domingo, 1 de junio de 2014

Continuación bodas de sangre.

(La novia cae al suelo mientras las vecinas la miran con cara de odio.)

Vecina 1: Has causado tantos males, mala víbora, llora, llora... pero no podrás conseguir que vuelvan.

Vecina 2: Solo sabes causar problemas.. ahora te toca sufrir, y cargar con la vergüenza.

Novia: Merezco morir, soy yo la que debe estar bajo esas tierras. ¡Leonardo y mi querido marido, llevarme con ustedes! No me dejéis aquí.. (Gritando y llorando)

(La novia se levanta del suelo para dirigirse a su casa.)(Se cierra el telón.)

(Finalmente llega a su casa y busca a su padre para que sea él quien la mate.) (Se abre el telón.)

Novia: Padre, padre, te he defraudado... merezco el castigo más grande, la muerte.

Padre: Te lo di todo, y así me pagas... igual que tú madre tenías que ser. Te gustaba más la lujuria y la pasión que el daño que podías causar. ¿ Y ahora vienes en busca de tu propia muerte? ¡No! Debes cargar con esa vergüenza que llevas encima.

Novia: (Llorando) Pero padre, merezco morir, mátame aquí, usa todos los armamentos necesarios, destrózame los huesos... ningún dolor es más grande que el que siento ahora mismo en mi pecho.

Padre: (Con furia) ¡No y punto! Tú sola te has buscado tu ruina, ahora vete.

(Se cierra el telón.)( Sale de la habitación buscando desconsoladamente a su criada pero antes guarda una navaja que tenía.)(Se abre el telón.)

Criada: Vamos, acompáñame a tu cuarto, tienes que descansar.

Novia: Sí, tengo que descansar pero bajo tierra, ese es mi sitio, y nadie me quiere llevar allí.

Criada: Venga vamos, date un baño y descansa, están siendo unos días muy duros, tienes que dormir.

Novia: No quiero dormir.. no quiero, déjame sola.

Criada: Te acompaño.

Novia: Te he dicho que me dejes sola, vete.

(La criada sale entristecida y deja sola a la novia en su habitación y la novia aprovecha para sacar la navaja que había guardado.)

Novia: Leonardo, tú has causado todo esto, tú eres el culpable de todos mis males.. pero te quiero tanto. Podría haber sido feliz con mi marido.. pero te preferí a ti. Así que ahora toca terminar con este dolor, he aquí muerte, a otra más que te sigue hasta el inframundo. (Se clava la navaja en el corazón y va cayendo al suelo lentamente.)

(Se cierra el telón) (Al día siguiente entra la criada y pega un grito muy grande.)

Criada: Está muerta, está muerta..


FIN

 

"La quimera del oro"

Lo primero en lo que pensaron Kid y Ruth fue en hacerle un funeral digno para el difunto Mason. Lo enterraría en una llanura abierta que había allí al lado, para no llevar el cuerpo mucho tiempo y que no afectara al peso añadido al viaje y al cansancio de los perros.

-Kid, poner flores en Mason, el siempre recordar nosotros.- sugirió Ruth a su amigo.

-Así lo haré Ruth.- afirmó Malemute.

Ambos pusieron rumbo a la ciudad natal de Mason donde darían la trágica noticia a su madre, y intentarían comunicarla también a su padre. En el largo trayecto Malemute Kid estuvo pensando como decirle a Ruth que no podía sostenerla, más bien no quería, la avaricia le movía a quedarse con el dinero que Mason le había dejado, pero ¿que haría con Ruth? Llegaron a un pueblo donde vendieron las pieles que tenía Mason, cuando estaban comiendo, Malemute Kid le dijo a su acompañante que iva a buscar algo de leña para asar el conejo que habían comprado, justo en ese momento se montó en el trineo y ulló.

-¡Ruth, espero que me perdones algun día!- exclamó Malemute Kid.

Este veía como la imagen de Ruth, quieta y para nada sorprendida, se alejaba cada vez más. Se había ido sin miramientos, no se había parado a pesar en lo que le prometió a Mason, no tenía sentimientos. En dos meses, llegó a Mississippi donde le comunicó la noticia a la madre de Mason. Para ella fue muy duro recibir esta información así de repente. Fue un duro golpe para ella, que tenía que afrontar. Seguidamente, Kid le dijo que la última petición de Mason fue darle todos sus fondos a él. La madre de Mason no se lo creyó dijo que su hijo jamás diría eso, ya que estaba casado.

-Exigo que me des una explicación razonable a esto, ¿que le ha pasado a su mujer?-preguntó sin rencor la madre de Mason.

-¿No me cree usted, señora? La mujer de mason murió en el mismo accidente, y traía un niño al mundo, por más que pude hacer, no los pude salvar, lo siento...- Mintió Kid.

Tras esta conversación, la madre de Mason se quedó perpleja, y aceptó las palabras de Kid, le dió los ahorros que tenía de su hijo y lo invitó a pasar unos días con ella. Malemute Kid asintió.

                                                               FIN



Nada.

La llegada a Madrid fue muy distinta a la entrada en Barcelona. La ciudad me gustaba desde el principio, me transmitía un aire limpio, y lo único que había hecho había sido verla desde la ventanilla del coche. Me había alquilado un pequeño piso no muy lejos del centro y más cerca aun del trabajo. El apartamento no era muy grande y lo compartía con otra persona más. De hecho, era chico, la cocina y el salón estaban en la misma habitación. El cuarto de baño era microscópico y para llegar a la ducha tenías que pasar entre el lavabo y el inodoro de puntillas y de lado, y eso que yo no estoy gorda. Pero era muy barato, así que no me importaba el espacio a cambio de ese precio tan bajo. Mi compañero de piso se llamaba Raúl, era madrileño, pero había querido independizarse de su madre aunque la visitaba muy a menudo, porque estaba muy sola desde la muerte de su marido. Raúl me había caído muy bien desde el principio, mejor dicho desde el primer choque de miradas. Tenía un precioso color miel que desprendía alegría, ganas de vivir... no sé que era exactamente todo lo que sus ojos reflejaban, pero yo me había quedado embobada e impregnada de aquel tono amarillento. Mi nuevo compañero de piso y yo coincidíamos mucho en el apartamento, él era periodista así que salía por las mañanas a entrevistar y luego volvía a la hora de comer, (hacía una comida muy buena, se me caía la baba al ver el resultado) si no estaba hecha ya la comida, preparaba almuerzo para dos. Después de comer se ponía a trabajar en la máquina de escribir y luego por la noche salía a dar una vuelta.

A mi me iba bastante bien en el trabajo, pero lo que me alegraba el día era volver a casa a la hora de almorzar y encontrarme a Raúl sentado en la cocina comiendo, comida deliciosa y sentarme a su lado. La verdad que nos conjuntábamos muy bien, siempre que estábamos juntos me ubicaba como en otro sitio, me hacía muy feliz escuchar sus historias. Además me quedaba observando su preciosa sonrisa y su barba, que estaba pelada, siempre tenía la cantidad justa. Cuando él acababa de comer esperaba a que yo terminase. La verdad es que era muy bueno, y siendo sincera me encantaba, me atraía especialmente.

Un viernes, me esperó a que acabara de trabajar y me llevo a un bar muy tranquilo, estaba a las afueras de la ciudad, parecía de pueblo y la comida estaba muy buena. Nos pedimos las cosas más carnívoras, chorizo al fuego, morcilla, huevos fritos, patatas fritas con una salsa que no sabría adivinar cual es, y como no, cervezas. Nos llenamos bastante y luego al coger el autobús de vuelta al centro dimos un paseo hasta llegar al piso.

Sentía como me iba gustando más y más, cada vez le veía más cualidades y no le veía ningún defecto. Me parecía la persona perfecta, lo estaba queriendo bastante. Sería porque me hacía feliz, o porque me alimentaba muy bien, o quizás porque se preocupaba de mi, porque siempre quería hacerme sonreír, o tal vez porque al verlo me iba de Madrid, porque había hecho mi vida feliz por primera vez, o porque simplemente era él, y no le hacía falta ningún complemento. Solo él, así me gustaba.

Estábamos en pleno invierno, la calefacción no funcionaba, ni las cuatro mantas me servían para poder protegerme del frío. Raúl me escuchó estornudar y vino al cuarto ya que yo siempre me acostaba antes que él.

- ¿Tienes frío? -me preguntó con su incesable sonrisa en la cara.

- Sí, la verdad es que tengo bastante frío.

Sin decir nada más se metió en la pequeña cama y me abrazó. Sentía sus latidos en mi pecho, su suave respiración. Teníamos que pegarnos mucho para no caernos, por lo que su nariz tocaba la mía. Me quedé mirándole los ojos. Él sonreía y yo también. Me besó la frente, tras ese se encaminaron muchos más. Hasta que me besó la boca, estaba nerviosa. Después del primero vinieron muchos más. No hicimos nada más, nos quedamos abrazados hasta que nos dormimos.

Cuando desperté a la mañana siguiente el seguía dormido. Lo observé, no había visto en mi vida algo más bonito. Sentía que por fin mi vida tenía sentido. Me quedé mirándolo hasta que se despertó, nos levantamos y fuimos a desayunar.

Una noche que había salido con los compañeros de trabajo llegué muy tarde. "Seguramente Raúl ya estaría dormido" pensé. Llegué a mi cuarto y me acosté en la cama. Pero escuchaba unos chillidos, y la cama vibrar. Venían del cuarto de Raúl, estaba con alguien más, y, era una mujer. No podía dormir. ¿Por qué me había engañado así? A la mañana siguienteestaba desayunando y me levanté para hablar con él. No había nadie más. Le pregunté que con quien había estado anoche, y él, con toda la tranquilidad me dijo que con una que había conocido anoche, como casi todos los viernes. Me quedé sorprendida, nunca había escuchado nada, no me esperaba eso de él. Había lanzado a la mierda mi forma de verlo, había destrozado la noche pasada. Solo había sido una más. A partir de ese día no estuvimos tan cercanos, eramos amigos pero yo no quería seguir en aquel piso. Cuando miraba sus ojos y su sonrisa, sabía que lo seguía queriendo, pero él, él no sentía nada. No tenía sentido seguir sufriendo así.

Un día después de mucho tiempo, vino a hablarme mientras almorzaba, me pidió perdón, sabía que la había cagado y que me había hecho sufrir. Me dijo que quería cambiar, cambiar conmigo. Incluso se le escapó alguna gota. Lo miré a los ojos, el color miel se había acentuado con las lágrimas. Sin decir nada y pensando en todo me fui a mi cuarto. Tenía la ilusión y la esperanza de que todo fuese bien, y lo que él decía hoy, fuese así para siempre, no solo un día.

Un día en el trabajo Juan me llamó. Me extrañó bastante la llamada.

- ¿Si?

- ¿Sobrina? Tenía algo que decirte... -su voz era suave, no como la que yo recordaba de él en Barcelona. Se notaba también algo de tristeza en su tono.

- Dime tito.

- La abuela, acaba de morir...

No contesté nada, la noticia me dejó perpleja. Colgué el teléfono y me puse a buscar el horario de autobuses. Me fui a la estación y cogí el de las tres.

Al bajarme del autobús, vi a Raúl buscándome. ¿Qué hacía en Barcelona? Cuando bajé, me dio un abrazo y me eché a llorar. Él sabía lo que pasaba.

- Tranquila pequeña, aquí estoy. Aquí estaré siempre en lo bueno, y sobre todo en lo malo.

No contesté. Me guió hasta su coche. En el trayecto a Aribau me contó que llamó a la empresa y le dijeron todo lo que había pasado y que vino corriendo. Al llegar a la calle me trajo todo tantos recuerdos. Subimos los escalones del edificio y llegamos al apartamento. En el salón todos sentados alrededor de el ataúd en el que estaba la abuela. No pude aguantarme y me agarré a Raúl mientras las lágrimas salían sin cesar de mis ojos y corrían todas las mejillas. Él estaba ahí y sabía que siempre lo estaría. No hacía falta palabras. Besé el cristal en el que se veía la cara de mi abuela, me protegería, guiaría y seguiría conmigo desde el cielo, como siempre.

sábado, 31 de mayo de 2014

No pidas sardina fuera de temporada

     Han pasado varios meses desde que puse la denuncia, desde que encarcelaron al Pantasma, al Puti y al Lejía. Hace ya seis meses desde que Clara se fue.

     Ahora dirijo una prestigiosa empresa de investigación. Mis dos socias, María Gual y mi hermana, me ayudan en todos los casos. Siempre conseguimos resolver el misterio, por muy complicado que parezca.

     Hace unos días, estaba en el cobertizo sin hacer nada, mirando los pósters de policías famosos colgados en la pared, escuchando el Without you. Oí unos pasos apresurados que se dirigían hacía allí. La puerta se abrió de golpe y mi corazón se aceleró, pensando que podía ser... Era María.

- Flanagan, tengo algo que decirte.

- Pues dilo ya, estoy muy liado.

- Estar sentado, escuchando música y mirando a la nada, no es estar ocupado. - dijo ella, en tono burlesco.

- Bueno, ¿me vas a decir para qué has venido?- empecé a enfadarme.

- El juicio es pasado mañana. Te han llamado para declarar.

- Eso ya lo sé. Así que, si no tienes nada más que decirme, deberías marcharte para continuar investigando el asunto del ladrón de dulces.

- Clara está aquí.- respondió tranquilamente.

     Me levanté de la silla y salí corriendo al jardín. Llevaba mucho tiempo esperando este momento. Casi no podía respirar y, entonces, la vi... Estaba más guapa que cuando se marchó. Llevaba una falda corta (demasiado a mi parecer) y una chaqueta de cuero. No llevaba maquillaje; ella no necesitaba añadidos para gustarme.

- Clara, ¿qué haces aquí?

- El juicio se acerca y he venido a ver a mi padre.

- Me alegro de que hayas vuelto a visitarme.

- Sólo estoy aquí porque quería pedirte disculpas. Llevabas razón.

- No tienes que disculparte. Sólo hice lo que me pareció correcto.

     Nos fundimos en un abrazo, que me hubiera gustado que no acabara nunca.

     Ella se marchó, me dijo que tenía que ayudar a su madre con las maletas. No volví a verla hasta el día del juicio.

     Cuando me llevaron a declarar, no sabía lo que iba a contar. Tenía argumentos suficientes como para que todos permanecieran en la cárcel durante una larga temporada. Sin embargo, ¿y si perdía a Clara? Si explicaba que su padre me tuvo secuestrado, ella no volvería a dirigirme la palabra.

     ¿Qué podía hacer?

     Conté lo relacionado con la foto, para incriminar al Pantasma; ese hombre debía estar entre rejas. También hablé del episodio ocurrido en la Tasca. Pero, llegó el momento más difícil:

- Señor Juan Anguera, ¿tiene usted algo que decir acerca del señor Longo?- preguntó el juez.

     Miré a mis padres, quienes me dirigieron una mirada de apoyo. Dirigí la vista hacia Clara. Ella me miraba con ojos llorosos y, entonces, afirmó con la cabeza. Me di cuenta de que había decidido que su padre debía entrar en prisión. Sin embargo, esas lágrimas...

     Finalmente, conté la historia del secuestro, aunque argumenté que el Pantasma había obligado a Tomás a retenerme.

     Una vez acabado el juicio, y antes de que dieran el veredicto, fui a ver a Clara.

- ¿Cómo estás?- le pregunté.

- Bien.- dijo llorando.

- Escúchame atenta, yo no quería enviar a tu padre a la cárcel.

- Lo sé, pero él es culpable. Te hizo daño y eso lo tendrá que pagar.

     En ese momento, el juez anunció el veredicto:

- Este jurado ha decidido que D. Miguel Pascual, conserje del Instituto Catalonia, sea declarado culpable de pedofilia y venta de droga a menores; se le imponen veinte años de cárcel. Que D. Jordi Vidal, alias el "Puti", sea declarado culpable de abuso a menores y chantaje; se le imponen diez años de cárcel. Que D. Tomás Longo, alias "Lejía"...

      Miré a Clara. Ambos estábamos esperanzados de que quedara liberado. Estaba difícil, pero no perdíamos la ilusión.

- Sea declarado culpable de venta de droga y secuestro bajo coacción; se le imponen cinco años de cárcel.

     Clara rompió a llorar. Corrí hacia ella y la abracé. Sentí que me necesitaba y yo iba a estar con ella, apoyándola todo el tiempo que su padre estuviera entre rejas. Compartiría sus alegrías y lloraría con ella, si hacía falta, porque, si ella caía y yo no conseguía levantarla, me derrumbaría a su lado.







Continuación de "Memorias de una vaca"

Todos estábamos allí, incuso yo. ¿Qué pintaba una vaca en aquella situación?, la respuesta es nada, pero era mi criadora y yo también quería estar presente.

–¿Estás segura que quieres ver esto –me preguntó El Pesado.

Tampoco estaba seguro de querer verlo así que me fui. Cuando comencé a oír lloros y lamentos supe que ya había llegado su hora. Pauline Bernardette se había convertido en mi antigua criadora.

Estuve mucho tiempo cabizbaja, se podían contar por meses, estaba muy delgada, comía poco y ademas ya no aportaba nada al convento de modo que me echaron. En ese momento El Pesado volvió a aparecer.

–¿Qué piensas hacer? –me dijo.
–Lo mismo te iba a preguntar yo –le respondí.
–¿No pensaras en regresar a Balanzategui, verdad?
–¿Tenemos otra opción? –le dije.

Durante unos minutos estuvimos debatiendo el lugar al que iríamos, pero definitivamente, yo quería ir a Balanzategui y como el dueño de mi cuerpo soy yo y no ella, al final nos encaminamos hacia allí. Mientras andaba me acordaba de todo lo que había vivido allí y me surgían varias preguntas, ¿Seguiría Gafas Verdes viviendo en aquel molino?¿Habrá regresado La Vache también?¿Quién estará a cargo de Balanzategui ahora?. Definitivamente tenía que ir a Balanzategui, no podía quitarme esas preguntas de la cabeza. A medida que iba andando, me iba haciendo esas preguntas con más frecuencia cada vez, y cuando quise darme cuenta ya había anochecido y El Pesado llevaba rato diciéndomelo.

–Perdón, ¿Qué querías Pesado? –le pregunte una vez me retomé.
–Digo que ya ha anochecido –me contestó–. Deberíamos buscar alguna cueva o algo donde refugiarnos 

Dicho y hecho me puse en busca de una cuevas. Un par de minutos después di con una que casualmente se parecía mucho a la de donde vivían esos jabalíes con los que se fue La Vache. Un momento, era esa misma, de manera que otra gran pregunta me surgió en la cabeza, ¿Seguirá viviendo La Vache aquí?, si no fuese el caso, ¿Dónde estaría ahora?. Ya era muy tarde, y no estaba por la labor de pensar de forma que me eche en el suelo de aquella cómoda cueva y me dormí. 

A la mañana siguiente, me desperté por un ruido que parecía ser de un animal, yo pensaba que eran los jabalíes que querían que saliera de la cueva pero cuando salí de la cueva me percaté de que un pequeño osezno estaba rodeado por una jauría de coyotes. En ese momento mi instinto me dijo que fuese a ayudarlo, no me dio tiempo a reaccionar y ya había alejado a los coyotes tras pegarle una cornada a uno de ellos. El osezno seguía vivo pero ahora me preguntaba donde estaba su madre.

–¿Dónde está tu madre –le pregunté sin recibir respuestas.
–Vamos déjalo, su madre va a aparecer en cualquier momento y te vas a meter en problemas –me dijo El Pesado.
–¿Dónde está tu madre –le volví a preguntar.
–No lo sé, me he perdido –respondió el osezno con voz tímida y al momento rompió a llorar.

Aunque El Pesado opinaba lo contrario, no podía dejar a aquel osezno allí solo, los coyotes podrían regresar, así que sin pensármelo dos veces monte al pequeño oso en mi lomo y fuimos en busca de su madre.

–¿Cómo te llamas, pequeñín? –le pregunté.
–Me llamo Tom –me contestó un poco más tranquilo–. aunque todos mis amigos me dicen Peque porque soy el más pequeño de ellos.

Esa contestación me sobresaltó un poco, donde el osezno vivía, vivían más familias de osos. Podrían atacarme al llegar, de modo que debía de andar con cuidado.

Después de varias horas de caminata de escuchó un ruido a lo lejos, a medida que nos acercábamos al lugar yo iba reconociendo aquel ruido, sin duda había sido un disparo. Nos acercamos hasta tal punto que se empezaron a oír a unas personas. Nos escondimos detrás de unos árboles y observé la situación.

–Maldito oso, casi nos mata –dijo uno de los cazadores
–Sí pero, ¿has visto que tiro le he pegado? –le preguntó el otro cazador
–Sí, ¿Cuánto crees que nos darán por su pelaje?
–Lo suficiente –le respondió

De repente el pequeño osezno que estaba sobre mi lomo comenzó a llorar y en ese momento entendí lo que ocurría. Aquel oso, resultaba ser su madre. Como decía el osezno comenzó a llorar y los cazadores nos oyeron, así que tuve que echar a correr y huir de aquel lugar. Una vez ya alejado lo suficiente me pregunte a mi mismo, ¿ahora donde lo llevo?. El Pesado me recordó lo que me dijo sobre el oso, "Dejémoslo aquí, te vas a meter en problemas". Obviamente no me dijo eso exactamente pero él solo me recordó la parte que me perjudicaba.

 Poco después de ir andando, el osezno se bajo corriendo de mi lomo y se metió entre el bosque, yo le seguí hasta que me di cuenta de que había encontrado su refugio.  Nadie sabe que le reparará el futuro de modo que no me queda otra que vivir en el presente, y mi presente ahora es regresar a Balanzategui una vez todo esto ha pasado.

viernes, 30 de mayo de 2014

El Misterio Velázquez.

Habían pasado ya cinco años desde la muerte de Velázquez cuando me casé con la mejor mujer que pisó España. Hoy, día 24 de Mayo es nuestro aniversario, hace ya 38 años que me casé con mi difunta esposa Maribárbola y hace poco, nuestro único hijo barón ha cumplido 20 años. Y es que Don Acedo sabía en todo momento lo que decía, y ahora me doy cuenta de que siempre quiso lo mejor para mi cuando me aconsejó que me casara con ella y, decir tengo, que mejor no ha pudo irme.

Aún recuerdo mis aventuras en mis años de mozo. Siento día a día cada experiencia que con Don Diego compartí, mi llegada a palacio, mi encuentro con Nerval y su extraña conducta, la muerte de mi maestro y amigo y su querida esposa, la que fue mi "madre" durante el tiempo que viví en la Casa del Tesoro...

No dejo pasar un día sin acordarme de las insólitas palabras que Nerval pronunció dirigiéndose a mi, y poco a poco, los años me van ayudando a descifrar el acertijo, y es que tengo 58 años y soy la persona más vieja de Palacio aunque me pese. Quizás salga realmente el último del cuadro, quizás veré morir a todos los seres queridos que en él estaban.

Tuve una mala época a lo largo de mi tiempo casado y siendo padre de familia, las obligaciones y los años se me echaban encima. No podía hacerme a la idea de seguir viviendo. Maribárbola murió hace cuatro meses, dejándome solo a cargo de mi hijo el cual tuvo alguna enfermedad a la que hoy en día se le llama síndrome de Down pero que por aquel entonces era desconocida.

En cuanto pude, siento decir, que me deshice de él y lo deje a cargo de una buena mujer a la que contrate.

Cuando me suelo sentir mal siempre iba a un viejo barranco que da al bravo río que pasa por las cercanías de Madrid. Fue allí, entonces, cuando me lancé río abajo tratando por todos los medios deshacerme de la triste vida que tuve desde entonces.

Solo recuerdo encontrarme en el barco que me llevó a España y en el que conocí a Acedo. Recuerdo que hubo un incidente y empezó a hundirse el barco. Esforzándome un poco más en recordar el extraño sueño que tuve puedo ver en mi mente como nos precipitábamos al fondo del mar, nadé como un pez buscando una salida posible pero solo encontraba los cuerpos sin vida de mis acompañantes. Entonces, en uno de los camarotes se encontraba Nerval, pero era diferente, como si su cara estuviera desfigurada y con nitidez.

-Entraste el último y saldrás el último pero jamás tuviste en cuenta quién soy.

En ese momento desperté y me encontraba en mi cama, en la habitación silenciosa y oscura donde acostumbraba a dormir con ella.

Me levanté, aún tenía el pelo mojado, me senté en la cama mientras alborotaba el poco pelo que quedaba en mi cabeza, en ese momento me di cuenta de quién era realmente Nerval y de que era inmortal. Me eché a llorar, yo no quería vivir eternamente, ¿qué clase de tortura es esa? Veré nacer y morir a las mismas personas, perderé a las pocas que me quedan y me veré solo en el mundo.

Poco a poco empecé a darme cuenta de que mi rostro dejó de envejecer, y ciertamente fue algo que me alivió bastante. Cada día que pasaba me hacía más joven e iba olvidando y aprendiendo ciertas cosas, pero mi memoria nunca falló.

Hoy tengo unos seis años y es posible que mañana se me olvide como escribir, dentro de una semana aproximadamente no sabré andar y a la siguiente dejaré de hablar y de masticar y de respirar. A lo mejor, sea lo que sea Nerval, cambió de opinión y ya no me quiere aquí. A pesar de todo siempre recordaré todo lo que he contado porque lo he vivido y lo vivido nunca se olvida.



domingo, 27 de abril de 2014

            Durante los siguientes días el ambiente se fue normalizando un poco. Un día, tía Emma me mandó ordeñar la única vaca que tenemos, porque me habían enseñado hace poco, aunque me resultaba complicado. Cuando acabé, era ya muy tarde, y vi una parte del establo con un montoncito de paja. “Sólo un ratito”, pensó. Se tumbó en la improvisada cama y, poco a poco, notó como sus ojos se cerraban.

            Cuando los volvió a abrir, se encontraba en un sitio diferente. Pero esta vez sabía cuál era. Ya lo había visto antes: era la ciudad de Porcelana. Dorotea caminó dos o tres calles abajo y se extrañó de no haber encontrado a nadie todavía. La última vez que estuvo aquí, había gente por doquier, pese a que huyeran de ella. Entonces, cuando estaba pasando al lado de una pequeña casa, escuchó dos vocecitas muy agudas y le pareció reconocer una:

-        ¿Hola? - dijo Dorotea, esperando una respuesta –. Soy Dorotea.

            Las voces cesaron. Dorotea esperó unos segundos, tras los cuales una cabecita perteneciente a un ratón apareció de una ventana.

-        ¡Es ella! ¡Es ella de verdad! - gritó, de repente, el pequeño ser - ¡Es ella, majestad!
-        ¡Dorotea! - dijo la ratita con corona - ¡Estás aquí!
-        ¿Qué ha pasado? - preguntó Dorotea - ¿Es algo malo?

            Todos tomaron un momento para tranquilizarse. Tras el descanso, la Reina le contó a Dorotea todo lo sucedido.

-        Desde que te fuiste, el Espantapájaros, el Leñador de Hojalata y el León han estado disputando cuál de los tres dones era el mejor hasta llegar al punto de pelearse. ¡Tienes que hacer algo! Todos son muy poderosos y las brujas del Norte y el Sur no saben qué hacer.

            Personalmente, Dorotea tampoco sabía qué hacer

-        ¿Aún tienes a tu ejército? - cuestionó Dorotea - ¿Podrían llevarme al castillo de Glinda?
-        Mi número de súbditos ha disminuido, pero creo que te podrán llevar en un santiamén.

            Así, Dorotea y los ratones pusieron rumbo hacia el castillo de Glinda.

            Cuando llegaron, encontraron el castillo casi vacío. Sólo había una persona en el lugar y era Glinda. Cuando se encontraron, ésta le contó a Dorotea lo que había sucedido  en su castillo.

-        Todos, por temor, se han escondido en diversos lugares, y ni yo ni la bruja del Norte sabemos qué hacer.
-        Tú eres quien mejor los conoces – le dijo la reina a Dorotea -. Debe de haber alguna forma de pararles...
-        Podemos ir a la Ciudad Esmeralda e intentar tranquilizarlos – pensó Dorotea, como último recurso


            Tan pronto como lo dijo, Glinda usó un hechizo y todos fueron transportados a la Ciudad Esmeralda. Allí encontraron a tres personajes muy conocidos, discutiendo entre sí.

-        ¿Para qué quieres un corazón sin saber usarlo? - gritaba el espantapájaros
-        Los sesos no dan la felicidad, y la felicidad es lo mejor del mundo – respondía el leñador de hojalata
-        Podréis amar y pensar, pero si encontráis un peligro, ambos deberéis correr – dijo el León
-        ¿Qué ocurre? - les interrumpió Dorotea
-        ¡Dicen que los deseos que pidieron son mejores al mio! - gritaron los tres al unísono
-         ¿Y quién empezó todo esto? - preguntó Dorotea, que ya estaba actuando de mediadora
-         Fue el espantapájaros
-         No, fue el León
-         Es mentira, fue el Leñador de Hojalata
-         Creo que se quien causo todo esto - dijo Gilda

         Sólo ella se había percatado de que les observaban. Sólo tuvo que nombrar al individuo para que saliera el culpable: el Rey de los Monos Alados. Poco a poco, el lugar se fue llenando de risas tras entender lo sucedido, no solo de los propios Monos, sino también de los engañados.