miércoles, 4 de diciembre de 2013

Los relatos, 1. Orientación de los gatos.

Me quedé perplejo, todos mis esquemas estaban rotos. Alana, mi Alana, la que yo ahora creía conocer, ya no era más que la antigua Alana, alguien a la que yo no consigo comprender. Tomamos un café en la plaza, algo que solíamos hacer. Charlábamos y reíamos, pero yo me encontraba solo, en una mar sin horizonte. La miraba perplejo, sin saber lo que ella veía. Sin saber ciertamente nada de ella. Llegamos a casa. Ahí estaba Osiris en la puerta, examinándonos, quieto y silencioso. Alana lo cogió mientras yo iba al baño. Me lavé la cara y me estudié en el espejo, vacío. Salí, miré a Alana. Estaba loco por ella. La observé, y me respondió la mirada con una sonrisa de satisfacción. Ella iba más allá de lo inalcanzable, ¿qué observaba en mi? Sus ojos mostraban el espacio y yo no era capaz ni de encontrar un pequeño planeta. No era capaz de resolver el puzzle, su puzzle, único, especial y aterrador. No podía dormir, me levanté y me acerqué a ella. Contemplándole, intentando de penetrar mi mirada en su mente, en ella al completo. Y nada no hubo ni una pieza. Salí a la cocina y me eché un vaso de whisky, a mi lado Osiris analizándome. Igual que Alana. ¿Cómo iba a ser capaz de descifrar a Alana, cuando ni si quiera era capaz de aclararme sobre un pequeño gato?

Allí estaba yo, paralizado, en la cocina. En mi mano derecha un cigarro consumiéndose lentamente. En la izquierda un vaso de whisky. El hielo ya estaba casi derretido. Me encontraba con la mirada perdida en algún punto de la pared. Pasaban los minutos y yo seguía allí, con mi vaso. Fui a recargarlo, pero ya no quedaba nada en la botella. Me sentí estúpido. Empecé a buscar algún frasco repleto de cualquier líquido alcohólico que calmara mi sed. No encontré nada. Resignado tuve que coger y echarme un poco de coca-cola de la barata (me repugnaba su sabor). Fui a por otro cigarrillo, pero ya no quedaba ninguno más en la caja de Chester. Salí de la cocina con mi vaso repleto de coca-cola en la mano izquierda. Me senté en la mesa del salón, y de repente me vino un bonito recuerdo a la mente. Nuestra primera cita, nuestra primera noche. Habíamos sido amigos durante más de tres años, y en aquel crepúsculo todo cambió.

Salimos a la calle a dar una vuelta. Ella iba con un precioso vestido negro de tirantes con vuelo suelto. Y yo iba... sinceramente no me acuerdo. Lo importante de esa noche no era yo, era Alana. Fuimos de bar en bar tomando tapitas y bebiendo cervezas. Nos encontramos con uno de los años ochenta con música en directo y decidimos entrar allí. Estuvimos dos horas, y cuando acabó el concierto nos fuimos a mi casa. Nos sentamos uno en frente del otro divididos por la gran mesa de madera del salón. Sobre ella una botella de Jack Daniels y una baraja de cartas.

- Quien pierda bebe. - Dijo Alana con una sonrisa picarona y con el puntito tomado.

- Pues tendré que dejarte ganar jajaja. - Contesté yo de igual modo.

Me miró y empezó a repartir las cartas. Las horas pasaron, la botella estaba vacía y los dos estábamos muy bebidos. Se sentó en la mesa y tiró las cartas, la botella y los vasos. Me coloqué junto a ella. Mis ojos fijos en sus labios, los suyos en los míos. Cada vez más cerca, mucho más cerca. Su respiración sobre mi cara. Cada vez más cerca. Nuestros labios se rozaban... Lo que pasó a partir de ahí solo ella, la mesa, el tiempo y yo lo sabíamos. Las horas pasaron y nos juraron guardar el secreto.

Ya había amanecido cuando decidimos dormirnos. El Sol nos daba en la cara. Mientras ella dormía plácidamente en la cama yo me levanté, cerré la cortina y me quedé mirándole. Era hermosa, en aquel preciso momento me lo pareció muchísimo más.

- Miauuuuuuu. - Maulló Osiris despertándome de aquel mágico recuerdo.

Lágrimas caían sobre mi cara. En aquellos momentos no me daba cuenta de todo aquel tesoro escondido que ella poseía. Las lágrimas caían sin cesar. Estaba borracho. Fui al cuarto y me quedé observándole. Le acaricié el pelo con mi mano izquierda, y poco después salí de la sala. Que asquerosa estaba aquella coca-cola que sobre mi vaso yacía ahora caliente.

- ¿Después de tanto tiempo como no consigo conocerte? - Me repetía incesantemente una y otra vez.

Las lágrimas seguían cayendo sobre mis mejillas.

- Eres imposible, eres mágica. Me estás enloqueciendo. ¿Cómo puedes hacerme esto? Con todo lo que yo te quiero. No tienes derecho a ser así. ¿Por qué no te muestras, eh? - Tiré con rabia el vaso al suelo. Sentía como mi cuerpo ardía de odio, locura y coraje. - Si yo ardo tu arderás conmigo.

Rompí las cortinas y las eché sobre la gran mesa del salón. Abrí el gas de la cocina. Desde la puerta empecé a arrojar cerillas de un lado a otro. Las cortinas empezaron a arder, y poco después la mesa. La cocina impregnada del gas también empezó a arder. Salí de la casa cerrando la puerta con llave. Osiris empezó a maullar. Las llamas se veían desde las rendijas de la puerta. Alana gritaba sin cesar con angustia y desolación. Los gritos eran aterradores. Desde el otro lado de la puerta la escuchaba toser y llorar. No paraba de gritar era horrible. De pronto un pequeño golpe, y poco después, silencio.

- ¡¿Qué he hecho?! - Me grité a mi mismo.

Abrí la puerta, y en el suelo me encontré a Alana tumbada y con fuego en las piernas. Me agaché para cogerla pero en ese instante cayó del techo una barra de madera ardiendo sobre mi espalda. De repente me vino a la mente todos los recuerdos con Alana, todo lo que había llegado a saber de ella. Todo.

- Perdón. Siempre he sabido como eras. Yo tenía todas las piezas de tu puzzle, pero yo mismo cerraba los ojos para no verlas. Ahora he roto el rompecabezas. La maravilla más perfecta. Tú. - Conseguí decirle entre tos y desolación a Alana en el oído. A la vez, una lágrima caía por mi cara. Y la vida se me iba.

Allí estábamos los dos ardiendo, mi mano izquierda agarrando la suya, negándose a soltarla.

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