domingo, 27 de abril de 2014

            Durante los siguientes días el ambiente se fue normalizando un poco. Un día, tía Emma me mandó ordeñar la única vaca que tenemos, porque me habían enseñado hace poco, aunque me resultaba complicado. Cuando acabé, era ya muy tarde, y vi una parte del establo con un montoncito de paja. “Sólo un ratito”, pensó. Se tumbó en la improvisada cama y, poco a poco, notó como sus ojos se cerraban.

            Cuando los volvió a abrir, se encontraba en un sitio diferente. Pero esta vez sabía cuál era. Ya lo había visto antes: era la ciudad de Porcelana. Dorotea caminó dos o tres calles abajo y se extrañó de no haber encontrado a nadie todavía. La última vez que estuvo aquí, había gente por doquier, pese a que huyeran de ella. Entonces, cuando estaba pasando al lado de una pequeña casa, escuchó dos vocecitas muy agudas y le pareció reconocer una:

-        ¿Hola? - dijo Dorotea, esperando una respuesta –. Soy Dorotea.

            Las voces cesaron. Dorotea esperó unos segundos, tras los cuales una cabecita perteneciente a un ratón apareció de una ventana.

-        ¡Es ella! ¡Es ella de verdad! - gritó, de repente, el pequeño ser - ¡Es ella, majestad!
-        ¡Dorotea! - dijo la ratita con corona - ¡Estás aquí!
-        ¿Qué ha pasado? - preguntó Dorotea - ¿Es algo malo?

            Todos tomaron un momento para tranquilizarse. Tras el descanso, la Reina le contó a Dorotea todo lo sucedido.

-        Desde que te fuiste, el Espantapájaros, el Leñador de Hojalata y el León han estado disputando cuál de los tres dones era el mejor hasta llegar al punto de pelearse. ¡Tienes que hacer algo! Todos son muy poderosos y las brujas del Norte y el Sur no saben qué hacer.

            Personalmente, Dorotea tampoco sabía qué hacer

-        ¿Aún tienes a tu ejército? - cuestionó Dorotea - ¿Podrían llevarme al castillo de Glinda?
-        Mi número de súbditos ha disminuido, pero creo que te podrán llevar en un santiamén.

            Así, Dorotea y los ratones pusieron rumbo hacia el castillo de Glinda.

            Cuando llegaron, encontraron el castillo casi vacío. Sólo había una persona en el lugar y era Glinda. Cuando se encontraron, ésta le contó a Dorotea lo que había sucedido  en su castillo.

-        Todos, por temor, se han escondido en diversos lugares, y ni yo ni la bruja del Norte sabemos qué hacer.
-        Tú eres quien mejor los conoces – le dijo la reina a Dorotea -. Debe de haber alguna forma de pararles...
-        Podemos ir a la Ciudad Esmeralda e intentar tranquilizarlos – pensó Dorotea, como último recurso


            Tan pronto como lo dijo, Glinda usó un hechizo y todos fueron transportados a la Ciudad Esmeralda. Allí encontraron a tres personajes muy conocidos, discutiendo entre sí.

-        ¿Para qué quieres un corazón sin saber usarlo? - gritaba el espantapájaros
-        Los sesos no dan la felicidad, y la felicidad es lo mejor del mundo – respondía el leñador de hojalata
-        Podréis amar y pensar, pero si encontráis un peligro, ambos deberéis correr – dijo el León
-        ¿Qué ocurre? - les interrumpió Dorotea
-        ¡Dicen que los deseos que pidieron son mejores al mio! - gritaron los tres al unísono
-         ¿Y quién empezó todo esto? - preguntó Dorotea, que ya estaba actuando de mediadora
-         Fue el espantapájaros
-         No, fue el León
-         Es mentira, fue el Leñador de Hojalata
-         Creo que se quien causo todo esto - dijo Gilda

         Sólo ella se había percatado de que les observaban. Sólo tuvo que nombrar al individuo para que saliera el culpable: el Rey de los Monos Alados. Poco a poco, el lugar se fue llenando de risas tras entender lo sucedido, no solo de los propios Monos, sino también de los engañados.

Alicia en el país de las Maravillas

ALICIA EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS: CONTINUACIÓN.

https://www.youtube.com/watch?v=rAd6pgtejm4 (PARA AMBIENTAR)

Lucía la tenía recostada entre sus piernas, hacía tiempo que no estaba tan cerca de ella. Era el día de su cumpleaños y la habían dejado entrar a aquella triste y solitaria habitación blanca.

- Cariño, feliz cumpleaños, te traigo una sorpresa.- Mientras sacaba un pequeño conejo de peluche de la bolsa, Alicia se le quedaba mirando fijamente.

La pequeña al verlo, se lo quito y empezó hablar con él, como si de una persona se tratará. Ahora tendría alguien que le acompañe cada noche.

 Había pasado ya mucho tiempo desde que Alicia se encontraba en ese lugar, rodeada de gente igual que ella. No podía imaginarse que siendo tan joven le había pasado todo aquello. Lucía cada vez que recordaba todo lo que su hermana menor estaba pasando las lágrimas caían por su mejilla. Desde la muerte de su padre, ella no no volvió hacer la alegre y carismática Alicia. Todo había cambiado.


Varios años atrás Alicia se encontraba sola en el jardín. Como de costumbre, no quería que nadie se le acercara. Eso se volvía rutinario y cada vez iba a peor.Un día, su hermana Lucía, le encontró hablando sola, y sin más le preguntó.

- Alicia, ¿con quién hablas?- pregunto curiosa.

Ésta la ignoró, y siguió hablando. La hermana preocupada la decidió llevar al médico de nuevo, ya habían pasado un año desde la muerte de su padre y Alicia no había cambiado. Tras esperar varias horas, los médicos le diagnosticaron esquizofrenia y cada vez iba aumentando. La hermana al enterarse de la noticia empezó a llorar. Pasaron varios días y la llevaron interna a un psiquiátrico.


Recordar todo aquello fue muy duro para Lucía. Ya era la hora de marcharse, su hora de visita había acabado. Se despidió de Alicia y salió de aquella habitación. La miró por última vez por aquella pequeña ventana de la puerta fría y solitaria, no volvería a ver aquel dulce rostro por un largo tiempo.

 




Continuación de Alicia en el País de las Maravillas.

Al despertarse, Alicia le contó a su hermana, Carol, el extrañísimo sueño que había tenido. Esta mira el reloj y en su cara se vio reflejada una mueca de preocupación. Acto seguido, miró hacía todos los lados. Alicia se empezó a preocupar. Pensaba que su hermana se había enfadado con ella debido a todo el tiempo que se llevó en aquel excéntrico país, pero su preocupación fue a más cuando escucho a Carolina gritar a voces su nombre.

- ¡Alicia! ¿Dónde estás? Ven para acá ahora mismo, son ya más de las ocho. ¡Alicia!
- Carol, no me grites, ¿no ves que estoy aquí? Respondió Alicia en tono molesto-.

Se hizo el silencio, y la pobre muchacha cada vez estaba más preocupada por su hermana menor. En cambio, Alicia pensó que todo era una broma y tras una infinidad de intentos por lograr que alguien la escuchara, decidió sentarse a esperar a sus padres que no tardarían en llegar. El motor cascado de un coche se escuchó a lo lejos. Ambas niñas se giraron rápidamente y salieron a correr hacia el vehículo del cual sus padres salían. Alicia se agarró al cuello de su madre pero esta parecía no captar su presencia.

-Hola cariño, ¿cómo os ha ido? ¿y tu hermana? -Dijo Melisa, la madre-.
-Madre, yo estaba leyendo en la orilla del río y cuando me di cuenta Alicia ya no estaba. La he buscado por cielo y tierra y no he logrado hallar rastro alguno -respondió Carolina echándose a llorar-.

Todos buscaron a la pequeña niña, y ya dándose por vencidos volvieron a casa con la esperanza de que la policía la encontrara. La noche pasó y a primera hora de la mañana un campesino que regaba sus naranjos llamó a Ramón, que era el padre de familia, dándoles la trágica noticia de que había encontrado a su hija inconsciente cerca de una madriguera.

El reloj apenas marcaba las diez de la mañana cuando el resto de la humilde familia ya se encontraba en el hospital. Sus rostros se inundaron de lágrimas al ver el delicado cuerpo de Alicia inconsciente sobre la cama. A los pocos minutos el médico llegó a la pequeña y fría habitación contándoles la situación.





Alicia a través del espejo.

Alicia siguió jugando y acariciando a los gatos. De repente el pequeño gato blanco le saltó a la cara.

- ¡Joder, que susto! -Alicia se sobresaltó en la cama. Había sido un sueño.

Ella tiene veinte años. Vive sola en un pequeños piso a las afuera de un pueblo. No tiene mascotas ni familia cercana. No solía salir de su casa, excepto cuando veía desde la ventana que en su pequeño huerto la cosecha ya estaba lista para ser cogida. Sus padres habían sido unos empresarios y le había ido muy bien en su trabajo, por lo que Alicia no suele gastar mucho al mes y le sobraría toda su vida dinero.

Alicia había empezado a recordar su niñez por culpa del sueño. Esto no le gustaba para nada. Aunque toda su infancia había estado rodeada de todo lo que un niño pequeño puede desear, ella odiaba pensar en todo lo pasado. La mayoría de las noches solía soñar o tener pesadillas con su inocencia.

-Cuando era chica me encantaba imaginar con ser una reina de mayor... Y me encantaba el color blanco, me transmitía tanta seguridad y tranquilidad. En cambio, odio el rojo, lo odio con todas mis fuerzas -Alicia, al estar siempre tan sola solía hablar muy a menudo consigo misma- ese color no debería de existir -igual que el blanco le transmitía sentimientos, el rojo igual pero totalmente contrarios. Le transmitía dolor, miedo, oscuridad, sufrimiento, locura... y miles de cosas negativas más.

Tras levantarse de la cama y tomar una tostada con mantequilla y una taza de café con un terrón de azúcar blanca, se asomó a la ventana a ver como iba su huerto. Tras el tragaluz, su huerta estaba siendo comida por un gato anaranjado tirando a rojizo. Mirando al suelo, Alicia se quedó muy asustada. Tenía que bajar y echarlo pero le daba un miedo terrorífico. Al final con el corazón en un puño decidió descender. Cuando llegó al lado del minino empezó a gritarle. Este saltó sobre Alicia y le arañó la pierna, después se fue corriendo. Al ver como empezaba a salir la sangre se desmayó estúpidamente. Un vecino que iba a entrar al edificio al verla tirada la recogió, la llevo a su casa y la tumbó en el sofá. Cuando despertó, se levantó corriendo totalmente atemorizada.

- ¡¿Dónde estoy?! ¡¿quién me ha traído aquí?! -empezó a gritar.

Roger, que era el nombre del dueño salió de la cocina e intentó tranquilizarla.

- Chica, tranquila, solo te vi tirada en el suelo y te traje aquí -mientras decía esto se iba acercando poco a poco a Alicia.

De repente le tocó un poco el brazo y ella pegó un chillido brutal. "¡Socorro, ayuda!" gritó.

- ¿Qué haces? -le preguntó con cara de asombro Roger. -Solo te he traído a mi casa para ayudarte.

- ¿Ayudarme? Yo sé perfectamente lo que tú quieres.

Y diciendo esto último salió corriendo hacia la puerta, la abrió y subió a su piso.

Cuando llegó a su apartamento se sentó sobre la cama. Escondida su cara por las rodillas empezó a llorar incesantemente. A la media hora de hartarse de sollozar, se fue al espejo y observó los arañazos causados por el gato. También se quedó mirando una gran cicatriz que tenía en la pierna. Le llegaba desde la ingle hasta la rodilla. Se quedó un rato observándola. Cuando terminó, se fue a la cama para descansar un rato.

Estaba todo oscuro, en blanco y negro. Ella, sentada en una esquina, a su lado un gato. Estaba en una habitación cuadrada bastante grande, en esta solo había una cama y un espejo.

- ¿Alicia, quieres jugar? -preguntó un hombre de unos cuarenta años con un tono dulce de voz que se había asomado por la puerta -Podemos divertirnos un rato.

Alicia abrazó al gatito.

- Venga si esto te encanta.

- No tengo ganas -dijo Alicia.

- ¡No me hagas que vaya a por ti! -el señor empezó a gritar.

Salió hacia ella, cogió al gato y lo tiró. Agarró fuertemente el brazo de Alicia y la tiró sobre la cama.

- ¡Venga! ¿No quieres ser una reina? Pues tienes que llegar al final del tablero para convertirte en reina. ¡Vamos a jugar! -el viejo cada vez iba gritando más y más.

Alicia intentó salir corriendo pero él la agarró. Sacó un cuchillo. Lo acercó a la niña. La punta, afilada empezó a tocar su piel. La atravesó. Poco a poco lo empezó a derramar hacia abajo de la pierna.

- ¿¡Vas a volver a salir corriendo!? ¡NI SE TE OCURRA!

Alicia se quedó callada mirando como la sangre salía de su pierna. No chillaba, solo salían las lágrimas huyendo de sus ojos rápida y silenciosamente.

- ¡No quería hacerte esto, ha sido todo por tu culpa!

Le arrancó la ropa a la niña. El gato lamiéndose, observando la situación. La cama llena de sangre. Alicia medio muerta. Las paredes parecían hablar. El espejo gritaba con poder llevarla a un lugar totalmente distinto a ese.

sábado, 26 de abril de 2014

Continuación de: "Todos los detectives se llaman Flanagan"

-¡Carmen! ¡Carmen!- este perseguimiento me resultaba muy familiar, pero continué- ¡Por favor....! Quédate conmigo...- dije ya desesperanzado.

Justo en se momento pude ver esos ojos que tanto me enamoraron. se giró. Unas lágrimas de alegría y perdón. Me detuve. Ella se acercó. Me abrazó y me susurro unas palabras inconfesables al oído. (Parecía una película romántica de final feliz, pero a mi pesar, estaba muy equivocado).

-Perdón por comportarme como una tonta- me contestó arrepentida.

La miré a los ojos, y con un tono tranquilo, dulce y atrevido, le respondí:

-Aquí yo he sido el único tonto, no te culpes a ti de ello- La besé apasionadamente, afirmando entonces los sentimientos mutuos del uno hacia el otro.

                                                                                                                                      

Esperaba a que abriesen la tienda de fotos. Había un chaval ocultado por su gorra en la otra calle, parecía muy nervioso y ansioso, lo tenía ya asegurado era Charche. Cuando abrieron el chaval misterioso se lanzó hacia dentro. Cinco minutos después ya tenía el sobre en sus manos, al mismo tiempo que babeaba reconoció una cara familiar sobre el buzón de correos, ese era yo y en mi poder poseía una carta verde que Charche le escribió a Sabrina pero que nunca llegó a las manos de la verdadera receptora.

-¿Qué pasa?- le pregunté vaciándole un poco.

Nada más ver la carta la reconoció y me cuestionó cómo había llegado esa carta a mí.

-Muy sencillo- le respondí-. Nunca iba a llegar a ella todo era una farsa para poder llegar ahora a este chantaje.

-¿Qué piensas hacer con eso?

-Caí en que tú querida Montse compartía apellido con una persona muy especial, con la directora. Todo depende de lo que hagas ahora.. si me entregas las fotos te devolveré la carta si no me la das te tomarán como un loco verde.

-¡No! Ni se te ocurra. Haré lo que quieras pero por favor no me hagas que te entregue estas fotos.

-Que pena- Introducí media carta en la ranura del buzón.

-¡Espera! ¡Para!- gritó nervioso. Y con gesto indeciso e inseguro me entregó las fotos-. Ahora entregame la carta.

-¿Sabes qué? Te voy a enseñar una lección- y diendo esto arrojé la carta dentro del buzón. Al mismo tiempo que cogía velocidad para huir de aquel ogro.

-¡Nooo! Te vas a enterar detective de mierda- pero sus chillidos intranquilos ya se oían muy lejos.

Días después hubo mucho jaleo en el colegio todo el mundo habalaba de la carta. La directora la empezó a leer y antes de que terminase ya estaba llamando a la policía para denunciar por acoso.
Los guardias se llevaron a Charche lo interrogaron y como resultado, lo mandaron a un manicomio hasta que su desfase mental se tratase. Sentí un poco de pena por él pero era lo que realmente se merecía.

Ese mismo día me llegó una carta comunicandome que tanto el doctor Villena y Ángel Vila y sus cómplices estaban encarcelados en una isla a las afueras de España. Al leer eso pudo respirar tranquilo. Por fin la vida me sonría.
                                                                                                                                      

-Cariño- me avisaba una dulce voz desde la habitación continua-. Ya estoy preparada. ¿Nos vamos?

Al girarme vi aquella hermosa mujer con la que llevaba saliendo justamente 8 años. Hoy era nuestro aniversario.

-Estás hermosa. ¿Vamos?- Le tendí la mano y nos fuimos a cenar a un restaurante.

Aquella mujer me anulaba los sentidos estaba completamente enamorado de ella. Por lo que decidí arrodillarme ante ella y dedicarle unas palabras muy especiales:

- Sin ti mi vida sería imposible. Y por eso te digo: ¿Carmen Ruano me concederías el honor de casarte conmigo?

-¡Sí! ¡Sí!- afirmó segura.

Me besó y todos los presentes en el restaurante empezaron a aplaudir y a decir los típicos comentarios. Pero a nosotros nos parecía que estuviésemos solos en el mundo. Después de ese subidón de adrenalina le rogué:

-Por favor... casémonos pronto, que sea una boda íntima o que sea como sea, pero que sea ya.

-Por supuesto cariño- me sonrió-. Dentro de un par de semanas todo estará listo.

Pasamos una noche espléndida con un final feliz.

 A la mañana siguiente empezamos a prepararlo todo. Me dijo que ella se encargaría de todo, para que no se alargase lo primero que hicimos fue alquilar un hermoso lugar el 27 de enero, es decir dentro de un mes justo.

El sol que se colaba entre las cortinas me despertó. Me giré hacia el otro lado de la cama para desearle unos buenos días a mi prometida, pero no estaba. Me empecé a preocupar dónde podía estar tan temprano, pero de repente me acordé que tenía que ir al trabajo. Empezó a trabajar cuando empezamos con la organización de la boda, hace dos semanas, para poder costearnos una ceremonia en condiciones. Por cierto yo también tenía que trabajar por lo que me desperté y salí corriendo hacia mi empresa de detectives. Hoy me tocaba jornada larga.

Volví a las 10 de la noche, no había recibido ninguna llamada de Carmen, porque estaría ocupada. Pero me llevé una gran sorpresa cuando al llegar a casa no estuviera allí. Las piernas me empezaron a temblar y el corazón parecía que se me fuese a salir del pecho. Tan rápido como pude la llamé, comunicaba... Me senté en el sofá e insistí llamando. Cuando alcanzé las 15 llamadas decidí servirme una copita de whisky para tranqulizarme. Llamaba, llamaba y llamaba de nuevo, pero nada no había repsuesta. El sueño y las 5 copas que me había bebido me pudieron y me quedé dormido en allí.

Escuché un ruido, y como estaba alerta me desperté. Era la puerta abriéndose.

-¿Sigues despierto?- me preguntó tranquila-. Lo siento por haber llegado tan tarde pero es que mi jefe...

-Se puede saber dónde tenías el móvil. No me pongas excusas. Pero dime la verdad, ¿por qué has llegado tan tarde?

-Mi jefe me dijo que tenía que terminar de limpiar su casa que como mañana organiza una fiesta debe estar entera limpia.

-Eso es muy poco creíble. Pero venga vale te creo solo son la 1, y que... ¿nos ha invitado tu jefe a la fiesta?

Tardó tiempo en responder, como si se tuviese que pensar la respuesta.

-Eeee... Más o menos.

-¿A qué te refieres? ¿Sí o no?

-Sí, pero a ti no... Dice que la fiesta es privada y como no te conoce...

-Vale- contesté un poco extrañado y molesto-. Ahora vamos a dormir.

A la mañana siguiente Carmen tampoco estaba a mi lado, me dejó una nota diciéndome que tenía que preparar todas las cosas para la fiesta. "Ella de fiesta y yo con mi rutina y esta noche otra vez solo" pensé.

Ese día no tenía que ir a trabajar pero me tenía que quedar en casa investigando en el crimen que ahora llevaba, uno de drogas. Tenía en mi casa un par de bolsitas que había como prueba. De repente algo sucedió dentro de mí, tenía la necesidad de consumir algo, pero reaccioné, dejandolas a parte, fuera de mi alcance.

Pasé otra noche entera solo, unicamente estaba acompañado por una copa de whisky. Una noche pasaba tras otra, siempre sucedía lo mismo. Carmen se iba temprano y no volvía hasta altas horas de la noche, pero yo confiaba en ella, yo creía que me era fiel.

La semana anterior a la boda, Carmen si pasó más tiempo conmigo y pudimos estar a solas que ya hacía días que no lo teníamos.

-Juan perdón si estas últimas semanas te abandonado un poco pero he tenido que trabajar mucho para poder costearnos esta boda.

-Ya lo sé- le dije acariciándole la cara.

Pero ninguno de los dos eramos ya iguales.Yo le había cogido cierto gustillo al alcohol y ella tenía una personalidad totalmente cambiada. En cambio, ya daba igual, mañana era nuestro gran día.

Ya estabamos en el lugar donde se celebraría la ceremonia, yo iba recibiendo a los invitados. Inesperadamente, vi algo que me desconcertó, había un hombre con una cara muy familiar pero era incapaz de reconocerlo. Supuse que eso era efecto de los nervios, me escondí un poco y saqué una botellita de whisky que llevaba en la chaquet le di un par de sorbos, eso me tranquilizó bastante.

Todos los invitados ya estaban a dentro quedaba 1 hora para que los dos fuesemos a contraer el matrimonio. Necesitaba verla, me daba igual los refanes esos que dicen que verla antes de casarse da mala suerte. Abrí la puerta de su habitación y estaba con otro, estaban besándose. Aquel hombre que tanto me inquietó, quel que me resultaba muy familiar estaba haciendo cositas con mi prometida. Lo reconocí era Chacheneguer. Sollozando entré formando jaleo en aquella vil habitación.

-¡¿Qué pasa aqui?!- grité al mismo tiempo que tiré de un empujón a Carmen al suelo.

Mientras Carmen estaba en el suelo llorando y suplicando el perdón al mismo tiempo que yo pegaba a Chache gritando palabras blasfémicas. El muy onto se reía como diciendo: "por fin lo conseguí, por fin estás tan mal como yo he estado estos últimos años". Rendido huí de aquel lugar, me encerré en mi habitación. Me bebí de un par se sorbos una botella de alcohol que tenía guardada. Desde mientras, Carmen desde el otro lado de la puerta me pedía perdón, que no sabía por qeué había hecho eso.

El alcohol no me hizo el suficiente efecto. Solo podía hacer una cosa, me había traido conmigo unas bolsitas de drogas, las consumí en un tiempo record. Todo se empezó a ver borroso, sentía un sueño tremendo, caí hacia atrás y los ojos se me cerraban solos. Oía las voces de suplica de Carmen, unos golpes en la puerta, pero nada tenía su nítidez, todo estaba oscuro, confuso. La puerta cayó. Sentí como la gente me rodeaba, como lloraban, pero a mi ya me daba igual. 











«Olvídalo, Juan...» (Continuación de "No pidas sardina fuera de temporada")

          Me incorporé, tiré la foto y salí corriendo hacia las escaleras. No podía ser real de ninguna manera. Mi propio padre no podría haberme mentido para encubrir a un pedófilo y vender droga... ¿O sí? Estaba confusa. Muy confusa.
          —¡Clara! –la voz de Juan me perseguía, al igual que sus pisadas– ¡Clara escúchame, por favor!
          No me iba a parar, no. Quería huir de la realidad, quería irme del mundo, quería que todo fuera una mera pesadilla... Pero el momento de despertarme no llegaba. A pesar de las miradas de los extrañados clientes del bar, yo avanzaba por entre las mesas, derribándolas. Empujé las puertas de cristal con estrépito y me encontré en medio de la calle. Sin dudar ni un instante, reanudé mi carrera a través de las gotas de agua que caían del cielo. Oí chapoteos en charcos detrás de mí; supe que Juan no se rendiría.
          —¡Clara!
          Me estaba cansando ya de aquel juego. Me volví. Lo vi allí, empapado por la lluvia. Algunos de sus mechones de pelo, castaños con un tono dorado, le cubrían la frente. Al estar mojados, hacían que, de vez en cuando, unas gotas recorrieran su rostro de arrepentimiento y orgullo. Con sus ojos grises intentaba consolarme, sin lograrlo, pues sus sentimientos chocaban contra mis pupilas de hielo. 
          —¡Es mi padre, Juan! ¿Es que no puedes entenderlo? ¡Conmigo siempre se ha portado bien!
          Entonces no pude más. Aparté la mirada y le di la espalda para que no me viera llorar. Me ahogaba en un mar de pena y culpa, sin posibilidad de nadar hacia ninguna orilla. En aquella situación no sabía qué hacer. Había aceptado que mi padre era un mentiroso y eso me partía el corazón, por lo que ansiaba golpear a Juan. Aunque, por otro lado, deseaba desahogarme en su hombro. No, no sería propio de mí. Noté su presencia un poco más cerca.
          —Heroína –comenzó a hablar–. El Pantasma repartiéndola entre niños a los que previamente había corrompido sexualmente...
          Le oía, pero no le escuchaba. Tenía la cabeza en otra parte muy lejos de la realidad. Me veía con mi padre en el salón de su apartamento tan mal decorado. Recordaba cómo me había contado toda aquella patraña que yo creí porque era mi única esperanza. Esperanza que ahora se desvanecía a medida que las palabras de Juan se introducían en mis oídos.
          —¡Me importa un rábano que después tu padre –comencé a prestar atención de nuevo– te compre unos zapatos con la pasta que saca de ese negocio! ¡Eso no lo hace mejor!
          Suspiré. Era cierto aquel punto. Me concedía bastantes caprichos con un dinero sucio, que yo pensaba que era limpio. Me sentí mal por aquellas víctimas del Pantasma, por aquellas vidas destrozadas.
          —Lo siento. Perdona –dije mientras comenzaba a caminar, dispuesta a marcharme de su lado; no podía soportar que me siguiera torturando de tal forma.
          —Yo también lo siento –me paré en seco–. Pero tengo que hacerlo. Tienes que entenderlo, y lo entenderás... Tal vez no ahora ni dentro de un rato, ¡pero acabarás comprendiéndolo y me darás la razón! ¡Me sabe muy mal, Clara, porque..., porque...! –con un susurro añadió– ... porque te quiero.
          Me giré hacia él. Era la primera vez que alguien me decía eso de una manera tan real. Su cabeza estaba gacha. Di unos pasos para colocarme delante de él. Puse mi mano en su barbilla y lo obligué a mirarme a los ojos, suavemente. De ellos brotaban unas tímidas lágrimas que brillaban como cristales. La lluvia daba un toque romántico y dramático a la escena.
          —Pensarás que estoy loco...
          —Sí. Loco por mí... –lo interrumpí.
          Me pegué un poco más a él, tanto que nuestros cuerpos casi se rozaban y nuestras bocas quedaron peligrosamente cerca. Era como si un aura mágica nos envolviese. Desvió de mí su mirada, ruborizado. Su respiración se aceleraba, al igual que los latidos de su corazón, que eran audibles.
          —Si vas a abofetearme o algo –sugirió–, hazlo ya y no me hagas ilusiones... Porque sé que es imposible, soy demasiado poco para ti...
          —¿Quién dice eso? ¿Te lo has inventado tú, verdad? –Juan iba a responder, pero yo proseguí– No seas así contigo mismo... ¿Y si te digo que te quiero yo a ti también?
          —Pensaría que lo dices para que no me sintiera mal...
          Me aproximé un poco más y, tras besarle la mejilla, le confesé:
          —Te quiero...
          Lo estreché contra mí. Él no correspondió al abrazo directamente, pero, cuando lo hizo, nos fusionamos en un solo ser. Cualquiera que nos hubiera visto de lejos, entre la niebla, habría pensado que allí había una única persona, no dos. Sentí sus cálidos brazos rodeándome la cintura, con fuerza. Posó sus labios en mi cuello. Luego los guió hasta mi oreja.
          —No te marches –sollozó–, por favor... Ahora no...
          Con algo de esfuerzo me separé de él para hablarle más seriamente.
          —Mira, ya sabes que tengo que irme... Y puede que no te vuelva a ver más... Por eso...
          No pude continuar; no podía pensar en nada más, aparte de aquel beso que ahora Juan me brindaba. Era un beso lleno de sinceridad, un beso lleno de amor, un beso lleno de súplicas... De repente, un torrente de algo que no había sentido antes me corroyó por dentro. Decidí escaparme de mí misma, dejé de ser yo por unos instantes y me abandoné a merced de las olas del tsunami que invadía mi corazón. Acaricié su pelo mojado y busqué sus manos para entrelazar sus dedos con los míos; temía que ese momento terminase.
          —¿Te quedarías... por mí? –preguntó inesperadamente.
          —Tal vez... –mentí; en realidad sí quería– Es que no sé si esto funcionará... Dudo de...
          —¿Dudas? ¿Dudas de lo que siento por ti? ¿Dudas de nuestra relación? ¿Dudas de lo que sería capaz de hacer para que te quedes? Espero que esto te valga como respuesta...
          De uno de sus bolsillos sacó la maldita foto; posiblemente la había recogido. Tras mirarla detenidamente unos segundos, intentó romperla. Le temblaban las manos y un leve sudor frío era visible en su frente.
          —No... No puedo –declaró por fin–. Soy un cobarde... No soy capaz de destrozar un simple trozo de papel por alguien que amo...
          —Juan... Rómpela... –lo persuadía.
          Parecía que iba a estallar, pero logró contenerse por unos segundos. Luego bramó:
          —¡Tú lo ves tan fácil! Esto es una cosa o la otra, no hay término medio... Si rompo la foto todo mi trabajo será en vano, el Pantasma seguirá violando y tu padre vendiendo droga... Si no lo hago me sentiré bien conmigo mismo –me acarició la mejilla, mientras me miraba con ojos tristes–, pero tú te irás de mi lado, y eso es lo que más me duele... –tras una pausa añadió– Lo siento.
          Al acabar se guardó la foto de nuevo y fue a abrazarme, pero lo rechacé bruscamente.
          —Clara, no creo que algo tan tonto como esto cambie lo que sientes por mí...
          —¡Sí que lo hace! ¡Sí que lo hace! –le grité furiosa– Mi padre estará en la cárcel y yo me mudaré por tu culpa. ¡No voy a poder perdonártelo!
          Sin despedirme si quiera, retomé mi camino.
          —Te quiero... –escuché cuando doblaba la esquina.
          —Ya... Olvídalo, Juan...

          Esas fueron las últimas palabras que intercambié con él. Han pasado unos diez años desde entonces. Ahora no sé si aún está enamorado de mí, si aún es "detective privado", o si aún está vivo, pero lo que tengo claro es que hasta un ciego vería que me comporté como una niña pequeña y que marcharme fue un error.
          Llaman al timbre. Abro la puerta. Un muchacho un año más joven que yo, de cabello castaño con un tono dorado y unos ojos grises que, todavía, me suplican perdón.
         

Historia de una escalera

     (Han pasado diez años más. El edificio tiene algunas mejoras, entre otras, un ascensor. La estructura sigue igual de vieja.)

     (TRINI sale del III. En ese momento, ELVIRA también abandona el II.)

TRINI: Hola, Elvira. Buenas tardes.

ELVIRA: Me alegro de verte. Voy al mercado a comprar lo necesario para la cena de esta noche. ¿Vendrás al cumpleaños de mi marido, no?

TRINI: No lo sé, tengo que cuidar de Rosa. Está enferma desde la semana pasada; la edad no perdona. Ahora me disponía a ir a la farmacia para comprar sus medicinas.

ELVIRA: Bueno, seguro que podrás escaparte un ratito. He invitado a todos los vecinos, pero.....no sé quiénes vendrán, por eso estoy preguntando. No puedo permitirme comprar muchas cosas  y tampoco quiero que, después, se estropeen porque nadie se las comió.

TRINI: Te comprendo. Me pasaré esta noche por tu casa para felicitar a Fernando.

ELVIRA: Gracias, Trini. Hasta luego.

(Ambas salen a la calle y cada una va en una dirección. Del I sale el JOVEN.)

JOVEN: Rodolfo, ¿se puede saber qué haces? (Mirando con atención el piso IV del que un SEÑOR BIEN VESTIDO está sacando cajas.)

SEÑOR: Estoy de mudanza. He vendido el piso a muy buen precio y me he comprado una casita en las afueras. No aguanto más este sitio. El edificio es demasiado viejo; cualquier día se viene abajo.

JOVEN: La verdad es que sí. Durante un tiempo pensé que podrían cambiar algunas cosas, pero, después de diez años viviendo aquí, me doy cuenta de que no es así. Yo también he pensado poner mi casa en venta.

SEÑOR: Además, mira las escaleras. Volvieron a poner la misma barandilla, incluso después de que se cayera.

JOVEN: Tienes razón. ¡Pobre Paca!. Toda su vida diciendo que tuviéramos cuidado con la escalera porque estaba en mal estado y, al final, fue ella la que murió. Bueno y.....¿se puede saber a quién has encaramado este antro? 

SEÑOR: A un matrimonio joven. Estaban buscando piso por esta zona, porque, según dicen, tienen familiares cercanos. Al enterarse de que mi apartamento estaba en venta decidieron quedárselo.

JOVEN: No tendrán muchos recursos cuando han decidido vivir aquí.

SEÑOR: Al contrario, parecen de clase alta. El día que vinieron a ver el piso, iban muy bien vestidos y, según me dijeron, él es un empresario muy famoso y ella es profesora. Lo más raro es que me han pedido que les deje una tarta en la nevera.

JOVEN: Pues no sé lo que han visto de bonito aquí. Bueno, te dejo que sigas con la mudanza. Hasta luego.

(El JOVEN entra en su casa. URBANO y CARMINA salen del III.)

URBANO: Mira querida, otro que se va. Normal, este edificio está cada día peor.

CARMINA: No te quejes tanto, Urbano. Sabes que no podemos permitirnos nada mejor. Vamos a dar un paseo y a olvidarnos de las preocupaciones.

URBANO: Tienes razón. Vamos querida, pero camina despacio. Recuerda que el médico te dijo que no hicieras mucho esfuerzo. 

CARMINA: ¡Mira! ¿Te acuerdas de este pañuelo? Lo tejió Carmina cuando tenía quince años. Pensaba que lo había perdido, igual que perdimos a nuestra hija.

URBANO: Ella decidió irse. Espero que le vaya bien allá donde esté.

(Se disponen a bajar las escaleras cuando ELVIRA está subiendo.)

CARMINA: Buenas tardes.

ELVIRA: Muy buenas. Por cierto, quiero invitaros al cumpleaños de Fernando. Lo celebraremos esta noche. Sé que no hemos tenido mucha relación, sobre todo desde que los chicos se fueron, pero creo que ya es hora de poner fin a esta situación.

URBANO: No creo que....

CARMINA: (Dándole un codazo.) Iremos, creo que no habrá ningún problema.

ELVIRA: Estupendo. Os esperamos esta noche para cenar.

(ELVIRA entra en su casa).

URBANO: ¿Por qué has dicho que sí?

CARMINA: Pienso que es hora de que empecemos a llevarnos bien.

(Salen de la escena.)

(Es de noche y va a dar comienzo la fiesta de cumpleaños.)

(TRINI sale de su casa con un vestido sencillo, pero que le sienta muy bien. Llama a la puerta del II. Sale MANOLÍN.)

MANOLIN: Hola, Trini. Me alegro de que, finalmente, hayas podido venir.

TRINI: Yo también estoy contenta de poder acompañaros.

MANOLIN: Espero que esta noche podamos hablar.

TRINI: Manolín, ya sabes lo que pienso sobre estar juntos. Es imposible; podría ser tu madre. Soy bastantes años mayor que tú.

MANOLIN: Ya, pero eso no me importa. Yo te quiero, Trini.

TRINI: Después hablamos. Ahora déjame entrar para felicitar a tu padre y agradecer la invitación que me ha hecho tu madre.

MANOLIN: Adelante, pasa. ¡Mamá, papá, ha llegado Trini!

ELVIRA: ¡Que alegría me da verte! Manolín, deja la puerta abierta para que entren los demás invitados.

(El JOVEN entra por la puerta con un regalo entre las manos.)

FERNANDO: Pasa, muchas gracias. No tendrías que haberte molestado en comprar nada.

JOVEN: Es lo menos que podía hacer, después de lo bien que os habéis portado conmigo desde que llegué al bloque.

(URBANO y CARMINA entran en la casa. Vienen acompañados de ROSA quien, al tener dolores en las piernas, no puede apenas andar.)

ELVIRA: Gracias por venir. Rosa, siéntate en este sillón, ya verás lo cómodo que es.

ROSA: Muchas felicidades, Fernando. Gracias por tu hospitalidad, Elvira.

CARMINA: ¡Qué casa tan bonita tenéis y qué apetitosa parece la comida!

URBANO: Es verdad. Si me disculpáis, iré a hablar con Fernando.

MANOLIN: Voy a cerrar la puerta. Ya estamos todos.

(Los presentes empiezan a comer y charlar. Dos personajes entran en el edificio cargados de maletas. Las dejan en el IV. Cogen la caja con el pastel y se dirigen a la puerta del II. Llaman al timbre.)

ELVIRA: ¿Quién será?. No he invitado a nadie más. (Abre la puerta. La bandeja que lleva en las manos cae al suelo.)

FERNANDO: Elvira, ¿qué ocurre?

(Elvira empieza a llorar y abraza a uno de los personajes.)

URBANO: ¡Carmina, hija mía!

FERNANDO: ¡Mi hijo, mi hijo ha regresado!

CARMINA: ¡Carmina, Carmina! 

(Los dos personajes, después de recibir los abrazos de todos los presentes, entran en la casa.)

FERNANDO (Hijo): Pensábamos que en un cumpleaños no podía faltar una tarta y hemos decidido traerla.

CARMINA (Hija): Además, tenemos una buena noticia que daros. El próximo mes de febrero seremos padres y queremos que nuestro hijo crezca en este edificio.

ELVIRA: Esa es una magnífica noticia.

CARMINA: ¡Qué contenta estoy de que hayáis vuelto!

(Todos se divierten. Al cabo de unos minutos empiezan a marcharse.)

CARMINA (Hija): Fernando, yo voy yendo para casa, que tenemos que deshacer el equipaje.

FERNANDO (Hijo): De acuerdo. Yo ayudaré a mi madre a recoger y enseguida te acompaño.

(CARMINA entra en el IV.)

FERNANDO: Hijo, ¿puedes venir un momento? Tengo que hablar contigo.

(Los dos se dirigen al portal.)

FERNANDO: Quiero que sepas que estoy muy orgulloso de tí.

FERNANDO (Hijo): Gracias, papá. ¿Por qué me dices esto?

FERNANDO: Porque has conseguido todo lo que yo quise tener una vez, hace mucho tiempo; pero, por las circunstancias de la vida, no alcancé. Quizás, no luché lo suficiente por conseguir mi sueño.

FERNANDO (Hijo): Papá....buenas noches. Estoy muy contento de encontrarme otra vez en casa.   

(FERNANDO entra en el IV.)

TELÓN.
 

Desde otra perspectiva.

Tras el incidente del teleférico decidí irme a mi casa. Manolo estaba muy enfadado. Cogí mi coche y fui directo hacia allí. Carolina no estaba, ya que se encontraba trabajando en su clínica. De ese modo yo tendría tiempo para pensar, para poner las cosas en orden. Encerré el coche en mi cochera y subí los escalones que me llevarían a la puerta de mi apartamento. Todo estaba oscuro, pero tenía el presentimiento de que estaba siendo observado. Un escalofrío me recorrió de arriba hacia abajo y miré hacia atrás... Nada, todo vacío. Decidí aligerarme y llegar lo más rápido posible a mi habitación. Entré. Cerré la puerta velozmente tras de mí. Llevaba varios meses enredado en un tema de fraude y me habían echado del trabajo por ello. "Joder, si no tuviera este instinto de detective privado y la avaricia que tengo...". Era tiempo de reflexionar mi próximo movimiento, me había involucrado mucho en el caso como para dejarlo ahora y que no resultase sospechoso. Coloqué el sillón en dirección a la ventana. Llovía constante pero no muy fuerte y aún así se podía ver la Luna y el gran resplandor que emanaba de ella. Pensé en mi pasado, en cómo había cambiado todo y cómo a mí no me había importado nada. Y de momento llegó Teresa a mi cabeza... "No todo me resultaba indiferente, ella no." Desde que dejó a Manolo, ¡qué demonios!, desde el principio estuve enamorado de ella. La frescura de su voz, su mirada intensa y su sonrisa, que hacía que me quedase anonadado. Estuve pensando... pero con el sonido rítmico de la lluvia y el no parar de hacer cosas durante la semana vencieron mi sueño.

Cuando desperté supuse que Manolo había estado allí ya que me había dejado una nota. Decía así:

Luis Mary, necesito verte y que me expliques que cojones pasaba el día de la persecución. Quedamos a las 11h en la buhardilla, donde siempre.

Me vestí rápidamente y me fui directamente hacia allá. Cuando me puse la chaqueta olí el perfume de Carolina. Hace dos noches fue estupendo, sin recordar que tenía al enemigo en casa. Cogí el coche y me dirigí hacia nuestra antigua buhardilla. Este sitio lo utilizábamos para resguardarnos de la realidad. Recuerdo que cuando había muchos exámenes, todo nuestro grupo de amigos, solíamos ir allí y nos los pasábamos realmente bien. Manolo siempre quiso ser un escritor y allí bromeaba diciendo que sería el escenario perfecto de un crimen sin resolver. Ahora, sólo lo visitamos él y yo para beber y fumar.
Cuando llegué ya estaba allí, sentado donde siempre se colocaba Teresa.

—Hola –dije, sabiendo que no me correspondería otro como respuesta.

Se levantó bruscamente y se puso muy cerca de mí. Me miró con actitud desafiante y cabreado.

—Dime, ¿qué pasaba el otro día cuando estuvimos persiguiendo al duendecillo aquel? ¿Por qué razón nos esperaban dos matones?

Lo miré a los ojos con infinita envidia y repugnancia.

—Mira, si quieres ayudarme hazlo. Pero no vengas reclamando querer saber nada, porque no tienes el derecho. Si quieres ser útil, lo único que tienes que hacer es guardarme esa cartera negra en tu casa.

Hubo un incómodo silencio. Dije mis palabras con bastante tranquilidad y quizás fue una de las cosas que hizo que el ambiente estuviera más tenso.

—No sé, déjame pensarlo. Si te soy sincero y tú lo sabes bien, yo nunca he sido un tío muy valiente, pero no me gustaría dejarte solo en esta situación difícil... –y dicho esto, se desplomó en el sofá. Al hacerlo, miles de partículas saltaron en el aire. La luz de la mañana calentaba aquel lugar y se estaba a gusto– Por cierto, una pregunta ¿qué es aquella libreta? La estuve ojeando antes de que vinieses, pero no he visto gran cosa.

—Estoy... escribiendo una novela –respondí con resignación–, pero más que eso, es un diario. Apenas sigo ya, no tengo el tiempo necesario, pero he decidido dejarlo por aquí por si en un futuro... me apetece echarme unas risas.

—Um... Me voy Luis Mary. Y pensándolo mejor, no quiero que me involucres en nada de ese tema. -dijo dándome la espalda y dirigiéndose a las escaleras–. Es más, no quiero que contactes conmigo en ningún momento.

Me quedé callado, no hice ningún comentario al respecto, en realidad, me esperaba esa respuesta por parte de Manolo.



sábado, 19 de abril de 2014

La metamorfosis

    - Han pasado ya cuatro años desde la muerte de Gregor, y la familia Samsa se ha mudado a un pueblo de las afueras de París, concretamente, concretamente a Versalles, donde decidieron empezar una nueva vida sin preocupaciones y sin miedos.

 - Llevaban un día a día muy cotidiano y rutinario: La primera en levantarse era la Sr. Samsa que hacia el desayuno, ya que en su casa no contaban con una sirvienta, más tarde sobre las diez ya estaba despierto el Sr. Samsa y  solía  ser Grete la última en levantarse.
- Buenos días Grete, ¿a qué hora llegaste anoche de trabajar?, cariño - dijo la Sr Samsa a Grete paulatinamente.
- Llegue a las once pasadas. - Respondió Grete con la boca llena.
-  ¿Cuánto han pagado esta semana. - pregunto el Sr Samsa demostrando interés.
- ¡ Lo de siempre ! - exclamó cortante Grete, a la vez que se levantaba de la mesa de la cocina, donde estaban los tres desayunando y se dirigió a su habitación. Acto seguido dando  un portazo , se dispuso a hacer su cama, vestirse y asearse para ir a recoger a su amiga y poner rumbo hacia su trabajo.
- ¡ No aguanto más ! - exclamó la Sr Samsa dando con el puño en la mesa, agresivamente y derramando un mar de lágrimas.
- Yo también me siento igual de mal. - La respuesta del Sr. Samsa ponía un punto en esa intensa conversación.

- Eran las doce cuando llegó a casa Grete, sus padres la esperaban despiertos en el sofá, querían hablar con ella de un asunto muy importante si querían seguir con sus vidas y que no hubiera conflictos entre ellos. Cuando Grete se sentó en la mesa, y tras pasar un largo e intenso minuto el Sr. Samsa preguntó:
- ¿ Ya no os acordáis de Gregor ? - preguntó el Sr. Samsa.
- Sí. - dijeron ambas al mismo tiempo.
-Pues bien, él hubiera querido seguir con nosotros, pero la vida no se lo permitió, ¿ y sabéis porqué ?, porque el amaba su día a día, le encantaba levantarse por las mañanas temprano para ir a trabajar y así poder traer un sueldo a casa para pagarte las clases de violín a ti, Grete, y para pagar al casero. Y es que, yo me acuerdo a menudo de él, y creo que fue un grave error aquello que hicimos en su día, pero ya no se puede remediar, hay que seguir con nuestras vidas y mantenerlo vivo en nuestros corazones, su vida rutinaria y aburrida lo llevó a convertirse, a lo largo del tiempo, en un engendro sin sentimientos, pero todo tiene dos salidas, la buena y la mala, y nosotros escojimos la mala. Hay que aprender a tomar decisiones, y tenemos que pensar las cosas antes de hacerlas, por favor, aunque ya no esté Gregor, intentemos no tener conflictos, seamos felices, todos juntos. - reflexionó el Sr. Samsa.

-Era evidente que nunca más fueron idóneos los sentimientos y reacciones en la familia Samsa, el paso del tiempo dejó paso a  los sentimientos de frialdad y desconfianza que entre ellos  estaban presentes y pesaba  el vacío del drama que les tocó vivir, a pesar de haber dado un nuevo sentido a sus vidas.