Fin de etapa.
Desde la mesa Diana tumbada veía cantar los pájaros y olía los colores que entraban por el tragaluz. Fueron tan bellos y efímeros momentos de sentir burbujas en sus adentros que cuando quiso levantar la cabeza ya volvió a tener carros humeantes rozándole las pantorrillas y la el lado izquierdo de su cara rojo por el sol de coche del mediodía. Junto al vaso de plástico blanco con restos de café encima de la mesa estaba Abril, impertinente y con tarjetas de alguna turra en el bolsillo de la camisa, dejándose marear por el humo de los puros habanos que ya sólo quedaban dos. Diez minutos después, Diana disculpándose por no haber llamado a la puerta y viendo a María y Guido coger encima del escritorio con un tamango perdido, le dio pena. Corría hacia el despacho de Abril dando por perdido su puesto cuando lo único que perdió fue un cigarrillo y gas de su encendedor, estuvieron platicando de cómo le ha ido el viaje y del poco tabaco que le quedaba en la bolsa, tenía que comprar más. Fue a su mesita entre Alexis y Nacho y cogió los papeluchos de facturas, publicidades de bares recién abiertos -una línea de esperanza entre las tabernas del dominó por las tardes y el vino por la noche-, felicitaciones por el veinticinco aniversario de Abril... todo al mismo cubo de basura. Se levantó y bajó por las escaleras encontrándose con pendejos que no sabían hablar más que del último gol que paró de penalti el portero o de lo rica que está la amiga de su hija. Fue hacia la entrada del edificio para apurar el tabaco y rebuscar papel de liar en el bolso.
"No queda luz en la cuidad, -dijo mientras el guarda escuchaba- no quedan lienzos por pintar ni pibes sin sus zapatos negros bien amarrados. Ya no queda luz en la cuidad, y lo peor es que la cuidad somos cada uno de nosotros"
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