento, avisté a la única persona que no querría haber visto en lo que me queda de vida. Tres hombres, dos de ellos soldados, y un tercero. Gafas Verdes, o como descubrí en su momento, “don Otto”. Todo el tiempo que estuve con Pauline me sirvió para aprender mucho el lenguaje humano, y al fin podía diferenciar los “karral” que salían de su boca. Les seguí con una distancia cauta, en parte siguiendo el consejo del pesado y en parte por miedo a que me reconociera, aunque yo ya soy vieja, y al parecer, mi presencia no le importaba en absoluto. Llegaron a la puerta y, aunque no entendí el lenguaje de los soldados, sí pude captar algunas palabras de Gafas Verdes. Prefiero referirme a él de esa forma. Con aquellas palabras, pude entender que el convento tenía algunas deudas, y ellos venían a cobrarlas.

 - ¿No te parece raro que un convento tenga deudas? - me preguntó el Pesado
 - A lo mejor no es una deuda... - pensé

En aquel momento no lo entendía del todo, pero ahora que lo vuelvo a pensar, todo era una mentira. Sólo querían robar. Los soldados, una vez acabaron de hablar con Pauline, vinieron directamente hacia mí. Ella se desplomó, sin más fuerzas que las necesarias para llorar. Gafas Verdes parecía estar dándole ánimos, pero se le escapó una pequeña sonrisa de satisfacción a costa de pobre la monja. En aquel momento no entendía lo que pasaba, mientras me obligaban a entrar en un camión que acababa de llegar, pero ahora sé porqué me llevaron. Sé que no se atrevieron a hacer nada más, porque a día de hoy, sigo en la granja a la que me llevaron.

- ¿Oyes eso? - le pregunté al pesado
 - Son gallinas y gallos. Nunca te has topado con ninguno, pero no debes preocuparte.

Al llegar a la granja, recordé momentos en Balanzategui, algunos buenos y otros malos. Aquella granja, en cambio, tenía un aspecto diferente. Parecía una granja de verdad, como me las había imaginado, no como Balanzategui. Me descargaron del camión e, instintivamente, corrí hacia el lugar donde estaban las pocas vacas que vi. Todas eran más jóvenes que yo, pero seguían siendo como la mayoría de vacas que conocía. Les faltaba esa chispa de inteligencia que se podía ver en la Vache qui Rit. Nada más llegar, me saludaron cordialmente y se presentaron, aunque no hice mucho caso de ellas.

- Deberías tratarlas mejor – intentó disuadirme el Pesado
- No pienso estar aquí demasiado tiempo, así que mejor no crear falsas amistades.

Debí haber convencido al Pesado, porque no volvió a sacar el tema. Aun así, él y yo sabíamos que me estaba engañando a mí misma. Aquella granja iba a ser mi hogar durante bastante tiempo.

Como la última vez, decidí explorar los alrededores. Además del típico cobertizo, no había nada interesante, aunque en la lejanía podía ver el monte en el que me quedé atrapada la primera vez que vi la nieve. Ahora que lo pienso, puedo confirmar que tal granja estaba al sur de Balanzategui, gracias a la información del Pesado sobre la localización del Sol al amanecer. Si pude observar, aun así, los que suponía que eran los propietarios de la granja. Uno era un viejo canoso de poca altura que trabajaba con pasión pese a su edad. Desde el momento que le vi, pensé en un nombre. El mejor que se me ocurrió fué “Plata”. A su lado siempre estaba el que supongo que era su hijo: un joven alto y muy delgado que nunca parecía esforzarse con nada. Pensé que se merecía el título de “el Vago”. Ni su propio padre, que parecía tener el espíritu de su hijo, lo motivaba a realizar sus tareas. Plata, aunque era muy activo y trabajador, los años le estaban pasando factura y necesitaba ayuda para las mayoría de las tareas.



Además de los dos familiares, el Pesado me alarmó sobre otras dos personas en las que yo no me fijé, también empleados de Plata. Deduzco que eran amigos del Vago, pero no lo parecían. Nunca ideé un nombre para ellos, y aunque luego descubriría sus identidades, de momento serán “los amigos”.

 - Deberías acostarte. Ha sido un día agotador.

Acepté el consejo y me acosté sobre mi barriga. Tan pronto como cerré los ojos, me quedé dormida. Me despertó un sonido al que no estaba acostumbrada. El pesado me contó que era el canto de un gallo, pero aunque fuese animal, aquel sonido no me agradaba.

En la granja si parecían usarnos para algo. A las vacas nos enchufaban a unas máquinas, unas ordeñadoras automáticas, según el Pesado, aunque yo no tuve que pasar por tal traumático proceso. Entre ellos comentaban lo vieja que era y se preguntaban por qué Gafas Verdes les obligaba a mantenerme. Tanto el Pesado como yo no teníamos ni idea de por qué debía estar allí.

Rara vez aparecía alguien externo de la granja, sin contar los soldados de Gafas Verdes. Cada vez que aparecía por aquí, traía a otros dos soldados diferentes. Hubo un día, el último de hecho, en el que no sólo trajo a sus dos soldados. También trajo una camioneta, en la que me metieron sin preguntar a los propietarios, aunque éstos parecían agradados por su decisión. Después de un movido viaje, sentí un fuerte pinchazo en una de mis patas traseras. Intenté dar varias coces, pero todas en vano. Cuando desperté, podía oír un leve sonidito que me recordaba al reloj que Pauline siempre llevaba encima. El Pesado, sin tacto alguno, me informó de la situación, mayoritariamente porque seguía un poco drogada.

 - Sabes que eso que escuchas puede ser una bomba, ¿no?
 - ¿Una bomba? - conocía la palabra, pero no su significado
 -  Una bomba es un artefacto que, a llegar el contador a cero... - sus palabras nunca llegaron a mis oídos, si eso es posible.

Sentí un escalofrío recorriéndome todo el cuerpo, al tan sólo pensar en la palabra que ambos conocíamos.

 - ¿Por qué a mí? ¿Por qué le ponen una bomba a una simple vaca? - le pregunté al Pesado, aún sin esperar respuesta
 - Hija mía, deberías de fijarte en el lugar donde estamos - hacía tiempo que no me llamaba así, por lo que rápidamente le hice caso -.

Ambos nos encontrábamos en el lugar donde empezó todo: el convento. La razón por la que atentar contra un convento sigue siendo un misterio. ¿Una mentira? Puede. Lo que sé es que usaron a una inocente vaca como yo para esconder la bomba.


Lo único que quería era salir de allí, porque la muerte la teníamos ambos asumida. Por suerte, conocía el lugar y pude huir, aunque no sin antes llamar la atención de algunos guardias de alrededor. Ellos también sabían del atentado, por que me reconocieron al instante. Corrían detrás mía, pero tras pensarlo un poco, decidí frenar un poco. Suponía que Gafas Verdes no tendría la sangre fría de detonar la bomba con tantos guardias alrededor.


Supuse mal.


Lo último que recuerdo es la voz del Pesado tranquilizándome, aunque siquiera recuerdo qué dijo. No quiero intentar recordar nada más, por miedo a que sea capaz.


Así acabó mi vida. ¿Que cómo puedo contarlo? Aunque una sea una vaca inteligente, hay cosas que siquiera una servidora sabe. Espero que Pauline haya tenido una vida feliz y que la Vache haya disfrutado de la suya. Es lo último que puedo pedir.

Continuación de "Marianela".


Al morir Nela, Pablo y Florentina se casaron tal y como lo habían planeado. Se mudaron al pueblo vecino.

Pablo iba un día paseando por el campo cuando vio a una niña ciega acompañada de su lazarillo, el que estaba recogiendo flores para su ama. Pablo se sentó con la niña y empezaron a hablar, la muchacha ciega le contó que no lo era de nacimiento, pero antes de serlo, todos la trataban como a un animal, decía que solo la querían para que hiciese las tareas de los demás y si no hacía lo que le decían, le pegaban. Quedó ciega por un accidente  y después de un año conoció a su lazarillo, decía que él era diferente, que no se parecía en nada a los demás.

Pablo le aconsejó que si algún día recuperase la vista, aunque no le gustase cómo era físicamente su lazarillo, que siguiera con él, porque después de todo era el único que había estado con ella en los peores momentos y el que iba a estar también los mejores.
La niña le dijo que nunca se iba a separar de él, que no le importara como fuese, y que solo por quererla cuando nadie más la quería era y sería la persona más importante para ella.
Continuación de "Una flor amarilla".

Tras pasar unas amargas semanas en casa, recibí una llamada de mi hermano, si, mi hermano, ese hombre del que no sabía nada desde hacía 10 años aunque viviese en la misma ciudad que yo, cosas de herencia, ustedes ya comprenden.

Al colgar el teléfono casi no podía creer lo que acaba de oír. Trasladaban a mi hermano al servicio militar a Rusia, y como su esposa había fallecido recientemente, su hijo quedaría huérfano. 

En definitiva, era mi deber quedarme a su cargo, pues era su única familia.
La verdad es que ni sabía del nacimiento de este niño ni de la muerte de la madre, cuando estás alejado de los tuyos, es como si no tuvieses familia alguna. No te enteras de los problemas de los otros ni ellos de los tuyos.

Una fría mañana de enero, a eso de las 7:00 de la mañana, el timbre de mi casa en la Rue de Rivoli sonó tres veces seguidas, sin duda ése era mi hermano. Allí estaba, tal y como lo recordaba, esbelto y muy delgado, algo dejado y con el rostro abatido, tenía el semblante destrozado, y a su lado, agarrándole la mano, un pequeño flaco de apenas ocho años de edad con ojos tristes que me miraban y calaban hasta lo más profundo de mi alma.
No pude evitar sentir lástima por ese niño que perdió a su madre y estaba a punto de perder a su padre. Mi hermano sólo me dijo que lo disculpase por estos diez años y que me dejaba lo más importante que tenía en su vida, su hijo, que lo criase como si fuese mío.

Ciertamente, la llegada de Jean Michel me cambió la vida por completo, al principio me venía grande la tarea, no sabía Cómo ser padre, si apenas podía conmigo mismo, ¿cómo se supone que me encargaría de un niño? Fueron unos meses difíciles al principio, adaptarme al cambio, a vivir con otra persona que estaba bajo mi responsabilidad.


 Pero con el paso del tiempo cambió mi forma de ver las cosas, quería ser bueno para ese niño porque él me necesitaba y yo era su única familia. Al poco tiempo conseguí un empleo a media jornada en una cafetería cerca de casa, y con ese sueldo íbamos subsistiendo y pagando una educación para mi sobrino. El chico era bastante inteligente, muy parecido a mi hermano con su misma edad, era como volver a mi infancia, como algo que ya había vivido antes. 

Fue en ese justo momento cuando Luc volvió a mi mente, cuando volví a recordar todo lo ocurrido un tiempo atrás. Me di cuenta de que gracias a la llegada de Jean Michel, había superado la pérdida de Luc, que era mi vivo reflejo.

Me convertí en un hombre nuevo, en un ejemplo a seguir, un padre para Jean Michel y él, el mejor regalo, un hijo para mí. El mejor de todos.

Continuación de "Otra vuelta de tuerca."

Tras enterarse de la muerte del pequeño Miles, Grose y Flora regresan a la mansión y así sentir su muerte. Ninguna de las personas que se encuentran en la mansión asumen lo ocurrido.

Ya que la institutriz había espantado para siempre a Quint, la señorita Jessel decide vengarse. Para ello, intenta poseer a Flora, que era lo que siempre había intentado. Como había vuelto a Bly, eso le facilitaría las cosas.

Pasaron los días, y Flora actuaba igual que su hermano días antes de morir. Esto le preocupaba a la institutriz, ya que no quería que la estrepitosa escena se volviera a repetir.

- Esta volviendo a pasar lo mismo Grose, otra pérdida más no queremos en esta mansión.- dijo la institutriz.
-Ya lo sé, ya lo sé.. esperemos que no vaya a peor, y que Jessel al fin la deje en paz.

Un día que el ama de llaves no estaba en casa y la institutriz estaba liada con unos asuntos, Jessel aprovechó y poseyó a la pequeña Flora

Pasaron los días y el ama de llaves y la institutriz se dieron cuenta que la pequeña estaba poseída. No querían volver a repetir lo mismo que con Miles, por lo que no espantaron al fantasma.

Un día, Flora intentó asesinar a la ama de llaves ya que la institutriz no se encontraba en casa aunque no lo consiguió.

-Pequeña, pequeña, no hagas eso, vuelve en sí.- dijo Grose.
-¿Pequeña? ¿ A quién llamas tú pequeña?- contestó el fantasma de Jessel, que se apoderó del cuerpo de Flora.
-Oh Jessel, sal del cuerpo de la señorita, ya os llevasteis al  pequeño Miles, ¿por qué ahora a Flora? Dejarla en paz.
-¿Qué por qué? Ustedes espantasteis a Quint y ahora estoy sola.. bueno, sola no, ahora con Flora.- respondió perversamente.

De repente, se escucho un portazo de la puerta principal, y se dieron cuenta que la institutriz ya había llegado, así que Jessel decidió dejar a Flora de momento. Grose rápidamente fue a contarle lo sucedido. Tras eso, la institutriz y Grose recapacitaron, y decidieron espantar a la señora Jessel.

Como era de esperar, Jessel se fue y, con ella, la pequeña Flora.

Metamorfosis.

          Al morir Gregor, toda la familia sintió un gran sentimiento de libertad. Para olvidar todo lo ocurrido decidieron mudarse dejando a su hijo enterrado en su sucia habitación hasta que se descomponiéndose. A los tres días encontraron una casa ideal a la que se trasladaron inmediatamente. En el preciso momento en el que la familia cerró la puerta principal, alguno sucedió en el dormitorio de Gregor, su cuerpo adquiría una brillantez impresionante y su volumen fue aumentándose y alargándose. Ya se podía distinguir algo, ¡era su antiguo cuerpo! El pelo le empezó a crecer, la cara se fue definiendo, las múltiples patas ya eran extremidades humanas...

          Pasó la noche y a la mañana siguiente algo sorprendente ocurrió... ¡Gregor estaba respirando! Con bastante esfuerzo intento levantarse. Se puso en pie pero cayó, no recordaba como andar. Fue arrastrándose por toda la casa para vengarse de su familia. El salón estaba vacío, los cuartos también, la cocina deshabitada. Otra vez se encontraba solo. Lleno de rabia. Emprendió una búsqueda exhaustiva de pistas que le pudiesen llevar hacia sus parientes. No encontró nada.

          Hambriento se deslizó a la cocina, abrió el frigorífico con esfuerzo, lo miró y nada llamaba su atención y sin saber el porqué, reptó a la papelera encontró comida y se la empezó a comer en el suelo, sin ningún tipo de escrúpulos. Se dio también cuenta de que en la papelera había un libro de anuncios de casas, una de las páginas estaba señalada. Esa era el nuevo hogar de su asquerosa familia. Empezó a analizar la hoja pero no se acordaba bien de cómo leer.  No obstante, gracias a unas palabras sueltas supo averiguar dónde estaban ellos. Había un problema, ese lugar estaba muy lejos y no recordaba cómo andar.

          Pasaron tres meses, durante estos Gregor aprendió a andar, pero sus hábitos alimenticios eran algo peculiares. También intentó hablar en varias ocasiones, aunque rara vez logró formular una palabra entera. Gregor estaba ya preparado para por fin poder vengarse de su familia.

          La brisa, el sol... le hacían sentir una cosa que ya había olvidado, pero que ahora recordaba y eso le encantaba. Respiró profundo y gritó:

-¡Soy libre!- Exclamó Gregor con su extraña pronunciación. Se acercaba un coche, este le hizo una señal. Al mismo tiempo que decía. -Taxi.

          Llegó a la casa, estaba muy nervioso, sudaba, aun no sabía exactamente cómo se iba a vengar. Justo en el momento que el coche se paró en frente de la puerta principal. Vio a su hermana en el jardín y había un hombre arrodillado ante ella. Le estaba proponiendo matrimonio y la hermana aceptó. Gregor al ver esto supo cómo sería la venganza perfecta a su hermana. Grete no se percató de que la estaban observando. Ella corrió dentro de la casa con él a darle la buena noticia a sus padres. Gregor salió del taxi y se escondió en una caseta que había afuera. Allí fue planificando todos sus planes.

          Cuando la familia salió fuera de la casa para celebrar lo recién sucedido, Gregor entró y a la comida que la madre tenía preparada para esta noche, la envenenó con un producto muy tóxico que había encontrado en la caseta volcó todo el contenido de la botella en la olla y se metió de nuevo en su escondite.

          En el momento llegaron los cuatro, Gregor fue a espiarlos desde la ventana. Como se reían, se divertían en tan solo tres meses se habían olvidado ya totalmente de él. Empezaron a comer. Gregor entró en la casa y todos al verlos no sabían ni qué decir ni qué hacer.

-¿Os alegráis de verme?- Preguntó con dificultad.
-Gregor... cariño...- Dijo la madre, la que al mismo tiempo se levantó y fue a abrazarlo, pero una fuerte tos lo impidió. 
-¿Quién es este?- Le consultó el prometido a su hermana.
-¿Qué quién soy yo? Yo soy aquel que esta familia marginó, pegó y olvidó. Incluso fui aquel cuyo padre le tiró una manzana putrefacta causando una muerte por envenenamiento e infección. Pero sobreviví y ahora estoy aquí.- Manifestó con rabia y con impedimentos Gregor.
 -Hijo... perdón por todo lo que...
-Ya no me valen esas falsas y convenidas disculpas.- Interrumpió Gregor a su padre.- Ahora todos ustedes sufriréis lo que a mi me padeció. Es de vuestra incumbencia saber que os he intoxicado la comida.

          Justo en ese momento el prometido de Grete cayó al suelo.
-¡NOOOO!- Exclamó ella al mismo tiempo que iba hacia él.- No te vayas... por favor...- Empezó a llorar y dirigiéndose a su hermano- ¡¿Por qué?!... Eres un cabrón.

          Fue a atacarle, pero dos segundos antes de que lo alcanzase esta cayó al suelo. La madre sin casi ya respiración fue hacia él y le cogió por la pierna y murió. Él se giró hacia ella dándole la espalda a su padre, este aprovechó y con las pocas fuerzas que le quedaban le clavó un cuchillo en la espalda. Gregor se cayó estaba inmóvil pero aún no había perdido el conocimiento. Solo quedaba una última víctima, el padre, ya se encontraba en el suelo murmurando unos últimos jadeos. Cuando Gregor los vio ya a todos muertos, sonrió y un gran silencio inundó la habitación.

domingo, 19 de enero de 2014

Una muerte predestinada.

—¡Alto en nombre de la República! —gritaron unos ciudadanos antes de que la guillotina atravesara la cabeza del hombre allí postrado—. ¡Ese no es Charles Darnay!

El acusado tragó saliva. Pensaba que el plan no se frustraría.

—¡Levántate y danos una explicación! —ordenaron los representantes de la República. Al ver que el hombre no se inmutaba, uno de ellos se acercó a él. Le levantó la cara sin delicadeza alguna y cuando vio el rostro del impostor supo quién era.

—¡Carton Sydney! No te creía capaz de hacer eso —escupió el hombre. Era el tabernero Ernest Defarge. Sus ojos eran negros como el azabache. Lo conocía desde hacía tiempo y en esos años hubiera dicho que sus ojos estaban cargados de energía, de alegría inclusive, pero ya no. Ahora sus ojos estaban apagados y con sed de venganza. Su boca formaba una fina línea recta afirmando que estaba decepcionado.

—Ni te atrevas a juzgarme. Sé que cualquier hombre haría lo que fuese por la mujer a la que ama, incluso si ya está casado con otro varón. Es triste, ¿no crees? —susurró Sydney con voz socarrona y con una media sonrisa que podría haber hechizado a cualquier mujer.

 —¿A qué te refieres?

—Querer a una persona que quiere a alguien más. Lo veo descabellado y masoquista.

Por unos instantes, Ernest Defarge sintió pena. Había sido el criado del doctor Manette durante mucho tiempo. Ahora, los estaba traicionando, vendiéndolos como a unos perros. Todo aquello parecía una pesadilla. No sabía en que hora se había implicado en aquella horrenda idea. Fingía para no decepcionar a los demás, pero en la obra de teatro de su vida, le había tocado interpretar el peor papel. Intentó que aquellos horribles pensamientos se esfumaran. Miró hacia un lado y hacia otro, tratando de cavilar sobre lo que deberían de hacer ahora. Se fijó en sus guardias formando fila. En ese momento, pareció reaccionar:
—¡Rápido! ¡El carruaje con Charles Darnay ha salido hace poco! ¡Atrápenlo! Y tú, ¡levántate! Te irás con el doctor Manette y su hija. No te denunciaré por lo que has hecho, pero no pienses en volver a pisar Francia en lo que resta de tu miserable vida.

No pasó mucho tiempo cuando llegaron los representantes de la República, dos de ellos llevaban preso al acusado, Charles Darnay. Unos metros más atrás estaba Lucie Manette, otros dos la agarraban. Ella sin embargo, luchaba por salir junto a su esposo. Charles iba con la cabeza gacha. Los guardias no dejaban de mofarse de él. Lo arrojaron al suelo y le ataron manos y pies. Los hombres, mujeres y algunos niños, que estaban a favor de la República, empezaron a darle patadas e incluso algunos a tirarle pequeñas piedras. Unas mozas que pasaban por allí, tenían la cara descompuesta, se miraron asustadas y anduvieron con más rapidez. Charles no se quejaba, si fuera así, el castigo sería incluso mayor. Giró la cabeza y pudo ver a su mujer tratando de llegar hacia él. Pensó que si lo dejaban allí, lo humillarían más y él mismo pasaría mucho mas bochorno que si lo mataban en ese mismo instante. Justo en ese momento, escuchó a su mujer con una triste voz:

—¡Charles, Charles! —gritó desesperadamente. Y volviéndose a los hombres les dijo: —Dejadme ir junto a mi marido. Si le condenan... yo no puedo vivir sin él. ¡Por favor, entendedme! —terminó susurrando y llorando sin poder cesar—. Quiero ir a darle sus últimos besos.

 Carton no podía creerse lo que estaba pasando y corrió junto a ella.

—Te van a quitar la vida si sigues así. ¡Para! —gritó —. Si quieres, intento que puedas ir a darle un beso y puedes llevar contigo a tu niña. Después, tendremos que marcharnos.

—¡Oh, Carton, mi querido Carton!, lo que me estás pidiendo es algo imposible. ¿Dejarías a algún ser querido tuyo solo ante el peligro? No lo creo, por lo que no me pidas que yo lo haga.

Mientras hablaban, se habían ido acercando al acusado. Se abrieron paso entre las personas y terminó por rogarles que pararan. Un hombre la cogió de los pelos y otros muchos la insultaban. Ella lloraba, intentado acercarse a su marido. Carton al oir el llanto, se acercó al que estaba maltratando a Lucie y le pegó tal puñetazo, que quedó aturdido. Aquellos que la estaban insultando dejaron de hacerlo. Lucie se encontraba ahora acuclillada frente a él, besándole el rostro.

—Te quiero, Lucie, mi amor. "No puedo cambiar el pasado, pero puedo aprender de él". ¿Sabes?, tiene ironía, lo decía un personaje de mi libro. Este hacía muchas reflexiones y la que acabo de recitar la pensó antes de que le mataran por alta traición. Ahora, yo te la digo a ti, mi lucero. Esto no quiere decir que yo haya hecho una traición, ¡nada por el estilo! Solo estoy pagando las deudas que ya salvé en su momento, dando la herencia de mi padre a los desgraciados. Pero... estos obcecados de la vida no escucharon mis declaraciones. Por eso, te ruego que no llores por mí, porque soy inocente. Te quiero.

Tras esta emotiva despedida miró a su hija. Ambos habían tenido siempre una conexión muy especial. Evocó el recuerdo de cuando la cogió por primera vez; su pelo era tan rubio como el de su madre, sus ojos eran de un celeste muy claro y el bebé no lloraba. Dormía plácidamente en los brazos de su padre y algunas veces, lanzaba pequeñas sonrisas tan veloces que parecían estrellas fugaces. Añoró esos tiempos cuando sus vidas eran pacíficas y felices. Pensó en unas palabras que la chiquilla pudiese entender, pues esta lo miraba confusa. A los pocos segundos le dijo:

—Y tu pequeña mía no te preocupes. Cuando papá no esté, mamá estará ahí para todo lo que necesites. Ven y dame un abrazo y un beso. Te quiero. Siempre os querré. ¡Adiós!.

 —¡Papá! —gritó la hija abrazando fuertemente a su padre y  por unos instantes, no hubo fuerza alguna que pudiera separarlos.

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Cuando terminaron de despedirse, lo llevaron a la guillotina. Mientras lo conducían hasta la máquina, Charles pensó en Carton, en cómo no había dudado un instante en cambiarse por él, en lo mucho que quería a Lucie y a su hija. Esperaba que las cuidase bien. Le hicieron poner la cabeza en un semicírculo. La máquina empezó a hacer ruidos muy molestos. El corazón le latía desvocadamente. Miró hacia un lado y hacia el otro. Estaba muy nervioso. Temblaba...  
Lucie no paraba de llorar. Y volviéndose de espaldas oyó el afilado corte de la cuchilla rasgando el aire y después, el público aplaudiendo desenfrenadamente. En ese momento, se desmayó. Carton, que estaba a su lado, la cogió suavemente y llamó al cochero. La hija de Lucie lloraba a más y no poder. Había visto cómo ese artilugio le quitaba la vida a su padre. "No lo olvidará jamás." Pensó Sydney.  Tenía la cara descompuesta. Un amigo suyo reciente, pero amigo, muerto de la forma más cruel que existía: humillado.

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Hicieron un largo viaje hasta Londres. Lucie no despertó durante toda la travesía, salvo una noche. Carton se encontraba en el camarote de la señorita. No la dejaba sola ni siquiera un instante y no soltaba su mano. Lucie no comía, no hablaba y, por ello, sus familiares y allegados empezaban a preocuparse. Carton estaba pensando, como muchas veces antes, cómo hubiera sido la vida de su amada si el plan no se hubiera frustrado. En ese momento, Lucie le habló:

—¿Charles? ¿Charles, eres tú? —preguntó. Tenía sus ojos azules abiertos de par en par, buscando a alguien. "Alguien cuyo rostro no verá más, mi preciosa dama."  pensó Carton—. Charles, he tenido una pesadilla. Te mataban y el buen hombre de Carton me consolaba. Pero una noche, me dijo que me quería. Yo realmente le quiero, pero también a tí. Por favor, no te enfades conmigo.

Al oír aquellas palabras, Carton abrazó a Lucie de tal manera que la muchacha se puso colorada y pudo reaccionar por unos breves instantes.

—¿Qué ha pasado? ¿Carton? ¿Y mi marido? —preguntó extrañada.

—Amor mío, no pasa nada...

—¿Cómo? ¿Por qué me llamas así? No me acuerdo de nada— y dicho esto se volvió a desmayar.

Aquello alegró en parte a Carton, siempre había imaginado esas mismas palabras saliendo de su boca, pero temía que si se lo recordaba, se enfadase. "Nadie sabe cómo puede actuar una mujer, son tan impredecibles.", pensó el hombre.
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*Opcional*: Si lo deseas, puede poner esta banda sonora que ambienta un poco la historia. Gracias:  *Banda sonora opcional.*



Días después de llegar a Londres, Lucie despertó finalmente. Carton había conversado con su padre, el doctor Manette, sobre lo que ocurrió la noche en la que le habló, pero sin contarle lo que le había dicho, y por supuesto sin mostrar ningún tipo de sentimientos. Le había llevado años poder crear una barrera para no mostrar sensaciones. Temía que al amar le partiesen el corazón, porque al fin y al cabo amar es destrozar.

Manette le había dicho que lo que le había pasado a su hija no era nada del otro mundo y que era el subconsciente hablando por ella. Por lo que decidió darse una ducha e ir ha hablar con Lucie.

—¿Se puede?

—Claro, adelante.

—Hola, ¿cómo estás?

—¿Cómo crees que se puede estar después de que tu marido, inocente, haya muerto por la aclamación de otras personas?— y mirándole fijamente dijo: —Me gustaría preguntarte algo...

—¿Qué?

—A todas las personas les importa algo, aman algo. ¿Cierto?

Lucie se había levantado de la cama. Llevaba un camisón rosa claro y no tenía demasiados abalorios. Carton tenía su pelo oscuro, mojado aún y sus ojos azules brillaban más que nunca. Estaba sentado en la ventana. La habitación era grande y se encontraban separados por algo menos de unos siete pies.

—¿Lo hacen?— dijo Carton suavemente. Lucie se quedó callada, no sabía lo que responder. Carton se apoyó sobre sus manos—. Lucie. Ven y siéntate a mi lado.

Se dirijió hacia la ventana. El corazón de ambos latía rápidamente bajos sus torsos.

—Parece que tú eres una excepción.— dijo ella, notando como le subía un calor repentino y ya se conocía lo bastante bien, como para saber que se estaba poniendo colorada—. Pasas indiferente por la vida, como si nada te importase. Pero deberías, porque si no, no serías un ser humano. Serías un "humanoide" sin sentimientos.

Hubo un repentino silencio al ver que Carton la miraba, pero habló:

—Tú. — dijo con un tono de voz muy suave. Parecía que él no quería decir las palabras pero lo tenía que hacer.- ¡Eres tú la que me importas! ¿Y sabes por qué? Porque desde el primer día que te conocí, en el juicio de tu marido, eres tú la que me has provocado cualquier insignificante sensación. Aunque no me creas, antes de que todo esto ocurriese, yo visitaba tu casa todos los días. Y de regreso a Londres, no me he separado de tí ni un momento.

Lucie se quedó callada. Nunca antes un hombre le había hablado de ese modo, ni siquiera su marido fallecido.

—Lucie, te quiero. Por favor ¿Te casarías conmigo?— dijo él mirándola a los ojos.

—No se... siento tan dentro de mí a mi marido...

—No digas eso. Dime: ¿no estaría tu marido deseando de que no te quedes sola? ¿Sabes? En realidad, una persona desde que nace no tiene predeterminado cual será su meta en la vida. Ella tiene que tomar unas decisiones, y dependiendo de estas, irás marcando hacia a lo que llegará a ser en la vida. Pero algunas veces son erróneas, por lo que cuando miras al pasado ves la senda que nunca has de pisar.

—Me has dejado anonadada...— empezó diciendo con una sonrisa—. Pero, por favor, explícamelo mejor-terminó por decir riéndose.

—Eso quiere decir...—dijo Carton con una cálida sonrisa y sus ojos color azul crepuscular.— que no vuelvas la vista atrás, estás viviendo el presente. ¡Disfrútalo! Nunca más lo volverás a vivir... Por lo tanto, te repito la pregunta ¿Te casarías...

—Sí. Y no hables más por favor...— dijo Lucie a su prometido y dándole cariñosamente un beso en los labios.


Zalacaín el vengador.

          *[ OPCIONAL: Música para ambientación > http://www.youtube.com/watch?v=DSg4jUCyjME ]*

          No podía ver nada hasta que sus pupilas se acostumbraron a la oscuridad de aquel lugar. Movió un pie hacia delante. Luego el otro. No parecía ocurrir nada malo, por lo que siguió caminando con total seguridad. De repente, tropezó con algo, cayó de bruces al suelo y, molesto, miró hacia el obstáculo. Lo reconoció al instante. Aquello era el cuerpo inerte de su padre. El cadáver abrió los ojos, blancos por completo.
          —¡Véngame...! ¡Véngame...! —repetía con voz ronca y débil— ¡Véngame...!
          Inesperadamente, una voz llamó al muchacho desde atrás.
          —Miguel... —el aludido giró la cabeza— Pronto llegará tu hora... Pronto te reunirás con tu padre de nuevo... ¡Pronto tu sangre correrá por mis manos!
          Al gritar esto último, la silueta negra del desconocido se hizo más grande, se acercaba a él velozmente con las manos por delante, los ojos se le salían de las órbitas y su piel se tornaba roja. Sufrió una momentánea transformación a una especie de demonio. Aquella bestia logró alcanzarle, derribándole.

          Despertó de un sobresalto. El corazón le latía a mil por hora. Sus manos y espalda estaban llenas de sudor frío.
          «Otra vez esa misma pesadilla» pensó y se dejó caer de nuevo en la cama, mientras revolvía su despeinado flequillo castaño.
          No comprendía el significado del sueño. Lo extraño era que, cada vez que su mente reproducía esas imágenes, el monstruo se acercaba más a él. Esta vez lo había atrapado por fin. Entonces... ¿se terminarían todas esas torturas nocturnas? Sentía que la cabeza le explotaría de un momento a otro; no podía pensar. La noche anterior bebió demasiado y ahora no sabía dónde se encontraba. Tenía resaca, eso estaba claro. Lo que no cuadraba era por qué no conocía aquel sitio. Una ligera preocupación comenzó a apoderarse de él. Tragó saliva e intentó buscar alguna fuente de luz fiándose de su tacto. Tan solo pudo hallar una vela y, al no tener nada para encenderla, la desechó. Se levantó del colchón y procuró avanzar sin caerse o hacer ruido. Pudo andar varios pasos hasta que chocó contra algo. Supuso que sería la puerta, así que la abrió.
          Esta conducía a un largo pasillo en cuyo fondo había una luz cálida que se aproximaba a él. Rozó con el brazo una tabla de madera. Adivinó que era un armario y se escondió allí para esperar a que el dueño de la lámpara pasase por delante. Cuando notó que este estaba muy cerca de su refugio escuchó dos voces masculinas.
          —Y... ¿qué deberíamos hacer con Miguel? —preguntó una de ellas, la más tímida.
          —Matarlo —respondió la otra, simplemente.
          —Como usted mande, señor —obedeció el primero.
          Luego oyó unos pasos, el chirriar de una puerta y el ruido cesó. Dedujo que lo comenzarían a buscar. Podía huir, matar a los que sabían de su escapada o quedarse allí. Tres alternativas... Unos míseros segundos para decantarse... ¿Por qué la indecisión atacaba en el momento más inoportuno?
          —¡No está! —gritó el que se manifestaba jefe— ¿Lo atrapaste, David? ¿Estás seguro?
          —¡Por favor Jorge, guarda el arma! —suplicaba el otro— ¡Lo dejé ahí mismo! ¡Calculé que no se despertaría hasta por la mañana!
          —Entonces... ¿Cómo que lo ha hecho...? —un disparo interrumpió sus palabras— ¡Maldito seas...! ¡No vales ni para cumplir una simple misión! ¡¿Acaso era tan difícil secuestrar al hijo de Zalacaín?!
          Unos segundos después, alguien se acercaba a su escondite. En ese mismo instante, se arrepintió de haberse ido de su casa para "poner a prueba su espíritu aventurero". ¿Qué se creía tres años atrás? ¿Que era como Martín, su padre, el gran aventurero? No. Definitivamente no lo era. Deseó que estuviese allí, él sabría cómo salir del aprieto. Se le iluminó la mente de un momento a otro. Sonrió.
          —Si he de morir, lo haré como mi padre quería que yo muriese —se animó—. Como un valiente y confiado héroe.
          Agarró una escoba y esperó a que la puerta se abriese. Su enemigo estaba tan próximo que podía incluso oír su respiración. Este tiró del pomo, dejando vía libre a Miguel. Aprovechando el momento de vacilación de su oponente, se abalanzó sobre él. Le golpeó en el ojo con la madera, haciéndole caer al suelo, padeciendo un horrible dolor. La pistola de la que Jorge disponía estaba abandonada, en medio de un pequeño charco de sangre que se había empezado a formar. Miró a ambos lados y la cogió.
          —Espero que lo haya matado... —susurró Miguel y, con su nueva arma y el farol, abandonó la estancia.
          El alarido había alertado a los demás. Rodearon al agresor y se llevó una gran sorpresa cuando notó que esa gente eran los de la familia Ohando. No... No podían ser ellos... Al levantar la vista, sus ojos verdes divisaron un retrato de Carlos Ohando colgado en la pared. Aquello hizo desaparecer todas sus dudas. Todos los allí presentes ardían de odio mientras lo miraban estudiándolo para saber cómo atacar, si hubiera que hacerlo. Miguel alzó el arma hacia un anciano, que era idéntico al del cuadro.

           *[ OPCIONAL: Música para ambientación > http://www.youtube.com/watch?v=vQOr9h7v6Ag ]*

          —Si me disparas morirás a tiros, igual que tu asqueroso padre —dijo con cierto tono de aversión.
          —¡Ten más respeto por alguien que es superior a ti en todos los aspectos!
          —¿Respeto? ¿Respeto por alguien que no lo merece? Tu padre era una sucia rata de cloaca. Y ahora haré contigo lo que no pude hacer con él: matarle a sangre fría. Supongo que tú también serás un héroe, por eso... ¿Qué mejor forma de morir que asesinado por Carlos Ohando?
          Cuando acabó se acercó a Miguel con una espada de colección. Este temblaba de rabia al verse tan impotente. Cerró los ojos. Después sintió una hoja de acero que se le posaba en el cuello.
          —He ganado... —murmuró Carlos en su oído.
          —No... Lo he hecho yo... —contradijo con una sonrisa fría en el rostro.
          —¿Cómo que...? —no siguió hablando; una bala le había acertado de lleno en el estómago.
          Miguel vio cómo el malherido caía agonizando a sus pies. Lo agarró por el cuello.
          —Por favor... —mustió el moribundo mientras escupía sangre, ensuciando su barba canosa— Por favor ayúdame... Ten piedad de mí...
          —¿Piedad? ¿Piedad de alguien que no la merece?
          Ohando y él intercambiaron una significativa mirada. El joven tomó la espada entre sus manos, la alzó en el aire y tan solo advirtió:
          —Por mi padre... Y por todos a los que has engañado y dañado a lo largo de tu miserable vida.        La bajó rápidamente, clavándosela a Carlos en el corazón. Como muestra de respeto y solemnidad, se agachó a su lado y le cerró los ojos. Luego se inclinó en su oído y sencillamente proclamó:
          —He ganado.
          Se levantó, dejó las armas en el suelo y dio una ojeada circular.
          —Adelante, ya podéis matarme. Si lo hacéis, mi vida acabará como la de un héroe y me podré reunir con mi padre de nuevo... ¡Vamos! —apremió al ver que no disparaban.
          Sonaron varios tiros y las balas lo atravesaron de parte a parte.

          Todo era blanco, la luz lo cegaba. No podía moverse en absoluto. Entre la claridad divisó a un hombre con los brazos abiertos.
          —¡Hijo! —lo llamaba.
          —¿Papá? —preguntó Miguel.
          —El mismo, soy Martín Zalacaín el aventurero, padre de Miguel Zalacaín el vengador.
          Los dos se fundieron en un fuerte y etéreo abrazo.

La metamorfosis.

Después de haber escuchado la conversación de su familia, lleno de decepción se fue a su cuarto. Él no quería hacerles la vida imposible. Estaba preocupado por ellos. Con esfuerzo llegó a su habitación. Decidió dormirse, estaba sin fuerzas.

Abrió los ojos. Se hallaba en la cama . Al final de la cama se encontraban sus pies, cinco dedos en cada uno. Se quedó embobado mirándolos. Poco después, empezó a picarle la cabeza y fue a rascarla con su mano izquierda. De ella cogió al culpable de su picor. ¡Era un asqueroso bicho de antenas y fuerte caparazón! Rápidamente lo tiró al suelo, casi le dio algo de la repugnancia. Se sentó en la cama para poder levantarse de ella luego. Miró su cuerpo. ¡Estaba repleto de casi cincuenta asquerosos insectos! Todos eran iguales al que cogió de la cabeza. Se puso de pie en el suelo de un salto, y empezó a quitarse todos aquellos parásitos de encima. Arañándose y dándose tortas por todo el cuerpo. Observó el suelo y estaba colmado de esos monstruos enanos. Había por lo menos miles, y no cesaban de entrar por la ventana de su cuarto muchísimos más. El techo y las paredes también estaban llenos de esos pequeños que no paraban de observarle. Salió corriendo de la habitación y múltiples filas de estos bichos iban en dirección hacia ella.

- ¡MAMÁ, PAPÁ, GRETE! - gritó Gregor a pleno pulmón. Estaba asqueado y un poco asustado.

La casa parecía estar usual, quitando el detalle de los insectos. Fue al cuarto de sus padres y solo vio el bastón de aquel hombre mayor al que tanto quería. Seguidamente fue al de su hermana y no la encontró. Fue al salón, el mismo resultado. Y a la cocina. Nadie. Lo que no faltaba en cada rincón de la casa eran los bichos, repletos de basura, todos encaminándose en dirección a su cuarto, pero en ningún rincón cesaban, aparecían de la nada. No podía dar un paso sin que sonara ese sonido tan incómodo que le provocaba arcadas nada más escucharlo. ¡CRACH! Entraban desde la puerta principal, por lo que decidió ver de dónde venían. Les siguió hasta el patio. Levantó la cabeza. Y desde el árbol brotaba una inmensa masa negra. Se fijó en el árbol. Se fijó más, había algo que no le cuadraba. Se acercó un poco hacia él. Vio que colgaban tres figuras. Se acercó aún más y pasó su mano por una de ellas. Quitó algunos parásitos que cayeron al suelo. Era el violín de su hermana. Siguió quitando parásitos y vio la cara de ella. Estaba descomponiéndose. Rápidamente siguió con las otras dos figuras. Eran su padre y su madre.

Gregor se sobresaltó y chocó contra el sillón. Había sido una pesadilla. Salió de debajo del mueble. Era de noche. Sin ninguna razón salió de su habitación por la ventana. Fue chillando por la calle e insectos de todas clases se le iban uniendo. Terminó de recopilar a bichos en el vertedero. Al llegar allí cogió otro camino para volver a su casa. Detrás de él iba una manada de toda clase de parásitos, sobre todo cucarachas. Empezaron a entrar por la ventana de su cuarto. Organizó al gran grupo. Miles de ellos fueron al cuarto de su hermana. Millones a la habitación de sus padres. Gregor fue a por unas cuerdas. Con cuidado los millones de insectos llevaron a su familia al patio donde él ya había atado las cuerdas al árbol. Entre todos anudaron a su familia. Vieron cómo se despertaron y movían de un lado a otro intentando coger aire y sobrevivir. Daban patadas a la nada e intentaban agarrarse de una rama cercana. La pobre mujer asmática poco después de abrir los ojos y ver todo lo que tenía enfrente , murió. No le había dado tiempo a luchar por su vida. Su padre se quedó mirando cómo su mujer moría. Se resignó. No puso fuerzas ninguna en intentar subsistir. Miró a su joven hija y le regaló un último beso.

- ¡Papá, no! ¡PAPÁ, LUCHA, POR FAVOR, NO ME ABANDONES! - gritaba Grete con las pocas fuerzas que le quedaban - ¡PAPÁ NO, PAPAAAAAAÁ! ¡NO ME DEJES PAPÁ! - la vida se le iba por la boca.

La última en fallecer fue su hermana, que intentaba respirar por todos los medios, lloraba y chillaba. La juventud se le había ido por completo. Se movía de un lado a otro intentando abrazar a su padre. De repente paró, se quedó quieta y todo lo que le quedaba por vivir ya no existía. Quizás su muerte no fue causada tanto por la asfixia como por ver a sus padres morir.  Su blanca cara ahora era de un rojo intenso. Gregor observaba todo esto desde el suelo. Estaba muy agotado, se había herido aún más de lo que estaba, y la falta de comida le había puesto más débil. Su pequeño corazón se paró en medio de la masa de bichos que rodaba a él y a su familia en un círculo.

Continuación de "No pidas sardina fuera de temporada".

     Escuché de nuevo unos pasos esperanzadores que me hacían voltear la cabeza. Era María, que venía a decirme que alguien preguntaba por mí en el teléfono. Me levanté de la silla y dejé el informe de mi amada encima de la mesa. Al llegar al aparato me lo llevé al oído y contesté.

   -¿Diga?
   -Hola Juanito.
 No hicieron falta más palabras para conocer esa voz. 
   -¡Hombre Elías cuánto tiempo!
   -Sí, tres meses. Tres largos meses. ¿Cómo te va?
   -Pues perfectamente, ¿y a ti?
   -Bien, bien. Supongo que mi hermana te habrá contado que estudio fotografía y trabajo con una agencia, ¿verdad?
   -Sí.
   -Bueno, pues... tengo que contarte algo, seguro que te interesa.
   -Te escucho.

 Se manifestaron unos instantes de silencio.
   -Preferiría decirtelo en persona. Esta tarde me paso por el barrio a por unas fotos. Si quieres nos vemos en La Tasca a las seis.

     Colgué y me dirigí al cobertizo. Al llegar observé que el dossier de Clara no se hallaba donde lo dejé. Fui inmediatamente a preguntarle a María que si lo había cogido. 

   -María, ¿has cogido el expediente de Clara?
   -¿El expediente?, no.

No entendía nada. Si no lo tenía Clara, y no permacenía en mi escritorio, ¿dónde estaba? Volví a mi lugar de trabajo para buscarlo. Justo al entrar por la puerta lo vi. No me refiero al informe, sino al amor de mi vida.

   -Hola Juan. Así que esto es a lo que te has dedicado todo este tiempo, ¿no?
No me salían las palabras. Estaba ahí, a tan solo unos centímetros de mí.
   -Realmente lo hize antes de que ocurriera todo esto. ¿Qué haces por aquí?
   -Pues he venido de visita, ¿es que no te alegras de verme?- pronunciaban sus rojos y provocadores labios mientras su espléndido cuerpo se acercaba aún más a mi. La tentación era insostenible. 
   -Por supuesto que me alegro, ¿no se me nota?
Sonrió y su resplandeciente sonrisa me iluminó el corazón. Su boca se encontraba a milímetros de la mía. Me entraron unas ganas locas de precipitarme al abismo de su cuerpo.
   -En verdad he venido hacia aquí para verte. Llevaba tiempo queriendo pedirte disculpas por como acabó todo, y decirte que me encantaría encaminarlo de nuevo.

Volvía a quedarme sin palabras. Hize ademán de hablar, pero no me salió más que una estúpida palabra. 

   -Ah.
Clara desvió la mirada hacia abajo y continué.
   -Te he echado de menos.

Se le saltaron las lágrimas y, sin venir a cuento, me besó. Esos instantes en los que nuestros labios se unieron me hicieron recordar aquel día que bailé con ella. En mi mente sonaba el Without you. Todo era muy bonito para ser verdad, asi que, como siempre, una interrupción de María lo estropeó todo.

   -¡Clara!¡Hola!
   -Hola María, ¿qué tal?- dijo ella mientras se separaba de mí.
   -Muy bien. ¿Qué haces por aquí?
   -Ha venido de visita.- interrumpí mientras me quitaba su pintalabios de mi boca.
   -Ah, que bien.

Le gesté a María para que se fuera, pero parecía que aquel momento iba a seguir siendo siniestro.

   -Y, ¿hasta cuando te quedas? ¿Y dónde?
   -María, ¿no tienes nada que hacer?- pregunté desesperado.
   -No. 
   -Te recuerdo que tienes que terminar el trabajo de Roberto Fernández. Nos corre mucha prisa.

No dijo nada y, afortunadamente se fue. Hubiera rezado cualquier cosa para agradecerlo, pero tenía mejores cosas que hacer. Me giré hacia Clara y me dispuse a abrir la boca y, sinceramente, me hubiera encantado que me la cerrara de nuevo.
   -Entonces... ¿me quieres?
 No se inmutó en unos segundos.
   -Eso creo. Lo que busco es averiguar lo que siento por ti. 

     Me alegraron totalmente esas doce palabras. La abrazé y le propuse que se quedara en mi casa unos días. Aceptó y finalmente nos fuimos a mi hogar. Al llegar hablé con mis padres y no pusieron ningún impedimento. Clara se quedaba. No podía poseer más felicidad que aquella. Entonces recordé la llamada de Elías. Tenía algo que contarme. ¿Qué sería?

     Ya eran las cinco y media. Me preparé, me despedí de mis padres, de Pili, y fui a hablar con mi chica, que estaba en el cuarto de invitados. Llamé a la puerta y una preciosa voz aterciopelada me incitó a entrar. La obedecí. Una vez dentro le expliqué todo, y me dijo que me esperaría. Que iba a ir de compras con Pili. Le di un beso y me fui. 

     Llegué a La Tasca. No vi a Fernando Esteso, había un nuevo camarero. Me senté en la mesa de siempre a esperar a Elías. A los tres minutos escuché el motor de una montesa. Instantes después vi a Elías. Me levanté de mi asiento y fui a saludarlo.

   -¡Elías!
   -¡¿Qué pasa Juanito?!.- exclamaba él mientras me daba un abrazo.
   -Pues nada, aquí estoy. ¿Qué tenías que contarme?
   -Siéntate.

Le pidió al suplente de Esteso una coca-cola y empezó.

   -A ver Juanito... Ya sabes a qué me dedico ahora. Mira esto.

Me quedé petrificado. Era aún peor que la foto de la sardina. Era una imagen del Pantasma y el Lejía en un parque. Así contado no suena tan impactante, pero no estaban como cualquier persona está con otra en un bosque. Estaban besándose. Ahora encajaba todo. El padre de Clara se divorció de su esposa porque descubrió su relación con el conserje. Miré a Elías y nos entendimos sin palabras. Era lo que parecía.

   -¿Cómo le digo esto a Clara? Ha venido a verme esta mañana y se queda en mi casa unos días. Estamos saliendo. ¿Cómo le digo que su padre tuvo un lío con una de las personas que intentaron matarme?
   -No sé.

     Me despedí de él y me encamine hacia casa. Llegué. Me abrió la puerta Clara. La miré a los ojos, y la abrazé. 

   -Ven conmigo.

     La llevé a mi cuarto, cerré la puerta y nos sentamos en mi cama. 

   -Mira esta foto. Puede parecer dura para ti, pero quiero que lo sepas cuanto antes.  

     Le di la imagen, la miró, e inmediatamente la destruyó. No dijimos nada. Simplemente se puso de pie, me cogió de las manos para levantarme, y me dijo que me quería.

Continuación de "El extraño caso del Dr.Jekyll y Mr.Hyde".

Utterson tras la muerte de Henry Jekyll seguía manteniendo una relación con su criado Poole. Como de costumbre iba a visitar a este criado todos los domingos y cenaban juntos.
Se hicieron grandes amigos desde aquello que ocurrió con Henry Jekyll. Poole seguía en aquella extraordinaria casa con los criados de Mr.Henry , algunos abandonaron la casa para formar una nueva vida con sus familias y amigos fuera de aquella encantadora casa pero el admirable criado Poole quería seguir en su hogar, la mansión de Henry, en la que había vivido durante mas de veinte años.
A Utterson y a Poole les estaba preocupando otro problema, Enfield el primo de Utterson, llevaba varios meses sin dar señales de vida. Este asunto empezaba a preocuparles a ambos. Su querido primo era muy conocido y cualquiera sabría algo de el , pero no era así, nadie sabia nada de Enfield.
Ese domingo decidieron ir una vez mas a la casa de dicho primo. Llamaron  a la puerta y tardaron varios minutos en abrir, era la señora de las llaves, Candy.
 -Buenas tardes Candy, venía a ver a mi primo, Enfield. Llevo varios meses sin saber nada de el , le mande varias cartas pero no respondió a ninguna y este caso me preocupa- dijo Utterson con palidez.
 - Me temo que Enfield no se encuentra en este momento- dijo Candy-, salió hace varias semanas y dijo que tenía que resolver unos asuntos importante.
 - Señora Candy, necesito saber de mi primo y sé que usted sabe algo- dijo Utterson de forma brutesca.
 - Señor, yo no puedo dar mas información. Lo siento mucho.
Utterson y Poole se marcharon un poco aturdidos por la contestación de la señora Candy, ambos pensaban que había algo mas , que esa señora sabía mas de lo decía.
Caminaban en silencio hasta la casa de Utterson, mirando hacia el suelo pensando una vez mas en esa contestación y el porque su primo se había marchado sin avisarle de que dejaba su hogar durante unas días. Con estos pensamiento recordó que Enfield tenía un amigo al que le contaba todo, ese amigo no vivía muy lejos.
 -Poole, vamos a cambiar nuestro camino e iremos a la casa del amigo de Enfield, el tendría que saber algo más que la señora Candy, se cuentan los secretos mas íntimos.- dijo Utterson
 -Pero si se cuentan esos secretos tan íntimos y son tan amigos, ¿piensas que ese hombre te contaría a donde se marcho tu primo y por que?- dijo Poole con su rostro lleno de preocupación.
-No se querido amigo, no se. Pero quiero acabar con esta duda cuanto antes, llevo varios días sin dormir.-dijo Utterson preocupado.
Ambos anduvieron hasta la casa del amigo de Enfield, Bejamin. Al llegar se pararon justo en la gran puerta roja de la casa y llamaron.
 -Buenas tardes señor, ¿se encuentra Benjamin?-dijo Utterson
 -Sí señor, se encuentra en su gabinete. ¿Quién lo busca?
 -Soy Utterson, primo de Enfield. Dígale que me urge hablar con el.-dijo Utterson un poco mas aliviado.
Poole miró a Utterson, el señor Benjamin Moore se encontraba en su casa. Moore es de temperamento fuerte, respetuoso e inteligente.
Llamaron a aquella puerta robusta de madera y el señor Bejamin acudió enseguida. Aquel gabinete era el mas grande de todos los que había visto, con tres sillas de tercio pelo rojizo, estantería de madera maciza, una mesa bastante grande con una aglomeración de papeles perfectamente ordenados y finalmente un sillón de tercio pelo negro a simple vista bastante cómodo.
 -Buenas tardes señor Utterson y señor Poole, tomen asiento por favor. - dijo Moore con una simpática sonrisa.
 -Buenas tardes Moore, muchas gracias por atenderme , veo que usted se encuentra muy ocupado.-dijo Utterson.
 -Bien-continuo Moore- ¿Qué le trae por aquí Utterson?
 -Señor Benjamin, necesito que me ayude diciéndome la verdad o si no sabe nada que me tienda la mano, por favor- dijo Utterson preocupado
 -¡Oh, por favor Utterson!-exclamó Moore- ¿Qué le ocurre?, ¿es grave?,por favor hable.-dijo Moore preocupado
En aquella habitación reino el silencio por unos segundos, ninguno de los dos sabían que decir. Pero por fin Utterson se decidio a romper ese silencio.
 -Mire Moore, mi primo Enfield lleva varias semanas fuera de casa, ya sabe que ese vecinos incompetente que tenía mi primo le deseaba la muerte pero antes de venir a pedirle ayuda a usted fui a su casa y me atendió la señora Candy, dijo que Enfield le anuncio que se iría algunos días a resolver unos problemas, solo eso. Querría saber si usted sabe algo, me preocupa mucho mi primo, ¿sabe usted algo señor Moore? - dijo Utterson
 -Señor Utterson, estoy consciente de todo lo ocurrido. Hace varias semanas me llego una carta de el en la que decía - Moore tardo algunos segundos en sacar la carta- "Querido amigo Benjamin Moore, me marcho a Darkplace para solventar un inconveniente con mi contiguo Douglas Anderson. Volveré en tres día aproximadamente. Un cordial saludo, Enfield."
Regreso el silencio a aquel gabinete tan espacioso. Ninguno de los tres sabían que decir ni que hacer, ¿Enfield con Douglas?, era algo casi imposible. Esta vez fue Moore quien decidió acabar con el silencio.
 -Pero amigo Utterson, Enfield me mandó esta carta hace más de una semana y en ella decía que volvería en tres días. ¿Dónde se encontrara Enfield? - comentó Moore alarmado
 -Pues.. -siguió Poole- si Enfield dijo que iría con Douglas y que volvería en tres días, ¿no tendríamos que ir a la residencia de Douglas Anderson?
 -Me parece adecuado Poole, marchemos cuanto antes- dijo Utterson deprisa
El señor Moore mando a llamar a su cochero personal para llegar cuanto antes al domicilio de la familia Anderson. Utterson tenía un rostro de preocupación y Poole no podía parar de pensar.
Llegaron a la casa de Enfield y justamente al lado de esa inmensa vivienda se encontraba una bastante pequeña, con el tejado un poco destrozado. Todo el mundo conocía los pocos recursos que tenían la familia Anderson. Muchos vecinos habían intentado ayudarles pero ellos se negaban rotundamente, eran personas de muy mal carácter.
Enfield y Douglas tuvieron serios problemas por casos desconocidos, Enfield jamás quiso hablar de ello.
Los tres señores se disponían hacia la puerta de esa vivienda, justamente cuando salió la señora Anderson.
 -Buenas tardes señora Anderson, soy Utterson quisiera hablar con su marido, ¿podría verle cuanto antes?- le dijo Utterson con un poco de miedo.
 -¿Para que quiere usted hablar con mi marido?. Creo que sabe bien que vuestra familia no es bien recibida en mi casa, por lo que puede marcharse. Buenas tardes. -dijo la señora Anderson bruscamente.
Los tres amigos se quedaron perplejos. Dieron media vuelta y decidieron ir a la vivienda de Enfield. Al llegar estaba la señora Candy en el jardín.
 -Buenas tardes Candy, ¿Cómo se encuentra usted?- dijo Moore con simpatía.
 -Buenas tardes Moore, los años están pasando factura- contesto Candy
 -Veníamos para hablar con usted , ¿podría dedicarnos unos minutos?- dijo Utterson
 -Bien...-siguió Candy- tengo demasiado trabajo pero supongo que será algo serio cuando quereis hablar conmigo. Pasen y siéntese en el recibidor.
Entraron en la casa y como de costumbre tan brillante todo. Llegaron al recibidor tan acogedor con la chimenea encendida. Tomaron asiento. A Utterson se le venían muchos recuerdos en esa casa, rincón por rincón. Tanto Utterson como Enfield llevaban en esa mansión desde pequeños.
 -Siento haberles hecho esperar. ¿Qué ocurre?- dijo Candy
 -Pues bien, como ya vine antes señora Candy a preguntarle por mi primo, Enfield, con su respuesta no me quede sosegado y fui a casa del señor Moore, el me comunicó que mi primo le había mandado una carta antes de marchar- Utterson cogió aliento para comunicarle el mensaje a Candy- en la que decía que iba a Darkplace con su contiguo Douglas para resolver unos asuntos y que tardaría tres días.
La señora quedó asombrada, todo el mundo pensaba lo mismo ¿Enfield con Douglas?. Era tan extraño que no podias dejar de pensar en ello.
 -Pero señor si Enfield con Douglas...
 -Sí, Enfield con Douglas. Hace mas de una semana que me mando esa carta y todavía no ha dado señales de vida. Hemos ido a la residencia de la familia Anderson y su señora ha sido tan poco educada que ni siquiera nos ha dicho si se encontraba su marido, nos cerro la puerta y nos marchamos.- interrumpió Moore -pienso que ese señor se encontraba en su casa y que hay algo mas en toda esta historia.
 -Douglas esta raro últimamente. Desde la muerte de Henry Jekyll, como ya sabéis era amigo de ese doctor y por extraño que parezca Henry venia mucho a la casa de los Anderson. Salía de su vehículo con un macuto marrón, siempre. -conto Candy.
 -¿Henry?- dijo perplejo Utterson
 -Sí, Henry. En esa casa pasan cosas muy extrañas. Entra y sale un hombre bastante horrendo, con muy mala vestimenta. Con tal solo mirarlo sientes en tu cuerpo una repugnancia hacia esa persona. Es inexplicable. - dijo la señora Candy
 -Moore, necesitamos averiguar cuanto antes quien es esa persona que entra y sale de la casa de los Anderson. Esta noche entraremos con mucho disimulo en esa vivienda y sabremos lo que ocurre en esa casa tan misteriosa. - dijo Utterson con mucho interés.
 -Me parece bien Utterson, pero ¿y Enfield?. No tenemos ni idea de donde se encuentra. Mañana por la mañana iremos directamente a Darkplace y preguntaremos si vieron a Enfield, es una persona muy conocida, alguien tuvo que verlo. Si es que fue a aquel lugar. - dijo Moore preocupado
 -Si Moore , iremos mañana al amanecer a Darkplace pero esta noche entraremos en esa casa y averiguaremos que ocurre.
 -Señores...-interrumpió Candy - ya que me encuentro sola en esta casa tan enorme, ¿les apetecería quedarse esta noche aquí?. Sería una buena idea si vais a entrar en la vivienda de los Anderson.
 -Muchas gracias señora Candy, te agradecemos su propuesta. Nos quedaremos. - respondió Utterson en nombre de los tres.
 -Pues voy a prepararles las habitaciones y la cena. Vuelvo en seguida. - dijo Candy
Llegó la noche y Utterson, Moore y Poole se encontraban sentados en unos sillones bastantes cómodos en la chimenea, pensando en como entrar en aquella casa. Tenían que tener muchísimo cuidado, si por casualidad ese señor se encontrara en la casa, podrían correr mucho peligro.
 -Amigos, deberíamos levantarnos de estos asientos tan cómodos e ir a esa casa. Primero miraremos si hay puerta trasera, lo mas seguro que de con la cocina. Buscaremos el maletín marrón de Henry y miraremos que contiene. Henry siempre llevaba ahí sus pociones para separar el bien y el mal. Me temo lo peor.- dijo Utterson
 Ni Moore ni Poole contestaron a Utterson, se levantaron los tres a la vez y se dirigían hacia la puerta cuando se encontraron a Candy. La señora llevaba una bata y una vela en la mano.
 -¿Os marcháis ya a elaborar vuestro plan?. Por favor, tened muchísimo cuidado ese Douglas es un cascarrabias. - dijo Candy bastante preocupada.
 -No se preocupe Candy, somos tres hombres. No creo que Douglas se atreva a hacernos ni el minimo gesto de violencia. - dijo Utterson
Sin más palabrería se dirigieron hacia la puerta de entrada y marcharon. Tan solo había unos escasos metros de la vivienda de Enfield a la de Douglas. Adentraron por el jardín lleno de malas hierbas, aquella casa daba miedo con tan solo mirarla. Caminando de puntillas y en silencio llegaron a la parte de atrás de la casa.
-Moore, Poole, no me equivoque. Voy a mirar si podemos entrar fácilmente en esta casa.- susurro Utterson.
Sin contestación ninguna, Utterson se acerco a la puerta. La puerta estaba demasiada oxidada y los cristales rotos. Se podía abrir fácilmente pero temía que esa puerta chirriara y los Anderson se alarmaran. Con éxito Utterson empujo ese portillo y no hizo el mínimo ruido.
Utterson entro primero, le seguía Moore y finalizando Poole. No se equivoco Utterson, aquello era la cocina. Estaba todo tan oscuro que no podían ver nada. Salieron de la cocina y justamente a la izquierda había una puerta, parecía el acceso a un sótano. Utterson decidió entrar.
 -Compañeros, entremos en este sótano y averigüemos que hay dentro- susurro Utterson a los demás.
No contestaron y Utterson abrió esa puerta. Se quedaron asombrados cuando vieron una luz en aquel sótano. Al abrir la puerta se encontraron una escalera de hierro un poco oxidada, ninguno se atrevían a bajarla cuando Poole se decidió en ser el. Miraron a Poole, estaba palido. Algo había visto para estar así. Hizo señas a sus compañeros para que bajaran y vieran lo que el mismo estaba viendo. Bajaron y observaron un cuerpo en el suelo, pálido. Esa persona estaba muerta.
En aquel sótano había varias mesas con experimentos, Utterson decidió acercarse al tablero más cercano. Aquellas pociones eran las de Henry, aquel hombre muerto en el suelo era Douglas. Moore y Poole miraron a Utterson estaban todos perplejos. De repente los tres hombres se fijaron en una puerta que había en ese sótano y decidieron abrir, esta vez el atrevido fue Moore. Estaba todo tan oscuro que no se podía ver lo que había detrás de aquella puerta, así que Poole saco unas cerillas que llevaba encima y alumbro. ¿Qué era eso, una persona atada a una silla?. Se escuchaba la respiración de algo. Moore dio varios pasos y alumbro. ¿Era Enfield?. Tantearon en la oscuridad y lograron encender una bombilla que había en esa habitación tan pequeña. Sorprendidos observaron que era Enfield, increíble.
 -¿Enfield, eres tu?- dijo Utterson con miedo
No podía hablar tenia tapada la boca. Se acercaron sigilosamente y claramente vieron que era su amigo Enfield.
 -¡Oh Enfield, querido primo! ¿Qué te ha hecho ese diabólico hombre?- dijo Utterson con gran angustia.
Poole desato a Enfield y por fin pudo hablar.
 -Queridos amigos, este hombre estaba drogado con las pociones de Henry. Ese nefasto ha muerto de una sobredosis de esa maldita pócima. He temido mi muerte- dijo Enfield con más tranquilidad.
 -Puedes estar tranquilo amigo, ese enfermo esta en el infierno. Al entrar al sótano nos lo encontramos en el suelo pálido y frio.- continuo Moore
 -Salgamos de aquí cuanto antes y vayamos a tu casa. Allí estaremos a salvo de cualquier cosa y nos explicaras mas detenidamente.- dijo Poole
Los cuatro hombres salieron sigilosamente de aquella casa y al llegar a la puerta de la bonita casa de Enfield, se escucho unos chillidos de la señora Anderson, al parecer había descubierto el cadáver de su marido. Entraron en la casa y la señora Candy se encontraba en unos de los sillones al lado de la chimenea. La señora escucho que habían entrado los señores.
 -Poole, Moore, Utterson ¿ha habido suerte?-pregunto la señora Candy sin saber que Enfield se encontraba con ellos.
 -Sí, señora Candy. Muchísima suerte. Hemos encontrado a nuestro querido Enfield.- contesto Utterson con una voz bastante alegre.
La señora al escuchar la contestación de Utterson se levanto lo mas rápido que pudo y corrió hacia la puerta. Efectivamente Enfield estaba con ellos. Candy no sabia que decir.
 -Pasemos al recibidor y tomemos asiento. Tengo mucho que contarles. Pero primero voy a cambiarme esta maldita ropa con la que llevo una semana- dijo Enfield.
Poole, Moore, Utterson y Candy tomaron asiento impacientes de la historia de Enfield. En la habitación ya se respiraba paz y tranquilidad.
Enfield apareció en la sala con una bata y ya un poco mas presentable.
 -Bueno..-comenzó Enfield- como ya sabéis, supongo, me dirigía hacia Darkplace hace más de una semana con el señor Douglas. Este señor hace un mes aproximadamente vino a pedir disculpas por todo el daño que había causado a la familia, no sabemos el porque nuestros antecesores estaban enfrentados es realmente un misterio pero acepte sus disculpas. Douglas me ofreció ir a Darkplace donde nuestros antecesores fueron a la oficina de correo a firmar unos acuerdos de orden de alejamiento para eliminarla y que reinara la paz pero cuando nos dirigíamos hacia aquel pueblo, Anderson me ofreció ir a su casa. Entramos por la puerta trasera, nadie se encontraba en aquella casa en ese momento y bajamos al sótano. Me ofreció bajar el primero y cuando iba por el tercer escalón me cerro la puerta. Decidí bajar toda la escalera. A los pocos minutos apareció Douglas y entro con un maletín marrón que ponía "Henry Jekyll". Me temía lo peor, ese señor estaba demente. Sacó de ese maletín una poción rojiza, la misma que la de Henry, se la tomo y rápidamente se produjo un cambio en Douglas. No quiero detallar ese momento tan amargo. Seguidamente ese infame hombre me golpeo y me encadeno a aquella silla. Durante toda una semana he visto como esa criatura maligna se drogaba una y otra vez. Gracias a dios que me habéis encontrado amigos, no sabéis lo mal que lo he pasado y al fin ese hombre esta en el infierno o quien sabe donde.
 -Por fin esta pesadilla ha terminado. Lo mejor es que olvidemos este tema. Douglas Anderson ha muerto, ya puedes estar tranquilo de que nadie deseara tu muerte.- dijo Utterson
Eran altas horas de la noche cuando los señores y Candy decidieron dormir ya tranquilos. Enfield por fin estaba en su casa y dormía plácidamente en su cama. Utterson con una sonrisa de satisfacción quedo dormido en aquella habitación espaciosa, los demás señores se adormilaron cada uno en sus habitaciones.
En aquel pueblo corrió la noticia como la polvera y los habitantes ya estaban mas tranquilos.

Continuación del libro "De la Tierra a la Luna".

     Como anteriormente habían citado los miembros del Gun Club, la única parte visible de la Luna para nosotros, los humanos, no poseía agua ni aire. Sin embargo, ya que el eje de la Luna se encuentra en la parte opuesta, es decir, la que no alcanzamos a ver, toda masa de agua y aire que pudiera existir en nuestro satélite, se habrían visto atraídas hacia esa cara opuesta. Por lo tanto, era posible que existiera algún rastro de vida alienígena.

     Tras el fracaso del proyecto de la empresa, esta se puso manos a la obra en intentar un nuevo lanzamiento de un proyectil casi idéntico al anterior. Nombraron como nuevo dirigente al frente del Gun Club a Charles Thompson. 

     Eran conscientes de que las fórmulas llevadas a cabo por el Gun Club para averiguar la hora exacta a la que sería lanzado el proyectil estaban mal resueltas, por lo que, mediante otras operaciones matemáticas pero con igual objetivo, llegaron a la conclusión de que si se hubiera lanzado 5 minutos antes, este habría alcanzado con éxito el satélite terrestre.

     También eran conscientes de que para que esto ocurriera, tendrían que haber transcurrido 18 años y 11 días. Pero este hecho no chafó el plan de la empresa. Su obsesión era tal, que no les importaba esperar lo que fuere para conseguir su objetivo más deseado. Se hallaban absolutamente convencidos.

     Gracias a la cantidad de tiempo tan largo del que disponían, se emplearon al máximo por que ese día nada fallara.

     Transcurridos varios años, 15 en concreto, la empresa seguía con la misma ambición, incluso aún con más ganas de llevar a cabo el viaje. Lo tenían todo a punto, solo faltaba colocar el proyectil en su suporte para efectuar tan deseado viaje. Estaban convencidos de que nada podría ir mal.

     Ya apenas faltaban 2 meses, y las televisiones de todo el mundo nos bombardeaban a base de grandes avalanchas de noticias, informando así del gran momento que viviría el planeta en pocos días. Todos sabían que esto iba a ser un gran avance para la civilización humana.

     Una semana antes del lanzamiento, los ojos de todo el mundo miraban fijamente al proyectil, ansioso de penetrar el horizonte.

     El viaje lo iba a efectuar el nuevo dirigente del Gun Club, Charles Thompson. El cual daba su vida, si hiciera falta, por la empresa. Estaba perfectamente mentalizado como para saber que si algo saliese mal, al igual que las otras tres personas que efectuaron el viaje, se pudriría en el espacio ante la atenta mirada de los millones de personas que lo vigilarían desde nuestro planeta.

     Al fin llegó tan esperado día. Tras de sí dejó 18 años y 11 días con todos sus correspondientes minutos y segundos de espera angustiosa. Todos miraron al proyectil, ya colocado en su soporte. Dentro se hallaba el dirigente del Gun Club. Las miradas de los allí presentes miraban con cierta impotencia como se acercaba la hora exacta en la que los tres viajeros, que ahora se encontraban dando vueltas alrededor de la Luna, se despedían por completo de la Tierra, y marchaban hacia el espacio. Transcurridos 4 minutos y medio después de este momento, todos esperaban con todas las ganas del mundo a que se desgajasen esos 30 segundos restantes y por fin, el proyectil pusiera rumbo a la Luna.

     3, 2, 1, ¡Fuego! La gran llamarada impulsó el proyectil, y pronto se perdió en el cielo. Durante todo el viaje, el proyectil sería contemplado a través de telescopios de todo el mundo. 

     Transcurridos cinco días, por fin, pisó la Luna. Charles Thompson no podía creer lo que estaban viendo sus ojos. Cuando bajó de la nave, se encontró a un grupo bastante numeroso de seres con vida. Eran de estatura baja, aproximadamente 1,20 m. Poseían una cabeza muy grande en comparación con los humanos, y ensanchada por ambos lados. Carecían de orejas, solo se dejaban ver unos pequeños orificios, que daban a entender que serían sus órganos de audición. Grandes ojos, algunos verdes y otros azules, con mirada penetrante y no pestañeaban.

     Charles se quedó anonadado ante este situación. Delante de todo este "ejército alienígena" se encontraban sanos y salvos Barbicane, Nicholl y Michel Ardan. Charles no entendía tan surrealista situación, y al darse cuenta de ello, Barbicane dio un paso hacia delante y le explicó de la siguiente manera:

     -Hola, Charles. Tenemos que daros una noticia a ti y a toda la civilización humana. Cuando llevábamos 3 meses suspendidos en la nave y dando vueltas alrededor de la Luna, una nave extraña se acercó a nosotros. Eran alienígenas y venían a rescatarnos.
     -¡Vaya! -exclamó Charles con alegría y sorpresa a la vez. -¿Así que no estoy soñando verdad?
     -En absoluto. -Dijo Nicholl alegre.
A esto siguió Barbicane:
     -Así que nos rescataron y durante estos 18 años nos han estado alimentando y dándonos todo lo necesario. Les estamos muy agradecidos. Y los alienígenas eran conscientes de que el Gun Club iba a efectuar este viaje, y por eso hemos venido hoy aquí.
Charles seguía sin creerlo... Al fin, convencido de todo, fue a saludar a todos los que se encontraban allí, y le explicaron brevemente el plan que tenían ideado:
-Hola Charles, somos habitantes de la Luna, y como conocemos de vuestro interés por averiguar que existe vida en este satélite, hemos pensado en hacer un viaje a la Tierra para que humanos y alienígenas estemos unidos para siempre.
-¡Buena idea! -expresó Charles Thompson con exaltada alegría. -Sin duda es una magnífica idea.
Prosiguió el alien:
-Lo tenemos ya todo planificado y el viaje se efectuará mañana. Viajaréis ustedes y el máximo representante de la Luna.

     Llegó el día, y Charles Thompson, Barbicane, Nicholl, Michel Ardan y el máximo representante del satélite terrestre se encontraban en la nave esperando a que ésta despegase. Pusieron rumbo a la Tierra, y tras 5 horas de viaje a una velocidad estrepitosa, aterrizaron en el aeropuerto de Florida. Bajaron de la nave, y se pusieron en contacto con los medios de comunicación de todo el país. Más tarde se hicieron eco de ello los demás medios informativos de todo el mundo.

     El alienígena, acompañado de los cuatro viajeros, se citaron con los medios en un enorme auditorio de Florida. Allí, el representante de la Luna explicó:

     -Para comenzar, buenos días a todos. Supongo que estaréis extrañados con mi visita, pues bien, soy el máximo representante de vuestro satélite. Y vengo para comunicaros que no queremos que esto estalle en una guerra ni nada por el estilo. Vengo a que firmemos la paz, y nuestros dos mundos estén unidos durante el resto de los días.

     El alcance de esta noticia bomba se extendió por todo el planeta, y a todos les pareció buena la idea. A partir de ese momento, alienígenas y humanos convivían con la máxima naturalidad.



    

    


viernes, 17 de enero de 2014

Historia de dos ciudades

      De ese modo, llegaron a Inglaterra sobre las diez de la noche.

     Ya en su cama, Lucie se puso a pensar. No entendía porqué Carton había tomado esa decisión. De pronto, las palabras que su amigo le había dirigido la última vez que se vieron resonaron en su cabeza: "Cuando usted sea una esposa y una madre feliz, no olvide que yo sería capaz de cualquier cosa por usted o por sus seres queridos." Entonces, una sensación que nunca había experimentado la recorrió de arriba a abajo, desde la cabeza hasta los pies, una gran tristeza  unida a una enorme gratitud.

     A la mañana siguiente, todo volvió a la normalidad en casa de los Manette. Todos se comportaban como si nada hubiera pasado, como si nunca hubiera existido ese viaje a Francia para rescatar a Darnay, ni la revolución, ni ningún otro recuerdo de aquella terrible historia. Hicieron lo correcto, era mejor olvidar.

     Una noche de invierno, ya pasados varios años, una carta le llegó al señor Manette. La revolución había acabado, la gente del pueblo había ganado y los reyes habían muerto, al igual que muchos otros nobles. Ahora, una república gobernaba Francia. En realidad, la carta tampoco les importó mucho, no pensaban regresar a Francia, ocurriese lo que ocurriese.
    
     A los pocos días, un mensajero llegó a casa de los Manette con una buenísima noticia:

      - ¿Podría hablar con el doctor Manette, por favor?.

      - Sí, soy yo.

      - ¿Conoce usted a un tal Sydney Carton?

    - Sí, por supuesto, era amigo de la familia. Desgraciadamente, murió hace algunos años.

    - Me temo que no fue así. Se hizo pasar por un miembro de la familia de Saint-Evrémonde, poco querida en Francia, y condenado a la guillotina en su lugar. Pero, justo antes de que la cuchilla atravesase su cuello, alguien lo impidió. Él contó la verdad y fue liberado. ¿No conocen la historia?

     - No, no éramos conscientes de nada. ¿Dónde está Carton?

   - Eso es un misterio. Huyó del país hace algunos meses, por eso estoy aquí. Necesitamos encontrarle, para averiguar dónde está Charles Darnay. La república quiere acabar con él, cueste lo que cueste.

    - Siento no poder ayudarle. No sé el paradero de los señores Carton y Darnay. Si me disculpa, tengo cosas que hacer. Buenas tardes.

      Entonces, cerró la puerta ante la mirada atónita del mensajero.

     Esa misma noche, en medio de una tormenta, alguien llamó a la puerta. Lucie fue a abrir.

     - ¡Carton! Pensábamos que nunca volveríamos a verte.- dijo Lucie llorando.

     - Yo también lo creía.

     - Vamos, pasa y cuéntanos lo ocurrido.

       Carton se sentó junto a la chimenea y comenzó a relatar:

  - Me taparon la cabeza y aquel artilugio empezó a hacer unos ruidos muy desagradables. Justo cuando creía que había llegado el fin, alguien apareció y gritó: "¡Alto! Ese no es Darnay." Me quitaron la capucha y comprobaron mi verdadera identidad. Nadie en la plaza daba crédito. Finalmente, me llevaron frente a Defarge. "¡Carton!- gritó. ¿Cómo puedes haber hecho eso? Íbamos a matar a ese traidor de una vez por todas. Por tu culpa, ese bribón habrá huido ya de Francia. Yo no contesté, no iba a gastar saliva con alguien como él, un ruín asesino. Así, me sometieron a cinco meses de trabajos forzados. Cuando me liberaron, huí del país y... aquí estoy.

    - Pero, ¿quién fue la persona que descubrió tu verdadera identidad?- preguntó el doctor.

    - Fue Barsad. Ese espía averiguó lo que tramábamos.

    - Bueno, lo importante es que estamos todos a salvo.

    - No del todo. ¿Recordáis a la señora Defarge?

    - Sí, ¿cómo la íbamos a olvidar?

   - Pues apareció muerta, justo en el lugar donde os alojásteis durante vuestra estancia en Francia. Ahora todo el país os busca.

    - Pero, ¿cómo es posible? Esta mañana vino un mensajero francés a preguntar por tí, Carton, y no nos dijo nada de eso.

   - Recordad que se tardan varios días en llegar hasta Inglaterra. Cuando ese hombre partió hacia Londres, aún no se había descubierto el cadáver. Por ese motivo estoy aquí. Mañana huiremos a España y viviremos en adelante, con otra identidad, en un pequeño pueblo del sur llamado Alcalá del Río.

   .... Y el apellido Pérez de Molina se mantuvo en la localidad durante varias generaciones.