Sagrario se acomodo en su casa y con la ayuda de Alejandra pudo descansar tras el parto. Mientras Regina se dirigía a casa de esta para ayudar.
De camino se chocó con un joven de su edad se pidieron disculpas. y siguieron su camino. Al llegar se pusieron manos a la obra para las necesidades de Sagrario.
Regina le contó lo sucedido a Alejandra y esta le explicó que era su primo Alberto. Un Atrevido deportista leal y la última característica fue "Soltero". Al escuchar esto Regina se emocionó ya que no tenía pareja y el podría serlo.
Unos días más tarde Regina y Alberto quedaron en una cafetería para conocerse.
-Alberto.
-Sí soy yo. ¿Tú eres Regina, nó?
-Sí.
Tras unas horas de conversación llegó la despedida de la que la joven quería huir. Descubrió muchas cosas de este personaje como que era escalador al igual que ella , etc.
Pasaron semanas y semanas, hasta meses, de citas y llegó la hora de la confirmación de la relación.
-Hola Regi.
-Hola- Sonrió.
-Tengo una duda de nuestro rollo
-Así, haber cuáles.
-¿Vamos enserio? Porque desearía saberlo.
-Yo pienso que sí ¿no?
-Yo, yo, YO TE AMO, eres el amor de mi vida y pienso que si esto no ha sido una relación e sido tonto al creerlo ...
Antes de terminar la oración Regina se levanto y le beso con tal pasión que pensaban que estaban en otra galaxia o mundo.
miércoles, 4 de diciembre de 2013
La isla del tesoro.
Al volver a Irlanda empecé a redactar cada hechos que habían sucedido en aquella trágica y exitosa aventura. Pero desconocía el origen de todo, por qué Flint decidió esconder sus riquezas, cómo llegó el mapa al poder de Billy... Todo era misterioso y sombrío. Así pues emprendí una búsqueda minuciosa de información. Pasados incontables meses por fin descubrí todo lo que había ocurrido.
Flint era un pirata ambicioso, sanginario, obsesivo y más que un poco demente. Dedicó toda su vida a la caza de tesoros. Hasta que de repente se cansó de su estilo de vida y lo empezó a hacer todo a la inversa. Encontró una buena goleta, el Walrus, y organizó una tripulación cuyos dirigentes eran él como capitán, Billy Bones, segundo de a bordo; Jonh Silver, contramaestre; y Israel Hands, astillero. Entre ellos también estaban Pew, Perro-Negro, Ben Gunn y Allardyce.
-¡Todos a bordo!- Exclamó Flint.
- Es todo un placer ser su segundo.- Contestó Billy con emoción.- No se descepcionará de mi trabajo.
Ya estaban todos en cubierta, y listos para empezar. El viaje emprendió. Varias noches frías quedaban por pasar, pero se hacían más leves con las constantes rondas de ron y grog que se servían y las canciones inevntadas como:
Quince Hombres van en el Cofre del Muerto.
¡Ron, ron, ron! Una botella de ron.
Al anochecer, el vigilante alzó la voz con solo una única palabra:
-¡Tierra!¡Tierra!
Todos se apresusaron para ver la majestuosa isla que se escondía bajo la niebla del ocaso. A la salida del alba se disipó la nublina y seis piratas bajaron a tierra transportando 20 kilos de riquezas. Flint, Allardyce, Ben, Liam, Cullen y Aidan fueron los que bajaron a tierra y nuevo se quedaron en el barco.
Tras enterrar el tesoro, Flint asesinó a los que le ayudaron, menos a Ben que consiguió escapar y ocultarse en la isla. El cuerpo de Allardyce fue utilizado como pista para encontrar el cofre.
A las cabo de dos semanas se vio por primera vez un movimiento desde la tierra al navío. Se acercaba un bote, pero muy lentamente. Cuando ya estaba a cierta distancia Pew vio que solo volvía Flint.
Al llegar todos corrienron hacia su capitán:
- ¿Dónde están los demás?
- Ya no existen.- Contestó Flint serio.
El viaje fue un verdadero infierno, ya no había copas de ron ni canciones piratas. Flint se volvió en un demente a quien nadie era capaz de desafiar, pues los tres que lo intentaron dos acabaron cojos y otro ciego.
Al llegar al puerto, Flint le entregó el mapa diseñado por él a Billy.
-Billy deposito total confianza en ti, te entrego esto. He de hacer un último viaje y no uno cualquiera, uno eterno. Ve a un lugar escondido y alejado donde nadie pueda encontrar el mapa. Por último, <<¡Piezas de a ocho!>>, que no se te olvide.
Billy no pidió explicaciones, permaneció callado y buscó ese lugar alejado, que no iba a ser otro que mi taberna, Almirante Benbow.
Flint era un pirata ambicioso, sanginario, obsesivo y más que un poco demente. Dedicó toda su vida a la caza de tesoros. Hasta que de repente se cansó de su estilo de vida y lo empezó a hacer todo a la inversa. Encontró una buena goleta, el Walrus, y organizó una tripulación cuyos dirigentes eran él como capitán, Billy Bones, segundo de a bordo; Jonh Silver, contramaestre; y Israel Hands, astillero. Entre ellos también estaban Pew, Perro-Negro, Ben Gunn y Allardyce.
-¡Todos a bordo!- Exclamó Flint.
- Es todo un placer ser su segundo.- Contestó Billy con emoción.- No se descepcionará de mi trabajo.
Ya estaban todos en cubierta, y listos para empezar. El viaje emprendió. Varias noches frías quedaban por pasar, pero se hacían más leves con las constantes rondas de ron y grog que se servían y las canciones inevntadas como:
Quince Hombres van en el Cofre del Muerto.
¡Ron, ron, ron! Una botella de ron.
Al anochecer, el vigilante alzó la voz con solo una única palabra:
-¡Tierra!¡Tierra!
Todos se apresusaron para ver la majestuosa isla que se escondía bajo la niebla del ocaso. A la salida del alba se disipó la nublina y seis piratas bajaron a tierra transportando 20 kilos de riquezas. Flint, Allardyce, Ben, Liam, Cullen y Aidan fueron los que bajaron a tierra y nuevo se quedaron en el barco.
Tras enterrar el tesoro, Flint asesinó a los que le ayudaron, menos a Ben que consiguió escapar y ocultarse en la isla. El cuerpo de Allardyce fue utilizado como pista para encontrar el cofre.
A las cabo de dos semanas se vio por primera vez un movimiento desde la tierra al navío. Se acercaba un bote, pero muy lentamente. Cuando ya estaba a cierta distancia Pew vio que solo volvía Flint.
Al llegar todos corrienron hacia su capitán:
- ¿Dónde están los demás?
- Ya no existen.- Contestó Flint serio.
El viaje fue un verdadero infierno, ya no había copas de ron ni canciones piratas. Flint se volvió en un demente a quien nadie era capaz de desafiar, pues los tres que lo intentaron dos acabaron cojos y otro ciego.
Al llegar al puerto, Flint le entregó el mapa diseñado por él a Billy.
-Billy deposito total confianza en ti, te entrego esto. He de hacer un último viaje y no uno cualquiera, uno eterno. Ve a un lugar escondido y alejado donde nadie pueda encontrar el mapa. Por último, <<¡Piezas de a ocho!>>, que no se te olvide.
Billy no pidió explicaciones, permaneció callado y buscó ese lugar alejado, que no iba a ser otro que mi taberna, Almirante Benbow.
Morirás en Chafarinas. Continuación
La oscuridad invadía por completo mi visión, pero al fin logré divisar en lo profundo de la niebla una misteriosa sombra. Me resultaba un tanto familiar, o tal vez no. Esa noche era exactamente como la última que viví en Chafarinas. Nada parecía lo que en realidad era. De repente un timbrazo en el oído logró despertarme. Fui a contestar.
-Amigo Jaime abre. Hassán aquí de nuevo.
No podía creerlo. Estaba anonadado. Llevaba siglos sin oír esa voz,y me alegraba completamente poder hablar de nuevo con él.
-¿Jaime?...¿Tú estar ahí?
-...Sí... Sí... Estoy aquí. ¡Cuánto tiempo Hassán!
-Abre, Hassán tener que contarte muchas cosas.
Salí pitando a abrirle, le invité a tomar algo,y me contó todo.
-¿Tú recordar Lavandería Moderna?- Preguntó Hassán con tono serio-.
-Claro... ¿Por qué lo dices?
-Mi hermano trabajar antes allí. Él Said.
Inmediatamente relacioné parecidos y continué.
-¿Said era hermano tuyo?
-Sí, pero él morir un jueves en Lavandería. Yo descubrir todo, y quedarme con todo también.- Explicó Hassán sin mucha pena y con cierto toque de picardía-.
-¿Quedarte con todo?
-Sí, en Lavandería Moderna haber mucho dinero escondido. Yo comprar Ferrari con él y muchas más cosas.
Ahora todo encajaba. Contreras y Gayarre escondían el dinero en algún lugar de la Lavandería para que nadie sospechara nada. Al no volver ninguno, Hassán se había apoderado de todo, y como premio se ganó ese lujoso Ferrari.
-Yo aquí para proponerte cosa.- Continuó Hassán con su peculiar acento-.
-Dime. Te escucho.
-Yo tener mucho dinero. ¿Tú querer venir conmigo a Ibiza? Allí mucha fiesta me han dicho. Buen lugar para gastar dinero. ¿Tú qué responder?
No podía creerlo. Debería haber respondido negativamente. Ahora estoy aquí
con Hassán y unos colegas viviendo la vida loca. Me ha venido bien un cambio radical, aunque creo que me mudaré pronto a Barcelona. A pesar de todo sigo queriendo descubrir qué pasó con Cidraque, y pienso que allí podré conseguirlo.
-Amigo Jaime abre. Hassán aquí de nuevo.
No podía creerlo. Estaba anonadado. Llevaba siglos sin oír esa voz,y me alegraba completamente poder hablar de nuevo con él.
-¿Jaime?...¿Tú estar ahí?
-...Sí... Sí... Estoy aquí. ¡Cuánto tiempo Hassán!
-Abre, Hassán tener que contarte muchas cosas.
Salí pitando a abrirle, le invité a tomar algo,y me contó todo.
-¿Tú recordar Lavandería Moderna?- Preguntó Hassán con tono serio-.
-Claro... ¿Por qué lo dices?
-Mi hermano trabajar antes allí. Él Said.
Inmediatamente relacioné parecidos y continué.
-¿Said era hermano tuyo?
-Sí, pero él morir un jueves en Lavandería. Yo descubrir todo, y quedarme con todo también.- Explicó Hassán sin mucha pena y con cierto toque de picardía-.
-¿Quedarte con todo?
-Sí, en Lavandería Moderna haber mucho dinero escondido. Yo comprar Ferrari con él y muchas más cosas.
Ahora todo encajaba. Contreras y Gayarre escondían el dinero en algún lugar de la Lavandería para que nadie sospechara nada. Al no volver ninguno, Hassán se había apoderado de todo, y como premio se ganó ese lujoso Ferrari.
-Yo aquí para proponerte cosa.- Continuó Hassán con su peculiar acento-.
-Dime. Te escucho.
-Yo tener mucho dinero. ¿Tú querer venir conmigo a Ibiza? Allí mucha fiesta me han dicho. Buen lugar para gastar dinero. ¿Tú qué responder?
No podía creerlo. Debería haber respondido negativamente. Ahora estoy aquí
con Hassán y unos colegas viviendo la vida loca. Me ha venido bien un cambio radical, aunque creo que me mudaré pronto a Barcelona. A pesar de todo sigo queriendo descubrir qué pasó con Cidraque, y pienso que allí podré conseguirlo.
Continuación Alicia en el País de las Maravillas
Alicia fue a merendar como su hermana le dijo. El día continuó y acabó siendo como otro cualquiera. Durante años, Alicia llevó una vida feliz hasta que, cuatro años después, las brasas de la chimenea incendiaron una cortina del salón de su casa. Alicia, que había salido al jardín, observó como ardía su casa, con su familia aún en el interior. Sólo se puedo salvar un pequeño osito chamuscado que protegió con su vida. Se vió obligada a hospedarse en el orfanato, mayoritariamente obligada por la ley, pero el trágico accidente la marcó de por vida. Se sentía culpable por lo sucedido, y de una forma u otra, sus remordimientos siempre acababan manifestándose de la misma forma.
En el psicólogo, Alicia narraba las numerosas visitas a su país imaginario, llegando a tal punto que pasó a ser parte de su vida cotidiana. Para ella, existían dos realidades: el país de las maravillas y el mundo real. Cuantas más veces visitaba el país en sus sueños, mejor conocía a sus criaturas y habitantes. Entre todas sus visitas, destaca una en la que Alicia recuerda haber sido ejecutada. Esta historia, como la mayoría que contaba Alicia, estremecía a los psicólogos, que ya se habían dado por vencidos con su caso.
Alicia abrió los ojos en medio de un bosque, cosa normal porque cada vez que despertaba, se encontraba en un lugar diferente. Gracias al tiempo y la experiencia, pudo reconocer el bosque. Se trataba ni más ni menos que el bosque en el que se encontraba la mesa del té del sombrerero y la liebre. En todos esos cuatro años, siempre los había encontrado allí, en la misma postura, esperando a que Alicia llegara. Durante ese tiempo, forjaron una amistad "un tanto peculiar". El sombrerero era un hombre bajito, más bien cabezón con pelo corto cubierto por un sombrero más grande que la propia Alicia. Muchos decían que estaba loco. Él, por lo contrario, afirmaba que estaba perfectamente sano. La liebre de mayo siempre acompañaba al sombrerero. Hicieron las paces con el Tiempo, quien con anterioridad les obligó a no poder avanzar de la hora del té. Aun así, continúan en ese estado, según ellos, por amor al té. Para sorpresa de Alicia, éstos no estaban en su mesa, como normalmente deberían.
Alicia sabía que ocurría algo, por lo que preguntó al gato de Cheshire, a quien cogió un gran cariño porque le recordaba a su difunta gata Dina. Éste siempre la intenta ayudar, más indirectamente que directamente. Aun así, no le desea mal alguno a Alicia. En efecto, el gato estaba allí, tan risueño como el primer día.
- ¿Sabes donde están este par? - dijo Alicia, refiriéndose al sombrerero y a la liebre
- Donde todos los demás - respondió el gato, aún sin haberse hecho visible del todo
- ¿Y dónde es eso?
- En el tribunal
- ¿Ha ocurrido algo?
Pero el gato ya había desaparecido. A Alicia no le quedaba más remedio que dirigirse al castillo.
Por el camino, pasó por las casas de varios conocidos: el conejo blanco, la duquesa, incluso la seta de la lombriz, pero ni una sola alma en esos lugares.
Al llegar, Alicia encontró a todo el mundo alrededor de la reina, quien, nada mas verla, gritó:
- ¡Ahí está! ¡Atrápenla! ¡Que le corten la cabeza!
Y en efecto, el tiempo no le afectó en nada a la reina. Seguía aplicando la sentencia de muerte muy a la ligera. Lo que Alicia no se esperaba es que, al contrario que otras veces, le hicieron caso. Los naipes, soldados de la reina, aprisionaron a Alicia y la ataron de manos y pies. Ella estaba confundida, pensando qué hizo mal. Tras un rato, decidió preguntar:
- ¿A qué se debe esta bienvenida?
- ¡Calla, criminal! - gritó uno de los soldados que la mantenían cautiva
- ¡Se te culpa de robo a la casa real, insolente! - respondió la reina, haciendo callar a todos los demás
- Pero acabo de... - intentó objetar Alicia
- ¡Silencio!
Alicia fue arrastrada en contra de su voluntad al estrado, en el que le obligaron a declarar.
- Acabo de llegar, lo juro - intentó excusarse Alicia
- ¡Mentira! ¡Yo la vi corretear con algo en las manos hace un rato! - testificó un gorrión un poco más pequeño que Alicia
- Señor gorrión, cuentenos lo que vio - mandó el rey, intentando apaciguar a todos
- Cuando salí de mi casa, a eso de las 9 de la mañana - comenzó a declarar, mirando su reloj de bolsillo - vi a Alicia dirigirse hacia este mismo castillo. Parecía tener mucha prisa, por lo que desistí de interponerme. Después, la volví a ver recorriendo el camino inverso, con algo brillante en las manos aunque no pude identificar de qué se trataba.
- ¡Mi collar! - gritó la reina
- Puede - contestó el gorrión
- ¡No tienen pruebas! - se defendió Alicia
- Ciertamente, yo también la vi por la mañana. - salió el conejo blanco al paso - Como muchos saben, soy el consejero de su majestad... - alardeó el conejo - Siempre estoy muy ocupado en el castillo, realizando tareas que no comprenderían. Pues, a eso de las 10, vi a Alicia entrar al castillo. Como cualquiera supondría, pensé que no podría hacer nada malo, así que le permití pasar. Cierto es que no la vi salir, pero el testimonio del gorrión corrobora que robó el collar de su majestad y, acto seguido, salió corriendo con él.
- Os estoy intentando decir que...
- ¡Silencio!
El juicio duró varios días, teniendo cada habitante un testimonio que agravaba aún mas la situación de Alicia. Ella desistió negarse, por que, de todas formas, nadie le haría caso. Cuando el último testigo finalizó, la reina y el rey se juntaron y cuchichearon algo inentendible. Tras la finalización del corro, Alicia fue llevada a la guillotina, la cual extrañamente nunca se había usado. Antes de que cayera la hoja, Alicia cerró los ojos.
Cuando los abrió, se encontraba en el orfanato, tal y como todos los días. Extrañamente, en el siguiente sueñó que Alicia tuvo, nadie recordaba nada sobre el incidente.
En el psicólogo, Alicia narraba las numerosas visitas a su país imaginario, llegando a tal punto que pasó a ser parte de su vida cotidiana. Para ella, existían dos realidades: el país de las maravillas y el mundo real. Cuantas más veces visitaba el país en sus sueños, mejor conocía a sus criaturas y habitantes. Entre todas sus visitas, destaca una en la que Alicia recuerda haber sido ejecutada. Esta historia, como la mayoría que contaba Alicia, estremecía a los psicólogos, que ya se habían dado por vencidos con su caso.
Alicia abrió los ojos en medio de un bosque, cosa normal porque cada vez que despertaba, se encontraba en un lugar diferente. Gracias al tiempo y la experiencia, pudo reconocer el bosque. Se trataba ni más ni menos que el bosque en el que se encontraba la mesa del té del sombrerero y la liebre. En todos esos cuatro años, siempre los había encontrado allí, en la misma postura, esperando a que Alicia llegara. Durante ese tiempo, forjaron una amistad "un tanto peculiar". El sombrerero era un hombre bajito, más bien cabezón con pelo corto cubierto por un sombrero más grande que la propia Alicia. Muchos decían que estaba loco. Él, por lo contrario, afirmaba que estaba perfectamente sano. La liebre de mayo siempre acompañaba al sombrerero. Hicieron las paces con el Tiempo, quien con anterioridad les obligó a no poder avanzar de la hora del té. Aun así, continúan en ese estado, según ellos, por amor al té. Para sorpresa de Alicia, éstos no estaban en su mesa, como normalmente deberían.
Alicia sabía que ocurría algo, por lo que preguntó al gato de Cheshire, a quien cogió un gran cariño porque le recordaba a su difunta gata Dina. Éste siempre la intenta ayudar, más indirectamente que directamente. Aun así, no le desea mal alguno a Alicia. En efecto, el gato estaba allí, tan risueño como el primer día.
- ¿Sabes donde están este par? - dijo Alicia, refiriéndose al sombrerero y a la liebre
- Donde todos los demás - respondió el gato, aún sin haberse hecho visible del todo
- ¿Y dónde es eso?
- En el tribunal
- ¿Ha ocurrido algo?
Pero el gato ya había desaparecido. A Alicia no le quedaba más remedio que dirigirse al castillo.
Por el camino, pasó por las casas de varios conocidos: el conejo blanco, la duquesa, incluso la seta de la lombriz, pero ni una sola alma en esos lugares.
Al llegar, Alicia encontró a todo el mundo alrededor de la reina, quien, nada mas verla, gritó:
- ¡Ahí está! ¡Atrápenla! ¡Que le corten la cabeza!
Y en efecto, el tiempo no le afectó en nada a la reina. Seguía aplicando la sentencia de muerte muy a la ligera. Lo que Alicia no se esperaba es que, al contrario que otras veces, le hicieron caso. Los naipes, soldados de la reina, aprisionaron a Alicia y la ataron de manos y pies. Ella estaba confundida, pensando qué hizo mal. Tras un rato, decidió preguntar:
- ¿A qué se debe esta bienvenida?
- ¡Calla, criminal! - gritó uno de los soldados que la mantenían cautiva
- ¡Se te culpa de robo a la casa real, insolente! - respondió la reina, haciendo callar a todos los demás
- Pero acabo de... - intentó objetar Alicia
- ¡Silencio!
Alicia fue arrastrada en contra de su voluntad al estrado, en el que le obligaron a declarar.
- Acabo de llegar, lo juro - intentó excusarse Alicia
- ¡Mentira! ¡Yo la vi corretear con algo en las manos hace un rato! - testificó un gorrión un poco más pequeño que Alicia
- Señor gorrión, cuentenos lo que vio - mandó el rey, intentando apaciguar a todos
- Cuando salí de mi casa, a eso de las 9 de la mañana - comenzó a declarar, mirando su reloj de bolsillo - vi a Alicia dirigirse hacia este mismo castillo. Parecía tener mucha prisa, por lo que desistí de interponerme. Después, la volví a ver recorriendo el camino inverso, con algo brillante en las manos aunque no pude identificar de qué se trataba.
- ¡Mi collar! - gritó la reina
- Puede - contestó el gorrión
- ¡No tienen pruebas! - se defendió Alicia
- Ciertamente, yo también la vi por la mañana. - salió el conejo blanco al paso - Como muchos saben, soy el consejero de su majestad... - alardeó el conejo - Siempre estoy muy ocupado en el castillo, realizando tareas que no comprenderían. Pues, a eso de las 10, vi a Alicia entrar al castillo. Como cualquiera supondría, pensé que no podría hacer nada malo, así que le permití pasar. Cierto es que no la vi salir, pero el testimonio del gorrión corrobora que robó el collar de su majestad y, acto seguido, salió corriendo con él.
- Os estoy intentando decir que...
- ¡Silencio!
El juicio duró varios días, teniendo cada habitante un testimonio que agravaba aún mas la situación de Alicia. Ella desistió negarse, por que, de todas formas, nadie le haría caso. Cuando el último testigo finalizó, la reina y el rey se juntaron y cuchichearon algo inentendible. Tras la finalización del corro, Alicia fue llevada a la guillotina, la cual extrañamente nunca se había usado. Antes de que cayera la hoja, Alicia cerró los ojos.
Cuando los abrió, se encontraba en el orfanato, tal y como todos los días. Extrañamente, en el siguiente sueñó que Alicia tuvo, nadie recordaba nada sobre el incidente.
Los relatos, 1. Orientación de los gatos.
Me quedé perplejo, todos mis esquemas estaban rotos. Alana, mi Alana, la que yo ahora creía conocer, ya no era más que la antigua Alana, alguien a la que yo no consigo comprender. Tomamos un café en la plaza, algo que solíamos hacer. Charlábamos y reíamos, pero yo me encontraba solo, en una mar sin horizonte. La miraba perplejo, sin saber lo que ella veía. Sin saber ciertamente nada de ella. Llegamos a casa. Ahí estaba Osiris en la puerta, examinándonos, quieto y silencioso. Alana lo cogió mientras yo iba al baño. Me lavé la cara y me estudié en el espejo, vacío. Salí, miré a Alana. Estaba loco por ella. La observé, y me respondió la mirada con una sonrisa de satisfacción. Ella iba más allá de lo inalcanzable, ¿qué observaba en mi? Sus ojos mostraban el espacio y yo no era capaz ni de encontrar un pequeño planeta. No era capaz de resolver el puzzle, su puzzle, único, especial y aterrador. No podía dormir, me levanté y me acerqué a ella. Contemplándole, intentando de penetrar mi mirada en su mente, en ella al completo. Y nada no hubo ni una pieza. Salí a la cocina y me eché un vaso de whisky, a mi lado Osiris analizándome. Igual que Alana. ¿Cómo iba a ser capaz de descifrar a Alana, cuando ni si quiera era capaz de aclararme sobre un pequeño gato?
Allí estaba yo, paralizado, en la cocina. En mi mano derecha un cigarro consumiéndose lentamente. En la izquierda un vaso de whisky. El hielo ya estaba casi derretido. Me encontraba con la mirada perdida en algún punto de la pared. Pasaban los minutos y yo seguía allí, con mi vaso. Fui a recargarlo, pero ya no quedaba nada en la botella. Me sentí estúpido. Empecé a buscar algún frasco repleto de cualquier líquido alcohólico que calmara mi sed. No encontré nada. Resignado tuve que coger y echarme un poco de coca-cola de la barata (me repugnaba su sabor). Fui a por otro cigarrillo, pero ya no quedaba ninguno más en la caja de Chester. Salí de la cocina con mi vaso repleto de coca-cola en la mano izquierda. Me senté en la mesa del salón, y de repente me vino un bonito recuerdo a la mente. Nuestra primera cita, nuestra primera noche. Habíamos sido amigos durante más de tres años, y en aquel crepúsculo todo cambió.
Salimos a la calle a dar una vuelta. Ella iba con un precioso vestido negro de tirantes con vuelo suelto. Y yo iba... sinceramente no me acuerdo. Lo importante de esa noche no era yo, era Alana. Fuimos de bar en bar tomando tapitas y bebiendo cervezas. Nos encontramos con uno de los años ochenta con música en directo y decidimos entrar allí. Estuvimos dos horas, y cuando acabó el concierto nos fuimos a mi casa. Nos sentamos uno en frente del otro divididos por la gran mesa de madera del salón. Sobre ella una botella de Jack Daniels y una baraja de cartas.
- Quien pierda bebe. - Dijo Alana con una sonrisa picarona y con el puntito tomado.
- Pues tendré que dejarte ganar jajaja. - Contesté yo de igual modo.
Me miró y empezó a repartir las cartas. Las horas pasaron, la botella estaba vacía y los dos estábamos muy bebidos. Se sentó en la mesa y tiró las cartas, la botella y los vasos. Me coloqué junto a ella. Mis ojos fijos en sus labios, los suyos en los míos. Cada vez más cerca, mucho más cerca. Su respiración sobre mi cara. Cada vez más cerca. Nuestros labios se rozaban... Lo que pasó a partir de ahí solo ella, la mesa, el tiempo y yo lo sabíamos. Las horas pasaron y nos juraron guardar el secreto.
Ya había amanecido cuando decidimos dormirnos. El Sol nos daba en la cara. Mientras ella dormía plácidamente en la cama yo me levanté, cerré la cortina y me quedé mirándole. Era hermosa, en aquel preciso momento me lo pareció muchísimo más.
- Miauuuuuuu. - Maulló Osiris despertándome de aquel mágico recuerdo.
Lágrimas caían sobre mi cara. En aquellos momentos no me daba cuenta de todo aquel tesoro escondido que ella poseía. Las lágrimas caían sin cesar. Estaba borracho. Fui al cuarto y me quedé observándole. Le acaricié el pelo con mi mano izquierda, y poco después salí de la sala. Que asquerosa estaba aquella coca-cola que sobre mi vaso yacía ahora caliente.
- ¿Después de tanto tiempo como no consigo conocerte? - Me repetía incesantemente una y otra vez.
Las lágrimas seguían cayendo sobre mis mejillas.
- Eres imposible, eres mágica. Me estás enloqueciendo. ¿Cómo puedes hacerme esto? Con todo lo que yo te quiero. No tienes derecho a ser así. ¿Por qué no te muestras, eh? - Tiré con rabia el vaso al suelo. Sentía como mi cuerpo ardía de odio, locura y coraje. - Si yo ardo tu arderás conmigo.
Rompí las cortinas y las eché sobre la gran mesa del salón. Abrí el gas de la cocina. Desde la puerta empecé a arrojar cerillas de un lado a otro. Las cortinas empezaron a arder, y poco después la mesa. La cocina impregnada del gas también empezó a arder. Salí de la casa cerrando la puerta con llave. Osiris empezó a maullar. Las llamas se veían desde las rendijas de la puerta. Alana gritaba sin cesar con angustia y desolación. Los gritos eran aterradores. Desde el otro lado de la puerta la escuchaba toser y llorar. No paraba de gritar era horrible. De pronto un pequeño golpe, y poco después, silencio.
- ¡¿Qué he hecho?! - Me grité a mi mismo.
Abrí la puerta, y en el suelo me encontré a Alana tumbada y con fuego en las piernas. Me agaché para cogerla pero en ese instante cayó del techo una barra de madera ardiendo sobre mi espalda. De repente me vino a la mente todos los recuerdos con Alana, todo lo que había llegado a saber de ella. Todo.
- Perdón. Siempre he sabido como eras. Yo tenía todas las piezas de tu puzzle, pero yo mismo cerraba los ojos para no verlas. Ahora he roto el rompecabezas. La maravilla más perfecta. Tú. - Conseguí decirle entre tos y desolación a Alana en el oído. A la vez, una lágrima caía por mi cara. Y la vida se me iba.
Allí estábamos los dos ardiendo, mi mano izquierda agarrando la suya, negándose a soltarla.
Allí estaba yo, paralizado, en la cocina. En mi mano derecha un cigarro consumiéndose lentamente. En la izquierda un vaso de whisky. El hielo ya estaba casi derretido. Me encontraba con la mirada perdida en algún punto de la pared. Pasaban los minutos y yo seguía allí, con mi vaso. Fui a recargarlo, pero ya no quedaba nada en la botella. Me sentí estúpido. Empecé a buscar algún frasco repleto de cualquier líquido alcohólico que calmara mi sed. No encontré nada. Resignado tuve que coger y echarme un poco de coca-cola de la barata (me repugnaba su sabor). Fui a por otro cigarrillo, pero ya no quedaba ninguno más en la caja de Chester. Salí de la cocina con mi vaso repleto de coca-cola en la mano izquierda. Me senté en la mesa del salón, y de repente me vino un bonito recuerdo a la mente. Nuestra primera cita, nuestra primera noche. Habíamos sido amigos durante más de tres años, y en aquel crepúsculo todo cambió.
Salimos a la calle a dar una vuelta. Ella iba con un precioso vestido negro de tirantes con vuelo suelto. Y yo iba... sinceramente no me acuerdo. Lo importante de esa noche no era yo, era Alana. Fuimos de bar en bar tomando tapitas y bebiendo cervezas. Nos encontramos con uno de los años ochenta con música en directo y decidimos entrar allí. Estuvimos dos horas, y cuando acabó el concierto nos fuimos a mi casa. Nos sentamos uno en frente del otro divididos por la gran mesa de madera del salón. Sobre ella una botella de Jack Daniels y una baraja de cartas.
- Quien pierda bebe. - Dijo Alana con una sonrisa picarona y con el puntito tomado.
- Pues tendré que dejarte ganar jajaja. - Contesté yo de igual modo.
Me miró y empezó a repartir las cartas. Las horas pasaron, la botella estaba vacía y los dos estábamos muy bebidos. Se sentó en la mesa y tiró las cartas, la botella y los vasos. Me coloqué junto a ella. Mis ojos fijos en sus labios, los suyos en los míos. Cada vez más cerca, mucho más cerca. Su respiración sobre mi cara. Cada vez más cerca. Nuestros labios se rozaban... Lo que pasó a partir de ahí solo ella, la mesa, el tiempo y yo lo sabíamos. Las horas pasaron y nos juraron guardar el secreto.
Ya había amanecido cuando decidimos dormirnos. El Sol nos daba en la cara. Mientras ella dormía plácidamente en la cama yo me levanté, cerré la cortina y me quedé mirándole. Era hermosa, en aquel preciso momento me lo pareció muchísimo más.
- Miauuuuuuu. - Maulló Osiris despertándome de aquel mágico recuerdo.
Lágrimas caían sobre mi cara. En aquellos momentos no me daba cuenta de todo aquel tesoro escondido que ella poseía. Las lágrimas caían sin cesar. Estaba borracho. Fui al cuarto y me quedé observándole. Le acaricié el pelo con mi mano izquierda, y poco después salí de la sala. Que asquerosa estaba aquella coca-cola que sobre mi vaso yacía ahora caliente.
- ¿Después de tanto tiempo como no consigo conocerte? - Me repetía incesantemente una y otra vez.
Las lágrimas seguían cayendo sobre mis mejillas.
- Eres imposible, eres mágica. Me estás enloqueciendo. ¿Cómo puedes hacerme esto? Con todo lo que yo te quiero. No tienes derecho a ser así. ¿Por qué no te muestras, eh? - Tiré con rabia el vaso al suelo. Sentía como mi cuerpo ardía de odio, locura y coraje. - Si yo ardo tu arderás conmigo.
Rompí las cortinas y las eché sobre la gran mesa del salón. Abrí el gas de la cocina. Desde la puerta empecé a arrojar cerillas de un lado a otro. Las cortinas empezaron a arder, y poco después la mesa. La cocina impregnada del gas también empezó a arder. Salí de la casa cerrando la puerta con llave. Osiris empezó a maullar. Las llamas se veían desde las rendijas de la puerta. Alana gritaba sin cesar con angustia y desolación. Los gritos eran aterradores. Desde el otro lado de la puerta la escuchaba toser y llorar. No paraba de gritar era horrible. De pronto un pequeño golpe, y poco después, silencio.
- ¡¿Qué he hecho?! - Me grité a mi mismo.
Abrí la puerta, y en el suelo me encontré a Alana tumbada y con fuego en las piernas. Me agaché para cogerla pero en ese instante cayó del techo una barra de madera ardiendo sobre mi espalda. De repente me vino a la mente todos los recuerdos con Alana, todo lo que había llegado a saber de ella. Todo.
- Perdón. Siempre he sabido como eras. Yo tenía todas las piezas de tu puzzle, pero yo mismo cerraba los ojos para no verlas. Ahora he roto el rompecabezas. La maravilla más perfecta. Tú. - Conseguí decirle entre tos y desolación a Alana en el oído. A la vez, una lágrima caía por mi cara. Y la vida se me iba.
Allí estábamos los dos ardiendo, mi mano izquierda agarrando la suya, negándose a soltarla.
"Morirás en Chafarinas, Reencuentro"
La noche está asomándose. De repente, un timbrazo me saca de golpe de mis pensamientos. Voy a comprobar quién ha llamado a la puerta. Me acerco poco a poco a la mirilla. Mi cerebro no da crédito a lo que mis ojos ven: un muchacho de treinta y pocos años, de pelo ondulado y castaño claro, ojos color miel y una sonrisa bastante peculiar... ¿Cidraque? No. Ese hombre cojea del pie izquierdo. Además, es muy improbable que sobreviviese; la granada quedó bastante cerca de él. Con algo de miedo, me aventuro a preguntar:
- ¿Quién es?
- ¡Venga tío! ¿En serio que no me reconoces? - al ver que yo no le respondo, prosigue - ¡Soy Cidraque, hombre!
Mi corazón se ha parado de improviso. Tengo una expresión indescifrable en el rostro y no me creo nada de esto. No podía ser él. Él no...
- Jaime, ¿no vas a abrirle a un viejo amigo? Encima que te he hecho un regalo...
Deja de hablar cuando le abro la puerta. Sin comerlo ni beberlo, lo abrazo fuertemente, con algunas lágrimas por las mejillas. Creo que no correspondió a mi gesto al instante; había logrado sorprenderle.
- ¿Dónde te has metido estos siete años? - pregunto ilusionado.
Aún sigo sin comprender por qué motivo estoy tan emocionado. Bueno, a veces actúo sin pensar.
- Verás... Es muy largo de contar...
- Toma asiento y cuéntamelo con pelos y señales. - le interrumpo; estoy deseoso de conocer su historia.
Nos hemos sentado en el sofá. Lo miro fijamente, no pestañeo, ni respiro. Ahora soy todo oídos y hasta que no acabe el relato no procederé a hacer nada más.
- ¿Recuerdas cuando estábamos en la mili, jugando a ser detectives? - tras esbozar una última sonrisa, su rostro se torna serio, como si contase un cuento de terror digno de Edgar Allan Poe.
- No me agrada pensar en ello, y mucho menos contarlo - continua -. Pero, en fin, es lo que hay.
**OPCIONAL: Si es apetecible, se puede poner esta banda sonora que ambienta un poco la historia. Gracias: http://www.youtube.com/watch?v=nu29m-CXOOY**
**OPCIONAL: Si es apetecible, se puede poner esta banda sonora que ambienta un poco la historia. Gracias: http://www.youtube.com/watch?v=nu29m-CXOOY**
» Cuando presenciamos la obtención del maletín, por parte de Contreras, yo estaba en una colina subido. Allí lo veía todo con mejor perspectiva. Bereci y yo estábamos atónitos. Aunque ese sentimiento pasó de ser curiosidad a miedo; vi la embarcación estrellarse contra la colina. Todo se estremeció mientras la hierba ardía y los escombros ascendían a toda velocidad hacia nosotros. El corazón me latía con fuerza y muy rápido. Comencé a correr por la ladera arrastrando al vasco, que estaba completamente paralizado por el terror. Le gritaba, pero él ni se inmutaba. Sin querer, me tropecé y los dos rodamos hasta la playa. Creo que el cayó unos metros más allá de donde yo aterricé. Estaba inconsciente. Pero, al acercarme al él, esa idea cambió. Le cogí la cara para intentar reanimarlo. Le abrí los párpados y me encontré con los ojos de un muerto. Algunas lágrimas se me escaparon. Lo deposité con delicadeza sobre la arena y me largué de allí, incrédulo. Me dirigía hacia ninguna parte.
La desesperación y el temor me hicieron gritar. Escuché un disparo detrás de mí que, por suerte, no me dio. Al girarme, me percaté de la identidad del tirador: Contreras. Me apuntaba a la cabeza. Él también había sido alcanzado por la explosión. Su uniforme estaba sucio y rasgado, apretaba los dientes y tenía los ojos inyectados en sangre. Sin quitar el arma de su posición se acercó a mí. Yo no me atrevía a moverme; cualquier movimiento sería la diferencia entre la vida y la muerte. Me golpeó la espinilla e, irremediablemente, caí al suelo. Alcé la vista hacia él. Me volvió a patear, esta vez en la cara, partiéndome la nariz.
La desesperación y el temor me hicieron gritar. Escuché un disparo detrás de mí que, por suerte, no me dio. Al girarme, me percaté de la identidad del tirador: Contreras. Me apuntaba a la cabeza. Él también había sido alcanzado por la explosión. Su uniforme estaba sucio y rasgado, apretaba los dientes y tenía los ojos inyectados en sangre. Sin quitar el arma de su posición se acercó a mí. Yo no me atrevía a moverme; cualquier movimiento sería la diferencia entre la vida y la muerte. Me golpeó la espinilla e, irremediablemente, caí al suelo. Alcé la vista hacia él. Me volvió a patear, esta vez en la cara, partiéndome la nariz.
- Te dije que dejaras el caso... ¡Imbécil! - me insultó mientras me pegaba de nuevo - ¡Creía que no me defraudarías...! No me esperaba esto de ti - tras una pausa añadió -. Has visto demasiado, así que ahora me veo obligado a matarte; no quiero que esto salga a la luz. Lo siento, Cidraque.
Sabía lo que iba a pasar: el desgraciado apretaría el gatillo. Cerré los ojos esperando a que la Muerte me acogiera en su seno. Sonaron un pequeño estruendo y un grito agónico, ahogado por un llanto. Eso tenía una explicación razonable; la bala no me había acertado a mí. Cuando visualicé la escena, estaba León, desangrado con un agujero en el cuello. Cogí la pistola del cadáver y, sin dudarlo dos veces, descargué todas las balas sobre el capitán, antes de que lo hiciese él. Sentí náuseas al ver el resultado del tiroteo: la cara desfigurada con varios orificios y un ojo fuera de su lugar. Rodó hasta mi pie. Sin razonar, lo cogí y lo lancé lejos; la furia me devoraba por dentro.
Agarré el maletín con la droga y huí hasta el pasadizo. Allí me topé contigo y, debido a tu insensatez y a la tensión del momento, arrojaste la granada. No cayó muy cerca de mí, por lo que los daños fueron mínimos. Caminé con esfuerzo para reencontrarte pero, tras intentar hacerte entrar en razón, me rechazaste y repetiste la acción. Esta vez, sí sufrí más. La onda expansiva me alcanzó, llevándome lejos junto a muchos despojos. Estuve inconsciente durante unos segundos muy valiosos. Cuando recobré el sentido, estaba tirado entre muchos escombros. Me clavaba rocas en la espalda y en los codos, pero no era eso lo que me dolía tanto. Dirigí mi vista hacia mi pie izquierdo, totalmente atrapado. Una enorme piedra estaba casi aplastándolo. Tiré de él, pero no había manera de sacarlo de ahí. El pavor extremo se apoderó de mí cuando advertí que el túnel estaba siendo inundado por el agua del mar. Me revolví, chillé, me dejé las cuerdas vocales. Traté de retirarme de esa zona pero no podía. Aquello era una muerte segura... A no ser que me atreviese a cometer una atrocidad que me acompañaría por siempre. Me armé de valor y tomé entre mis manos un peñasco afilado. Me quité la camisa e hice un torniquete entorno a mi pierna. En ese instante era un cautivo de la inseguridad, pero el agua empezaba a alcanzarme; era sacrificar un pie o sacrificar la vida. Comencé a golpearme el tobillo con fuerza, mientras gemía y lloraba. Cuando pude rescatarlo, el líquido ahogaba mi boca, impidiéndome respirar.
Con una fuerza y esfuerzo sobrenaturales, me puse en pie y corrí, estando cojo, hacia donde creía que estaba la salida. Seguro que tuve más tiempo para escapar que tú, Jaime, pues los pedruscos habían formado un dique, dejándome una posibilidad entre mil de escapar. Llegué a la escalera y, casi en la cima, una ola gigante me arrasó. Lo único que creo recordar antes de despertar milagrosamente en una choza, es que estaba tendido en la playa, rodeado de agua, lleno de cortes y heridas mortales.
Mis salvadores fueron unos contrabandistas que, por el maletín, me permitieron seguir con vida. Estuve casi siete años con ellos, traficando droga de aquí para allá, pero eso es confidencial. Con el dinero que gané te compré ese Ferrari. Espero que eso sea un obsequio para que me perdones por no haber podido hacerte saber de mi existencia durante tanto tiempo.»
Yo sigo con mi estúpido llanto. Mi amigo se había salvado. Era un traficante de drogas pero, me da igual. Lo perdono... Lo perdono porque la amistad está por encima de todo eso.
- ¿Ya has dejado el negocio de la droga?
- Sí, gasté todos los ahorros en el coche. Y en un pequeño "caprichito"... - comenta Cidraque.
- ¿Qué "caprichito" es? - pregunto, siguiéndole el juego.
Agarré el maletín con la droga y huí hasta el pasadizo. Allí me topé contigo y, debido a tu insensatez y a la tensión del momento, arrojaste la granada. No cayó muy cerca de mí, por lo que los daños fueron mínimos. Caminé con esfuerzo para reencontrarte pero, tras intentar hacerte entrar en razón, me rechazaste y repetiste la acción. Esta vez, sí sufrí más. La onda expansiva me alcanzó, llevándome lejos junto a muchos despojos. Estuve inconsciente durante unos segundos muy valiosos. Cuando recobré el sentido, estaba tirado entre muchos escombros. Me clavaba rocas en la espalda y en los codos, pero no era eso lo que me dolía tanto. Dirigí mi vista hacia mi pie izquierdo, totalmente atrapado. Una enorme piedra estaba casi aplastándolo. Tiré de él, pero no había manera de sacarlo de ahí. El pavor extremo se apoderó de mí cuando advertí que el túnel estaba siendo inundado por el agua del mar. Me revolví, chillé, me dejé las cuerdas vocales. Traté de retirarme de esa zona pero no podía. Aquello era una muerte segura... A no ser que me atreviese a cometer una atrocidad que me acompañaría por siempre. Me armé de valor y tomé entre mis manos un peñasco afilado. Me quité la camisa e hice un torniquete entorno a mi pierna. En ese instante era un cautivo de la inseguridad, pero el agua empezaba a alcanzarme; era sacrificar un pie o sacrificar la vida. Comencé a golpearme el tobillo con fuerza, mientras gemía y lloraba. Cuando pude rescatarlo, el líquido ahogaba mi boca, impidiéndome respirar.
Con una fuerza y esfuerzo sobrenaturales, me puse en pie y corrí, estando cojo, hacia donde creía que estaba la salida. Seguro que tuve más tiempo para escapar que tú, Jaime, pues los pedruscos habían formado un dique, dejándome una posibilidad entre mil de escapar. Llegué a la escalera y, casi en la cima, una ola gigante me arrasó. Lo único que creo recordar antes de despertar milagrosamente en una choza, es que estaba tendido en la playa, rodeado de agua, lleno de cortes y heridas mortales.
Mis salvadores fueron unos contrabandistas que, por el maletín, me permitieron seguir con vida. Estuve casi siete años con ellos, traficando droga de aquí para allá, pero eso es confidencial. Con el dinero que gané te compré ese Ferrari. Espero que eso sea un obsequio para que me perdones por no haber podido hacerte saber de mi existencia durante tanto tiempo.»
Yo sigo con mi estúpido llanto. Mi amigo se había salvado. Era un traficante de drogas pero, me da igual. Lo perdono... Lo perdono porque la amistad está por encima de todo eso.
- ¿Ya has dejado el negocio de la droga?
- Sí, gasté todos los ahorros en el coche. Y en un pequeño "caprichito"... - comenta Cidraque.
- ¿Qué "caprichito" es? - pregunto, siguiéndole el juego.
- Mañana a las 10, te espero en la Plaza con tu Ferrari... ¡Nos vamos a Las Vegas!
— FIN —
LOS TRES MOSQUETEROS
Pocos días después, y siendo ya d'Artagnan teniente de los mosqueteros, le llegó la noticia de que el Señor Bonancieux no había regresado a su casa desde la semana anterior.
Decidió ir a investigar lo sucedido. Preguntó a todos sus vecinos, pero ninguno le pudo aportar idea alguna sobre su paradero. Cuando el joven iba de vuelta a casa, se encontró con una anciana que se hospedaba en la posada de Bonancieux.
- Buena mujer, ¿sabría decirme dónde está el casero?
- La verdad es que no lo sé. Salió hará una semana para hablar con el cardenal y aún no ha regresado- respondió la señora.
- ¡Ajá! ¡Así que el pobre hombre fue a hablar con Richelieu! De ésta, seguro, no saldrá bien parado. Gracias por la información y disculpe las molestias que le haya podido causar.
D'Artagnan montó en su caballo y se dirigió a casa de Athos. Allí estaban Porthos y Aramis, a quienes les contó lo que había descubierto.
- ¡Seguro que el cardenal lo ha metido en prisión!- exclamó Porthos.
- No debemos sacar conclusiones precipitadas. Aún no conocemos, ni siquiera, la causa por la que Bonancieux fue a ver a Su Eminencia- respondió Athos.
- Pero ¡lo vamos a averiguar! Quizás, mi casero no sea la persona más agradable del mundo, sin embargo, no puedo dejar que muera o pesará, para siempre, sobre mi conciencia.
Después de descansar y tomar unos tragos de vino, los mosqueteros se dirigieron a hacer una visita al cardenal. Aunque parezca extraño, fue como si les estuviera esperando. Durante un buen rato, intentaron que Su Eminencia les dijera algo sobre el paradero de Bonancieux, pero fue en vano.
Los cuatro amigos descubrieron que, por una vez y por muy raro que pareciese, Richelieu no tenía nada que ver con el suceso. Era cierto que el casero había acudido a hablar con él, pero, poco tiempo después, había abandonado el palacio.
D'Artagnan hizo todo lo posible para encontrar al Sr. Bonancieux, aunque no lo logró. Unos piensan que el cardenal mintió, otros que fue a buscar a su esposa desaparecida y otros que, incluso, había huido del país porque tenía cierta marca en el hombro. Por desgracia, nunca lo podremos saber.
Incredulidad
Nota: Me encantaría que para leerlo se pusiera la banda sonora para ambientar así el relato. Se puede elegir, las dos primeras son mas cortas. Muchas gracias.
http://www.youtube.com/watch?v=co3FvjoQr0w
http://www.youtube.com/watch?v=vEF6HO9wXuQ
Estas dos que voy duran por los menos una hora cada vídeo:
http://www.youtube.com/watch?v=Edo10vK2jyc
http://www.youtube.com/watch?v=zHI2MgASRXQ
* * *
- ¿De donde dices que vienes?- Preguntó tía Ema, extrañada por las palabras que habían salido de la boca de Dorotea.
- Del país de Oz, un farsante que gobernaba todo aquel extraño lugar. Allí tuve el apoyo de muchos de los habitantes, pero sobre todo de mis amigos el espantapájaros, el leñador de hojalata y el león cobarde...
Dorotea se había parado en seco cuando vio la cara pálida de su tía. La miró, su cara tenía muchas arrujas. Sus ojos azules como el mar resaltaban entre los cabellos morenos de la mujer. Su tía era una mujer agradable y muy trabajadora. Normalmente, en sus ratos libres, solía leerle unos cuentos a Dorotea. Su tía tenía mucha imaginación, ella le decía a Dorotea que la imaginación es lo único que hacer a una persona libre sean cuales sean sus circunstancias. Miró hacia sus luceros y... sí, allí estaba la incredulidad de de la mujer sobre lo que ella le estaba contando. De repente sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas y supo que no podría contenerlas por mucho tiempo. Así que le dijo a su tía que estaba muy cansada, que no la molestasen, que iba a dormir un tiempo.
Una vez en su cuarto Dorotea no pudo contenerse y sus lágrimas arrasaron por su rostro. Cuando oyó a su tíos hablando cesó. Agudizando el oído pudo oír su conversación:
- Enrique tengo que hablar contigo de Dorotea. Ha llegado corriendo y diciendo barbaridades sobre un lugar llamado Oz. Estoy preocupada, puede que tenga fiebre u otra enfermedad... no se pero estoy preocupada...- llegó a escuchar la niña.
- ¿Y que quieres que hagamos? No tenemos dinero para pagar a un medico ni subvencionarle ningún tipo de medicina- respondió con resignación Enrique.
- Voy a ir a verla, quizás ahora está mejor.
En cuanto oyó aquello, muy rápidamente, Dorotea se puso en su cama, se quitó los zapatos y se hizo la dormida. Tía Ema abrió lentamente la puerta para ver si la pequeña estaba descansando. Pudo ver su carita con una expresión de placidez total. Aunque se percató de que una pequeña lágrima surcaba el pómulo de la niña.
"Se parece mucho a su madre." pensó Ema.
Su marido había vuelto a trabajar y ella no tenía nada que hacer. Repentinamente, se acordó de su infancia con la madre de su sobrina. Ella era 10 años mayor que Lily, por lo que todas las noches le leía un cuento para que se pudiera dormir.
"¿Por qué no hacer lo mismo con mi sobrina, para así rememorar antiguos recuerdos?" discurrió la mujer.
Por lo que cogió un libro, y sentándose en el borde de la cama empezó a leérselo. Dorotea que se seguía haciendo la dormida, terminó por sumirse en un profundo letargo.
De repente en sueños, Dorotea empezó a hablar y terminó por gritar corriendo por la casa.
- ¡Tranquilízate Dorotea, estas soñando! ¡Por favor, despierta!- sollozó su tía.
Llegó a poder tumbar a la niña. Esta estaba sudando sobre la cama y con la cara colorada. Ema al ver esta situación no pudo reprimir unas lágrimas y acordarse de como era todo, antes de que estuviera desaparecida casi tres semanas.
Cuando Ema se calmó, se fue a preparar la cena para cuando llegase su marido.
Enrique llegó maldiciendo por lo bajo, pues se le habían perdido tres ovejas del rebaño. Ema, se percató de que algo pasaba:
- Enrique ¿Qué te ha pasado esta vez?- preguntó Ema temiéndose la respuesta.
- Tres ovejas se me han ido... las fui a buscar y... joder...- no pudo terminar la frase, pero ella ya se imaginaba el final trágico de los borregos.
- ¿Que pasó con la niñita?- intentó cambiar de tema su marido.
Al evocar lo que había pasado aquella noche con su sobrina, perdió el equilibrio pero allí estaba su marido para cogerla antes de que el impacto llegase a producirse. Enrique la condució con sumo cuidado hasta el sofá para que pudiera explicarle la historia:
- Mi amor, yo creo que Dorotea se está volviendo loca... -afirmó Ema- ¿Que deberíamos de hacer? ¿Lidiar con ella hasta el postrero paroxismo, o entregarla al manicomio y que la seden hasta que muera?- dudó.
- ¿Quieres que te de mi opinión? Deberíamos llamar al dicho centro ahora, o en cuestión de horas Dorotea nos mirará con sus ojos acusadores de nuestra incredulidad, además se que sufrirás si la ves marchar y no quiero que eso suceda.- estimó su marido.
Tan rápido como terminó, fue hacia la cocina. Allí cogió un pequeño trapo y echó dos gotas de cloroformo. Se dirigió al cuarto donde reposaba la niña y puso el trapito sobre su nariz. En el momento en el que la niña aspiró la sustancia, todos los músculos de su cuerpo se destensaron.
Mientras su marido adormecía a la chiquilla, ella llamó al manicomio. Les contó la aterradora historia que la niña les relataba:
- Inmediatamente les enviamos el vehículo, yo misma iré en el. Les ha atendido Isabelle.- respondió la muchacha.
Al rato llamaron a la puerta. Tío Enrique fue ha abrirla. Se encontró con una chica menuda, con un cutis sin arrugas. Unos ojos grandes y verdes que inspiraban una alegría inmensa y mucha complicidad. Su pelo era tan largo como las ramas cabizbajas de un sauce llorón y de un marrón chocolate precioso.
-Vengo en busca de Dorotea, tengo entendido que ya la han sedado ustedes.- dijo muy segura.
- Si, efectivamente.
-Bien, pues procedamos con el trasladamiento- dijo sin expresar sentimientos.
Era una chica muy segura de si misma. "Pero ha tenido que pasar mucho. Reflexionó Enrique", pues no muestra sentimiento alguno.
Cogieron a Dorotea con sumo cuidado y ya advertidos de lo que le pasó con su tía, le pusieron una casmiseta de fuerza.
Cuando Dorotea se despertó se encontraba un poco mareada. Tenía enfrente suya a Isabelle.
- Hola Dorotea. ¿No sabes quien soy verdad? Bien pues soy simplemente la bruja del Este. No me matastes en realidad, sino que me enviastes a otra dimensión, otro mundo, que dio la casualidad de que fue el tuyo.- Viendo la cara de miedo de Dorotea prosiguió.- No podemos arriesgarnos a que vayas contando a todo el mundo nuestra existencia. Aquí no podemos matarte, nos cerrarían el centro, pero tampoco podemos dejar que vivas sabiendo de nosotros. Solo nos queda una solución, te inyectaremos un ácido neural que te sumirá en un coma... permanente , a no ser que tu frágil cuerpo de niña no pueda soportarlo y mueras. ¿No crees que es una manera simple y discreta de poner fin a lo ocurrido? Adiós Dorotea...- dijo inyectándole el ácido neural.
* * *
Dorotea se encontraba ahora entre dos paredes. Se acercó a una. Podía escuchar una voz que decía:
"Vivir, Sentir, enamorarse, luchar..."
Sin embargo si se acercaba a la otra, podía ver a sus padres y abuelos y escuchar la misma voz diciendo:
"Morir, ser como el viento, como las estrellas, descubrir todo el universo, rendirse..."
Intentó pasar, pero no pudo, un campo de fuerza no le dejaba avanzar. Se quedó donde estaba y se acordó de Isabelle, ahora conocida como La Bruja del Este diciéndole: "Vamos a inyectarte un ácido neural que te sumirá en un coma... permanente".
FIN
http://www.youtube.com/watch?v=co3FvjoQr0w
http://www.youtube.com/watch?v=vEF6HO9wXuQ
Estas dos que voy duran por los menos una hora cada vídeo:
http://www.youtube.com/watch?v=Edo10vK2jyc
http://www.youtube.com/watch?v=zHI2MgASRXQ
* * *
- ¿De donde dices que vienes?- Preguntó tía Ema, extrañada por las palabras que habían salido de la boca de Dorotea.
- Del país de Oz, un farsante que gobernaba todo aquel extraño lugar. Allí tuve el apoyo de muchos de los habitantes, pero sobre todo de mis amigos el espantapájaros, el leñador de hojalata y el león cobarde...
Dorotea se había parado en seco cuando vio la cara pálida de su tía. La miró, su cara tenía muchas arrujas. Sus ojos azules como el mar resaltaban entre los cabellos morenos de la mujer. Su tía era una mujer agradable y muy trabajadora. Normalmente, en sus ratos libres, solía leerle unos cuentos a Dorotea. Su tía tenía mucha imaginación, ella le decía a Dorotea que la imaginación es lo único que hacer a una persona libre sean cuales sean sus circunstancias. Miró hacia sus luceros y... sí, allí estaba la incredulidad de de la mujer sobre lo que ella le estaba contando. De repente sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas y supo que no podría contenerlas por mucho tiempo. Así que le dijo a su tía que estaba muy cansada, que no la molestasen, que iba a dormir un tiempo.
Una vez en su cuarto Dorotea no pudo contenerse y sus lágrimas arrasaron por su rostro. Cuando oyó a su tíos hablando cesó. Agudizando el oído pudo oír su conversación:
- Enrique tengo que hablar contigo de Dorotea. Ha llegado corriendo y diciendo barbaridades sobre un lugar llamado Oz. Estoy preocupada, puede que tenga fiebre u otra enfermedad... no se pero estoy preocupada...- llegó a escuchar la niña.
- ¿Y que quieres que hagamos? No tenemos dinero para pagar a un medico ni subvencionarle ningún tipo de medicina- respondió con resignación Enrique.
- Voy a ir a verla, quizás ahora está mejor.
En cuanto oyó aquello, muy rápidamente, Dorotea se puso en su cama, se quitó los zapatos y se hizo la dormida. Tía Ema abrió lentamente la puerta para ver si la pequeña estaba descansando. Pudo ver su carita con una expresión de placidez total. Aunque se percató de que una pequeña lágrima surcaba el pómulo de la niña.
"Se parece mucho a su madre." pensó Ema.
Su marido había vuelto a trabajar y ella no tenía nada que hacer. Repentinamente, se acordó de su infancia con la madre de su sobrina. Ella era 10 años mayor que Lily, por lo que todas las noches le leía un cuento para que se pudiera dormir.
"¿Por qué no hacer lo mismo con mi sobrina, para así rememorar antiguos recuerdos?" discurrió la mujer.
Por lo que cogió un libro, y sentándose en el borde de la cama empezó a leérselo. Dorotea que se seguía haciendo la dormida, terminó por sumirse en un profundo letargo.
De repente en sueños, Dorotea empezó a hablar y terminó por gritar corriendo por la casa.
- ¡Tranquilízate Dorotea, estas soñando! ¡Por favor, despierta!- sollozó su tía.
Llegó a poder tumbar a la niña. Esta estaba sudando sobre la cama y con la cara colorada. Ema al ver esta situación no pudo reprimir unas lágrimas y acordarse de como era todo, antes de que estuviera desaparecida casi tres semanas.
Cuando Ema se calmó, se fue a preparar la cena para cuando llegase su marido.
Enrique llegó maldiciendo por lo bajo, pues se le habían perdido tres ovejas del rebaño. Ema, se percató de que algo pasaba:
- Enrique ¿Qué te ha pasado esta vez?- preguntó Ema temiéndose la respuesta.
- Tres ovejas se me han ido... las fui a buscar y... joder...- no pudo terminar la frase, pero ella ya se imaginaba el final trágico de los borregos.
- ¿Que pasó con la niñita?- intentó cambiar de tema su marido.
Al evocar lo que había pasado aquella noche con su sobrina, perdió el equilibrio pero allí estaba su marido para cogerla antes de que el impacto llegase a producirse. Enrique la condució con sumo cuidado hasta el sofá para que pudiera explicarle la historia:
- Mi amor, yo creo que Dorotea se está volviendo loca... -afirmó Ema- ¿Que deberíamos de hacer? ¿Lidiar con ella hasta el postrero paroxismo, o entregarla al manicomio y que la seden hasta que muera?- dudó.
- ¿Quieres que te de mi opinión? Deberíamos llamar al dicho centro ahora, o en cuestión de horas Dorotea nos mirará con sus ojos acusadores de nuestra incredulidad, además se que sufrirás si la ves marchar y no quiero que eso suceda.- estimó su marido.
Tan rápido como terminó, fue hacia la cocina. Allí cogió un pequeño trapo y echó dos gotas de cloroformo. Se dirigió al cuarto donde reposaba la niña y puso el trapito sobre su nariz. En el momento en el que la niña aspiró la sustancia, todos los músculos de su cuerpo se destensaron.
Mientras su marido adormecía a la chiquilla, ella llamó al manicomio. Les contó la aterradora historia que la niña les relataba:
- Inmediatamente les enviamos el vehículo, yo misma iré en el. Les ha atendido Isabelle.- respondió la muchacha.
Al rato llamaron a la puerta. Tío Enrique fue ha abrirla. Se encontró con una chica menuda, con un cutis sin arrugas. Unos ojos grandes y verdes que inspiraban una alegría inmensa y mucha complicidad. Su pelo era tan largo como las ramas cabizbajas de un sauce llorón y de un marrón chocolate precioso.
-Vengo en busca de Dorotea, tengo entendido que ya la han sedado ustedes.- dijo muy segura.
- Si, efectivamente.
-Bien, pues procedamos con el trasladamiento- dijo sin expresar sentimientos.
Era una chica muy segura de si misma. "Pero ha tenido que pasar mucho. Reflexionó Enrique", pues no muestra sentimiento alguno.
Cogieron a Dorotea con sumo cuidado y ya advertidos de lo que le pasó con su tía, le pusieron una casmiseta de fuerza.
Cuando Dorotea se despertó se encontraba un poco mareada. Tenía enfrente suya a Isabelle.
- Hola Dorotea. ¿No sabes quien soy verdad? Bien pues soy simplemente la bruja del Este. No me matastes en realidad, sino que me enviastes a otra dimensión, otro mundo, que dio la casualidad de que fue el tuyo.- Viendo la cara de miedo de Dorotea prosiguió.- No podemos arriesgarnos a que vayas contando a todo el mundo nuestra existencia. Aquí no podemos matarte, nos cerrarían el centro, pero tampoco podemos dejar que vivas sabiendo de nosotros. Solo nos queda una solución, te inyectaremos un ácido neural que te sumirá en un coma... permanente , a no ser que tu frágil cuerpo de niña no pueda soportarlo y mueras. ¿No crees que es una manera simple y discreta de poner fin a lo ocurrido? Adiós Dorotea...- dijo inyectándole el ácido neural.
* * *
Dorotea se encontraba ahora entre dos paredes. Se acercó a una. Podía escuchar una voz que decía:
"Vivir, Sentir, enamorarse, luchar..."
Sin embargo si se acercaba a la otra, podía ver a sus padres y abuelos y escuchar la misma voz diciendo:
"Morir, ser como el viento, como las estrellas, descubrir todo el universo, rendirse..."
Intentó pasar, pero no pudo, un campo de fuerza no le dejaba avanzar. Se quedó donde estaba y se acordó de Isabelle, ahora conocida como La Bruja del Este diciéndole: "Vamos a inyectarte un ácido neural que te sumirá en un coma... permanente".
FIN
Continuación del libro: Maribel y la extraña familia.
Pasada una semana, Maribel, Marcelino, doña Paula y doña Matilde, decidieron volver a su casa de madrid.
Marcelino: ¿Has recogido ya todas tus cosas, Maribel?
Maribel: Sí, ya nos podemos ir.
Cuando llega el taxi cargan todas las maletas y se van a Madrid para preparar las cosas para la boda.
Doña Matilde: Toma Marcelino, esta es la lista de los que asistirán a la boda.
Marcelino: Muchas gracias.
Maribel y Marcelino un par de días después, cuando ya estaba todo preparado fueron para el pueblo de nuevo para casarse.
Todo fue muy bien y empezaron con las reformas de la casa, no tuvieron niños, porque a Marcelino nunca le gustaron y vivieron en esa casa 60 años que murió Maribel a orillas del río como la antigua mujer de marcelino.
Marcelino: ¿Has recogido ya todas tus cosas, Maribel?
Maribel: Sí, ya nos podemos ir.
Cuando llega el taxi cargan todas las maletas y se van a Madrid para preparar las cosas para la boda.
Doña Matilde: Toma Marcelino, esta es la lista de los que asistirán a la boda.
Marcelino: Muchas gracias.
Maribel y Marcelino un par de días después, cuando ya estaba todo preparado fueron para el pueblo de nuevo para casarse.
Todo fue muy bien y empezaron con las reformas de la casa, no tuvieron niños, porque a Marcelino nunca le gustaron y vivieron en esa casa 60 años que murió Maribel a orillas del río como la antigua mujer de marcelino.
martes, 3 de diciembre de 2013
Continuación del libro "Memorias de una vaca"
-- QUIÉN me iba a decir que Pauline Bernardette y yo llegaríamos a ser las mismísima subordinadas de Satán, y más extraño aún, quién me iba a decir que El Pesado era Satán:
Todo comenzó una tarde en la que me topé con un señor que decía haber visto un hombre extraño con ropas antiguas y un extraña cruz al revés que le colgaba del cuello reflejado en el riachuelo que se encontraba en el counvent, pero eso no era todo, también decía que le había preguntado por Pauline Bernardette y su vaca, yo. En ese mismo instante un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, igual que el que me dio cuando estuve cerca de La Vache qui Rit por primera vez.
-- Hija mía, no deberías hacerle caso a este señor pues puede que esté un poco trastornado-- dijo El Pesado.-- Debo contárselo a Pauline Bernardette-- exclamé para mis adentros. Acto seguido corrí hacia el huerto de zanahorias, pero no estaba, fui a la biblioteca, pero allí tampoco estaba, busqué por todo el counvent pero no la encontraba por ningún lado.
--Puede que esté en el riachuelo, hija mía-- dijo El Pesado.
Y sí, una vez más había dado con la clave.
-- ¡Pauline! ¿Sabes de lo que me he enterado?-- pregunté -- Sí -- respondió fría y sutilmente, con la mirada perdida en el fondo del sonoro riachuelo -- Era Satán, me ha revelado toda la verdad, tu no eres una vaca tonta, y ese tal pesado es el, que te ha estado poniendo pruebas para prepararte para el día del juicio, yo soy su mano derecha y he estado observándote todo este tiempo, y en efecto estas preparada para ofrecerle tus sevicios-- aclaró Pauline Bernardette-- Y por qué debería yo de creerme eso -- dije con pasotismo -- Observa la cruz al revés que tienes tatuada con sangre en tu lomo izquierdo, vaca asquerosa -- dijo mirándome con los ojos enrrojezidos-- ¡Oh, tienes razón! ¿Cómo ha aparecido? No me lo puedo creer, pero debe de ser verdad todo eso que estás diciendo como si no iba yo a tener ese tatuaje ahí.-- Dije finalmente.
No tuve otro remedio que rendirme ante la oposición de Pauline Bernardette. Pero cuando menos me lo esperé, en un abrir y cerrar de ojos estaba en una pequeña sala que había en un gran castillo, arrodillada ante él, Satán, no había duda, estaba a sus servicios.
-- Reconoces mi voz, hija mía-- dijo Satán haciéndose el interesante-- Sí, eres El Pesado sino me equivoco--dije sin dudarlo un segundo-- Jajajajaja, en efecto, ahora estás a mis servicios y tu único trabajo será cuidar mi guarida mientras yo combato en el día del juicio, si consigues mantenerla segura tendrás su correspondiente recompensa.-- dicho esto se marchó.
Allí estaba yo, sola en la pequeña sala del gran castillo, sin saber que hacer sin nadie que me de consejos, totalmente aburrida. En aquel mismo momento comencé a escribir y a retocar aquel pequeño episodio de esta segunda parte de mi historia.
Todo comenzó una tarde en la que me topé con un señor que decía haber visto un hombre extraño con ropas antiguas y un extraña cruz al revés que le colgaba del cuello reflejado en el riachuelo que se encontraba en el counvent, pero eso no era todo, también decía que le había preguntado por Pauline Bernardette y su vaca, yo. En ese mismo instante un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, igual que el que me dio cuando estuve cerca de La Vache qui Rit por primera vez.
-- Hija mía, no deberías hacerle caso a este señor pues puede que esté un poco trastornado-- dijo El Pesado.-- Debo contárselo a Pauline Bernardette-- exclamé para mis adentros. Acto seguido corrí hacia el huerto de zanahorias, pero no estaba, fui a la biblioteca, pero allí tampoco estaba, busqué por todo el counvent pero no la encontraba por ningún lado.
--Puede que esté en el riachuelo, hija mía-- dijo El Pesado.
Y sí, una vez más había dado con la clave.
-- ¡Pauline! ¿Sabes de lo que me he enterado?-- pregunté -- Sí -- respondió fría y sutilmente, con la mirada perdida en el fondo del sonoro riachuelo -- Era Satán, me ha revelado toda la verdad, tu no eres una vaca tonta, y ese tal pesado es el, que te ha estado poniendo pruebas para prepararte para el día del juicio, yo soy su mano derecha y he estado observándote todo este tiempo, y en efecto estas preparada para ofrecerle tus sevicios-- aclaró Pauline Bernardette-- Y por qué debería yo de creerme eso -- dije con pasotismo -- Observa la cruz al revés que tienes tatuada con sangre en tu lomo izquierdo, vaca asquerosa -- dijo mirándome con los ojos enrrojezidos-- ¡Oh, tienes razón! ¿Cómo ha aparecido? No me lo puedo creer, pero debe de ser verdad todo eso que estás diciendo como si no iba yo a tener ese tatuaje ahí.-- Dije finalmente.
No tuve otro remedio que rendirme ante la oposición de Pauline Bernardette. Pero cuando menos me lo esperé, en un abrir y cerrar de ojos estaba en una pequeña sala que había en un gran castillo, arrodillada ante él, Satán, no había duda, estaba a sus servicios.
-- Reconoces mi voz, hija mía-- dijo Satán haciéndose el interesante-- Sí, eres El Pesado sino me equivoco--dije sin dudarlo un segundo-- Jajajajaja, en efecto, ahora estás a mis servicios y tu único trabajo será cuidar mi guarida mientras yo combato en el día del juicio, si consigues mantenerla segura tendrás su correspondiente recompensa.-- dicho esto se marchó.
Allí estaba yo, sola en la pequeña sala del gran castillo, sin saber que hacer sin nadie que me de consejos, totalmente aburrida. En aquel mismo momento comencé a escribir y a retocar aquel pequeño episodio de esta segunda parte de mi historia.
lunes, 2 de diciembre de 2013
Canción de Navidad
Estrofa 6. Renovaciones:
Después de perdonar a sus deudores, Ebenezer decidió cerrar, o mejor dicho, reemplazar su negocio por uno mucho más satisfactorio: Una casa de niños.
Pintó de colores llamativos todos los rincones de su oscura casa, fabricó camas de madera con los grandes portones para que los niños pudieran dormir allí y compró juguetes para que pudieran jugar mientras se alojaban. Contrató a su sobrino Fred para que ayudara en el lanzamiento y el cuidado de la casa de niños.
-Tío Ebenezer, está un poco anticuada la placa de la puerta, ¿no? ¡El bañado en oro parece casi bañado en ceniza de chimenea! -Dijo con un gesto desenfadado.
-Lo estaba pensando desde hace unos días, ¡Cómo se nota que somos familia, Freddy! jejeje. Tengo algo rondándome por la mente desde entonces... ¿Qué te parece si la limpiamos, fundimos la cubierta de oro y hacemos una placa nueva?
-¡Genial, tío! Pero tengo dos preguntas...
-Venga, Fred, ¡no seas quisquilloso!-Exclamó con humor
-Jajaja, escúchame tío, ¿Qué haremos con el oro fundido? Y la más importante... ¿cómo renombraremos el negocio?
-Hmmmm... déjame pensar. Me gustaría hacerle un obsequio a Bob... ¡Un anillo! ¿Te gusta la idea? Y para el nombre del negocio...
-¡Scroogy's childhood!
-Me reitero, ¡si es que somos familia! jajaja.
-¡Hecho! Scroogy's Childhood. Y lo de Bob, me parece genial, se lo merece después de tanto trabajo.
Pasaron unos cuantos años y Scrooge no cabía en sí de la euforia, día tras día no paraba de recibir agradecimientos por parte de los niños de la cuidad y sobre todo de sus padres. Bob y Fred seguían trabajando para él, aunque Ebenezer estaba casi todo el día con los niños. Así siguieron treinta años, y cuarenta, y aunque pasaban generaciones, el espíritu de la navidad era constante.
Después de perdonar a sus deudores, Ebenezer decidió cerrar, o mejor dicho, reemplazar su negocio por uno mucho más satisfactorio: Una casa de niños.
Pintó de colores llamativos todos los rincones de su oscura casa, fabricó camas de madera con los grandes portones para que los niños pudieran dormir allí y compró juguetes para que pudieran jugar mientras se alojaban. Contrató a su sobrino Fred para que ayudara en el lanzamiento y el cuidado de la casa de niños.
-Tío Ebenezer, está un poco anticuada la placa de la puerta, ¿no? ¡El bañado en oro parece casi bañado en ceniza de chimenea! -Dijo con un gesto desenfadado.
-Lo estaba pensando desde hace unos días, ¡Cómo se nota que somos familia, Freddy! jejeje. Tengo algo rondándome por la mente desde entonces... ¿Qué te parece si la limpiamos, fundimos la cubierta de oro y hacemos una placa nueva?
-¡Genial, tío! Pero tengo dos preguntas...
-Venga, Fred, ¡no seas quisquilloso!-Exclamó con humor
-Jajaja, escúchame tío, ¿Qué haremos con el oro fundido? Y la más importante... ¿cómo renombraremos el negocio?
-Hmmmm... déjame pensar. Me gustaría hacerle un obsequio a Bob... ¡Un anillo! ¿Te gusta la idea? Y para el nombre del negocio...
-¡Scroogy's childhood!
-Me reitero, ¡si es que somos familia! jajaja.
-¡Hecho! Scroogy's Childhood. Y lo de Bob, me parece genial, se lo merece después de tanto trabajo.
Pasaron unos cuantos años y Scrooge no cabía en sí de la euforia, día tras día no paraba de recibir agradecimientos por parte de los niños de la cuidad y sobre todo de sus padres. Bob y Fred seguían trabajando para él, aunque Ebenezer estaba casi todo el día con los niños. Así siguieron treinta años, y cuarenta, y aunque pasaban generaciones, el espíritu de la navidad era constante.
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